Los debates sobre soberanía territorial, inmigración y la vivienda plantean una pregunta incómoda: ¿qué significa ser patriota en España?
Por extraño que parezca y, a pesar de las situaciones que pasamos, España se enmarca en ese —a veces incómodo— concepto de «primer mundo». Parece irónico cuando millones de inmigrantes nos eligen en busca de una vida algo mejor.
Por un lado, Ceuta, la frontera sur, donde la presión migratoria, la tensión geopolítica y la soberanía territorial reabren el debate sobre la integridad nacional. Por otro, la atención se desplaza hacia Maricarmen, una mujer de 87 años y con movilidad reducida desahuciada por un fondo de inversión.
Para algunos, ser patriota consiste en defender de manera ciega una bandera, unos símbolos y unos valores nacionales, como si cuestionarlos supusiera cuestionar también el amor a España. Es un patriotismo que encuentra en la identidad nacional una trinchera desde la que señalar al de fuera, pero que no siempre mira hacia dentro para preguntarse qué ocurre con quienes viven aquí. Defender una bandera pierde parte de su sentido cuando se olvida a las personas que hay detrás de ella.
El verdadero dilema es entender qué significa ser patriota en España, en una nación marcada por la precariedad interna y la vulnerabilidad externa. El patriotismo de pancarta y gesticulación suele alimentarse de símbolos abstractos. Es un patriotismo cómodo que se enfunda en banderas cuando las fronteras tambalean, pero que cierra los ojos ante la erosión social del país que pretende defender. La patria no es solo una línea trazada en un mapa ni un conjunto de piedras venerables; es, fundamentalmente, la comunidad de personas que la habitan.
Defender Ceuta como territorio español, y garantizar su seguridad, forma parte del debate sobre la soberanía territorial y la protección de sus ciudadanos. Pero reducir el patriotismo a la defensa del suelo —mientras se abandona al ciudadano— es convertir la nación en un cascarón vacío.
¿De qué sirve blindar un territorio si, una vez dentro, el propio sistema expulsa a sus mayores, precariza el acceso a la vivienda y trata el derecho a un hogar como un activo especulativo?
Al mismo tiempo, ignorar la seguridad territorial en Ceuta porque solo importa lo social también sería un error. Sin un Estado fuerte, con fronteras claras y soberanía, tampoco existe un marco sólido para proteger a personas como Maricarmen.
Pero la justicia social y el acceso a la vivienda también deben formar parte de la idea de país que queremos construir. Cuando una mujer de 87 años y con movilidad reducida puede acabar en la calle, el problema va más allá de lo económico. También es una cuestión de responsabilidad. ¿Qué país queremos defender si no somos capaces de proteger a quienes más lo necesitan?
Ser patriota hoy, en España, requiere superar la falsa dicotomía que enfrenta la soberanía territorial con la justicia social. Un patriotismo transversal debería exigir firmeza frente a las amenazas o presiones que afecten a las fronteras, pero también frente a los problemas sociales que deterioran la vida de quienes viven en el país.
Defender España implica proteger a los ceutíes que reclaman tranquilidad institucional, pero implica también impedir que una anciana termine en la calle en uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida. Si la patria no cuida de sus mayores cuando más lo necesitan, pierde parte de su legitimidad moral. Y si no protege sus fronteras, compromete la seguridad y la estabilidad sobre las que se sostiene el propio Estado.
Porque España no es únicamente su territorio. España también son las personas que viven en él, las instituciones que las protegen y el compromiso colectivo de no dejar atrás a quienes más necesitan del Estado.


