De la post-ironía a la apatía digital: cómo el entretenimiento algorítmico aniquila nuestra capacidad de indignación
«Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Kafka escribió esto en sus diarios a comienzos de 1914, en el albor de la Primera Guerra Mundial.
Esta frase es bien conocida en la actualidad, utilizada habitualmente para ilustrar el distanciamiento entre los seres humanos y los sucesos del mundo: la indiferencia —o quizás impotencia— respecto a lo que nos sucede como humanidad, pero no como individuos. Más de cien años después, la situación no ha hecho más que empeorar, y es que Kafka no vivió en tiempos de algoritmos.
Nada más lejos de la realidad, la desconexión ante los acontecimientos mundiales es ya un hecho entre los jóvenes. Las guerras o redes de pedofilia se insertan dentro del paisaje de internet, como si fuesen un elemento más del espectáculo.
Niños palestinos muertos saltan en los reels de Instagram entre vídeos de perros y recetas muy fáciles de hacer en cinco minutos. Lo verdaderamente llamativo es que incluso quienes se presentan como activistas participan de esta lógica: memes y TikToks sobre la posibilidad de una tercera guerra mundial, gente grabando su reacción en tiempo real a misiles que explotan a escasos metros de ellos.
En este sentido, Walter Benjamin decía: «La humanidad se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden». Todo vale en aras de la viralidad y el aesthetic. Todo se puede exportar a formato meme o a publicación de Instagram. Todo tiene el mismo peso moral y cuenta con los mismos quince segundos para salir en el feed.
Y es que, con una sensación de desesperanza y humor, parece que nada importa realmente. Hemos relegado a los boomers la tarea de indignarse por las cosas. Nuestra generación, en cambio, parece estar abocada a simplemente reírse de lo que sucede en el mundo. A insertar las desgracias en nuestro «lore» personal. Hemos asumido el triste papel del bufón nihilista, usando de escudo la post-ironía de internet. Pero, ¿por qué sucede esto? ¿Acaso es casual?
Pues como podréis imaginar no, no lo es. Esta apatía responde a una meticulosa y perfectamente diseñada estrategia de ingeniería de internet. La imperante tecnocracia —»Paypal mafia», denominada por algunos estudiosos— trabaja muy duro para alienarnos y hacernos espectadores pasivos de las desgracias.
El concepto de memetic warfare (o «guerra memética») se lo debemos a Michael Prosser, un teniente coronel de la Infantería de Marina de los Estados Unidos que desarrolló esta idea en 2005, en la lucha incansable de EEUU por controlar el relato mundial.
Prosser creía firmemente que las guerras del futuro ya no se ganarían destruyendo infraestructuras, sino conquistando la mente de las masas. Propuso oficialmente la creación de un «Centro de Guerra de Memes» militar. Es decir, planteó usar nuestra propia cultura digital (chistes, vídeos, etc.) como munición psicológica. Esto fue en 2005. Podréis imaginar cómo han refinado la técnica desde entonces.
La batalla ya no se libra en el terreno físico, sino en el simbólico. Las narrativas, imágenes e ideas funcionan como armas, compitiendo por instalarse en nuestra forma de ver el mundo. Esto no es ninguna novedad: el poder siempre ha soñado con controlar nuestras ideas.
El problema es que la forma de conseguirlo ha cambiado, y ahora es tremendamente efectiva. Internet ya no es un lugar al que vamos, entramos y nos desconectamos, como ocurría con los primeros ordenadores. Ahora vivimos allí, nos cuesta separar lo real de lo digital y a menudo usamos la vida real para escapar del entorno virtual.
Y uno de los grandes problemas es que hay cuatro personas —literalmente— en el mundo que controlan el ecosistema digital, y ninguna de ellas busca nuestro bienestar. Es aquí donde entra la guerra «memética» en los aspectos más «ingenuos» de la red: los memes. El humor post-irónico que caracteriza a nuestra generación se nos presenta como un escudo ante las crisis que vivimos, pero es exactamente la actitud que quieren que tomemos, no una respuesta disruptiva.
