La necesidad de cambiar algo que funciona
Las personas vivimos rodeadas de cosas nuevas y avances constantes. La novedad —entendida como «necesidad»— se ha convertido en una sensación que cada día está más presente entre nosotros. Cada poco tiempo aparece una versión mejorada de algo que ya tenemos y, aunque no lo necesitamos, es difícil no preguntarnos si deberíamos tenerla.
Con los teléfonos móviles, esta sensación es especialmente evidente, cada lanzamiento consigue que el modelo anterior parezca un poco menos especial. La pregunta aquí es ¿por qué sentimos que necesitamos tenerlo?
Durante un tiempo, nuestro móvil nos parece suficiente. Lo usamos cada día, conocemos sus funciones, estamos acostumbrados a él y, en general, no sentimos que necesitemos cambiarlo. Pero la novedad como necesidad empieza a aparecer cuando llega un nuevo modelo y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a mirar el nuestro de otra manera.
De repente, nos fijamos en todo lo que el nuestro no tiene. La cámara del nuevo hace mejores fotos, tiene más memoria, la batería dura unas horas más, la pantalla es ligeramente más grande o incorpora una función que, probablemente, utilizaremos un par de veces. Características que hasta ese momento ni siquiera echábamos en falta empiezan a parecer importantes. Entonces aparece ese pensamiento tan común en el que creemos que el nuestro ya está viejo. Pero ¿realmente lo está?
Que exista un modelo más nuevo no significa que el anterior haya dejado de funcionar ni que haya dejado de ser útil. Sin embargo, la llegada constante de novedades puede hacer que asociemos la antigüedad con algo negativo. Nuestro móvil sigue haciendo prácticamente lo mismo que hacía ayer, pero empezamos a verlo de otra manera simplemente porque ahora existe una versión más reciente.
La sensación aumenta todavía más cuando abrimos TikTok o Instagram y nos encontramos con el nuevo lanzamiento por todas partes. Vídeos haciendo unboxings, comparaciones de cámaras, «qué móvil tengo», pruebas de batería, accesorios, fundas nuevas… Durante unos días parece que todo el mundo está hablando del mismo teléfono. Y aunque no tuviéramos ninguna intención de cambiar el nuestro, empezamos a pensar en ello.
Las redes sociales no solo nos enseñan productos. También nos enseñan cómo se supone que debemos sentirnos respecto a ellos. Si constantemente vemos personas estrenando móvil, enseñando sus nuevas funciones o comparando sus cámaras, es fácil terminar pensando que nosotros también deberíamos actualizarlo. No necesariamente porque nuestro teléfono haya dejado de servir, sino porque sentimos que nos estamos quedando atrás. Y ahí aparece una de las grandes contradicciones del consumo actual: podemos querer algo sin necesitarlo realmente.
Durante mucho tiempo, cambiar de dispositivo estaba relacionado con una necesidad bastante sencilla: el anterior ya no funcionaba o se había quedado demasiado limitado para lo que necesitábamos. Ahora parece que también existe otra razón: simplemente ha salido uno nuevo. No compramos únicamente objetos; compramos también la sensación de estrenar, de tener lo último, de empezar de nuevo.
La novedad y el cambio tienen algo atractivo. Abrir una caja nueva, quitar el plástico de la pantalla, elegir una funda, configurar el teléfono desde cero… Todo eso produce ilusión. Y no hay nada malo en disfrutar de esa sensación.
El problema aparece cuando necesitamos constantemente esa sensación para sentir que lo que tenemos ya no es suficiente. Porque entonces la novedad deja de ser una elección y empieza a convertirse en una especie de obligación invisible.
No se trata de rechazar los nuevos móviles ni de pensar que comprar uno es necesariamente consumismo. Hay personas que necesitan cambiar de dispositivo y otras que simplemente quieren hacerlo. Ambas cosas son válidas. La cuestión está en preguntarnos por qué lo hacemos.
Si aceptamos la idea de que lo nuevo es automáticamente mejor, nunca terminamos de estar satisfechos con lo que tenemos. Quizá por eso la novedad se ha convertido en una necesidad: porque hemos aprendido a relacionar lo reciente con lo deseable y lo antiguo con lo insuficiente, aunque esto nos lleve a un consumismo basado en comprar cosas que realmente no necesitamos para encajar con el resto.


