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El verano está sobrevalorado (y Manolito gafotas lo sabía)

El universo de Manolito Gafotas sirve para desmontar el relato idealizado de unas vacaciones que no todos pueden permitirse

El verano es la estación del año más sobrevalorada. Detrás de una época disfrazada de falsa libertad, descanso y felicidad obligatoria se esconde una realidad cuanto menos luminosa. El verano de millones de españoles es sinónimo de precariedad, calor insoportable y la imposibilidad de desconectar.

Cuando llega esta época no puedo dejar de pensar en el personaje de Elvira Lindo, en esas aventuras de Manolito Gafotas en Carabanchel Alto. Mi idea de verano se asemeja más a esa: un portal donde todos los vecinos sacan la silla a la calle cuando cae la tarde, a un abuelo que monopoliza el ventilador del salón como si fuera un archivo secreto del Vaticano o a una madre que repite por décima vez que no se puede poner el aire acondicionado todo el día porque luego llega la factura de la luz.

Si Manolito levantara la cabeza y saliera al portal con el Orejones López, seguramente diría que el verano es la única estación en la que la gente paga una fortuna por hacer cola. Cola para el chiringuito, cola para comprar un helado, cola para entrar al agua y casi cola para hacerse la foto que demuestre que se lo está pasando fenomenal.

Porque esa es otra: en verano parece que es pecado mortal aburrirse. Hay que aprovechar el día, el sol, la piscina, la playa, las fiestas del pueblo y hasta el último atardecer. Descansar ya no consiste en descansar, sino en crear contenido para nuestras redes sociales en las que mostramos nuestro ajetreado verano. Si vuelves en septiembre diciendo que no has viajado, casi tienes que pedir perdón.

Lo mejor de Manolito Gafotas era que encontraba aventuras hasta donde no las había. Un banco del barrio, una discusión con el abuelo Nicolás o una conversación con la Luisa bastaban para convertir un día cualquiera en una historia. Elvira Lindo convirtió la cotidianidad de un barrio obrero en un universo extraordinario, recordándonos que la vida también sucede lejos de las playas y los hoteles con pulsera de todo incluido.

Mientras tanto, nosotros seguimos creyendo que la vida empieza cuando hacemos la maleta. Nos obsesionamos con el destino, con culparnos si no nos podemos permitir irnos lejos o con exprimir al máximo los meses que dura esta estación.

No digo que el verano sea malo, no quiero dejar ese mensaje. Un helado sigue siendo un helado, los días largos tienen su encanto y nadie se queja de una noche al fresco cuando corre un poco de aire. Lo que está exagerado es la idea de que estos meses tienen que ser los mejores del año por obligación. Como si la felicidad tuviera calendario.

Reconozco el privilegio y doy gracias a Dios de tener la playa a cinco minutos de casa. No todo el mundo puede decir lo mismo. Pienso en quienes viven en el interior, donde el calor aprieta con más fuerza y refrescarse no pasa de ser un deseo, o en quienes, aún teniendo el mar cerca, no pueden permitirse unos días de descanso porque las vacaciones siguen siendo un lujo al alcance de unos pocos o no tienen con quién compartirlo.

Quizá deberíamos aprender un poco de Manolito. Él nunca necesitó unas vacaciones de ensueño para vivir un buen verano. Para muchas familias el verdadero verano sigue pareciéndose más al de Manolito: un ventilador que gira sin descanso o el esfuerzo de unos padres que hacen cuentas para regalarles a sus hijos unos días de playa.

Tal vez el problema no sea el verano, sino el relato que hemos construido alrededor de él. Uno que olvida que el descanso también es un privilegio y que romantiza una estación que millones de personas viven intentando soportar el calor y llegar a fin de mes.

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