Las cuentas que seguimos o los vídeos de los que nos reímos son, prácticamente siempre, propaganda. Debemos dudar de cualquier contenido que ahora consumamos. Poco queda de ese mundo inocente en el que las personas se conectaban en la red y compartían momentos graciosos. Ahora cada publicación responde a un ragebait o a una búsqueda de interacción de la que se pueda sacar provecho.
Y es aquí donde se destaca el papel simbólico los memes: son unidades culturales que se replican y se difunden, y son extremadamente peligrosos porque eluden por completo nuestro procesamiento analítico; un meme no argumenta ni justifica nada, sino que ataca directamente a las emociones, generando la trampa psicológica del humor: la «diversión» constante actúa como un narcótico que socava nuestra racionalidad y nos vuelve inofensivos.
En su obra Divertirse hasta morir (2001) Neil Postman, teórico estadounidense de los medios de comunicación, muestra de qué manera perjudica al juicio humano y, en consecuencia, sume a la democracia en una crisis: «El esfuerzo del conocimiento y la percepción se sustituye por el negocio de la distracción. La consecuencia es una rápida decadencia del juicio humano. Hay una amenaza inequívoca en ella: hace al público inmaduro o lo mantiene en la inmadurez. Y toca la base social de la democracia. Nos divertimos hasta morir». Las noticias se asemejan a un relato. La distinción entre ficción y realidad se torna difusa.
En términos literarios, 1984 de Orwell —donde el Estado controla a las personas mediante el miedo, la vigilancia y el sufrimiento— no sería la distopía que mejor refleja nuestra realidad. Lo que realmente se parece a lo que vivimos es Un mundo feliz (1932) de Huxley: una sociedad donde nadie te obliga a nada, porque no hace falta. La gente obedece feliz, anestesiada por el entretenimiento y el placer.
Es por ello que debemos desconfiar de nuestras impresiones en la red, debemos dudar de un internet cada vez más inerte, saturado de bots y moldeado por algoritmos corruptos. Todo responde a una táctica avanzada de guerra cognitiva. La tecnología algorítmica y la inteligencia artificial permiten bombardearnos con narrativas meméticas que no buscan en absoluto convencernos de una ideología compleja. Tan solo buscan aplicar un control reflexivo. Se reduce la realidad a un flujo frenético de imágenes irónicas y descontextualizadas, aniquilando la verdad fáctica y el discurso democrático.
El resultado de esta guerra encubierta es precisamente esa banalización y sensación de impotencia que nos asfixia. Para que un sistema autoritario triunfe, no necesita que toda la población empuñe un arma; le basta con el apoyo de unos pocos fanáticos y la aquiescencia o apatía de la gran mayoría. La mejor manera de fabricar esa apatía masiva y neutralizar a nuestra generación no es censurándonos, sino anestesiándonos a base de scroll. De esta forma, y a la vista está, ni siquiera tenemos la capacidad de atención para la Tercera Guerra Mundial.
Pero, a pesar de esto, debemos seguir luchando por las cosas. Y una forma de resistencia es no caer en estas dinámicas de «memetización» que reducen la realidad a un chiste constante. Porque no lo es. Las vidas en Oriente Medio importan, aunque no sean las nuestras; el deterioro del medio ambiente, la explotación infantil o la precarización social no son meros contenidos digitales, sino expresiones concretas de una realidad que forma parte de nosotros como humanidad, como personas.
Más que nunca, debemos estar atentos a lo que consumimos ya que, en tiempos de tecnocracia, nada de lo que aparece en la red es casual. Cada coma responde a intereses comerciales o ideológicos. Internet, desgraciadamente, ya no es un lugar seguro, es un gran cartel publicitario subliminal. Es nuestra responsabilidad como individuos estar atentos a lo que consumimos y no caer en la desensibilización que este mismo sistema promueve.
A menudo nos preguntamos cómo fue posible que horrores como los de Auschwitz se produjesen con la pasividad de amplios sectores de la población. Cómo fue posible que todo el mundo lo permitiese. Pues está pasando, lo estamos permitiendo. Y, esta vez, nadie tiene excusa. Todos lo estamos viendo.


