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El delirio de despedirse de tu coche

No hay exorcismo que permita desalojar el espíritu que depositamos en los objetos que romantizamos, excepto la digitalización que amenaza con automatizar nuestra alma

El plástico puede adentrarse en tus vísceras. No se trata de una alusión a una sonda rectal, aunque los hay sentimentales que  le puedan coger cariño a todo. Más bien esta afirmación viene dada de una psicosis de Toy Story extendida en el tiempo. Si bien por experiencia uno puede asegurar que tras mirar detenidamente a los objetos estos no se despiertan para hablar, el plástico vive en tanto que le dotamos de recuerdos.

De esta forma un Renault Clio del 2009 se convierte así en la personificación de tus entrañas, o una videocámara en la contraportada de tu cerebro. Ahí es cuando el alma se hace tangible, cuando inevitablemente conviertes los objetos en apéndices de tu ser. Como un cyborg.

El problema, tan trivial en el plano físico pero tan revuelto en lo emocional, ocurre a la hora de despedirse del plástico al que has convertido en tu Pinocho para dar paso a otro nuevo sin espíritu, sin «pinochear»». Parte de tu yo personificado acaba prensado por la suela del tiempo, como la del zapato de Woody. 

Paradójicamente Andy, el humano y dueño de los juguetes, es el ser más inanimado de la película. Los verdaderamente sensibles son los juguetes, son ellos quienes en primera instancia pasan ese duelo por la pérdida. No por perderle físicamente, sino por haberse mimetizado con él. Se están despidiendo de ellos mismos. Nunca fueron siervos de su ocio, sino una ampliación de su conciencia.

He ahí el drama. El de despedirse de una proyección de ti mismo, decirle adiós a versiones de ti mientras sigues siendo tú. A todas tus versiones de las que ha sido testigo el hormigón. A tu yo riéndose con tu abuelo después de calar el coche y apodarlo seguidamente «la furia del asfalto», a tu yo de las primeras veces, a tu yo ilusionado conduciendo, a tu yo jodido, a tu yo solo, a tu yo acompañado o a tu yo escuchando CDs de Sade a tope con las ventanillas bajadas. Todos esos sentimientos recubiertos de un envoltorio de plástico, demasiado íntimo para verlo como una resina sintética.

Instantánea de un nieto y su abuelo en el coche tomada por una cámara antigua | Fuente: Elaboración propia

Es fácil romantizar el folklore de lo inanimado. Más si lo haces en extremo, si padeces del mismo síndrome esquizofrénico que Bella de La bella y la bestia, y estás a un paso de hablar con candelabros

A cierta persona le resultó todo un drama que cortaran las piñas de las barandillas de su casa, porque nunca jamás podría colgar sus abrigos. A ese nivel alcanza su delirio por algo tan banal. No obstante, su gran desdicha se aplacó de golpe cuando su madre apoyó fulminantemente un vaso de cerveza sobre la nueva superficie plana. «Hala, para esto sirve ahora». De esta forma fue testigo de una catarsis absoluta de la barandilla, de una absoluta revolución. Es cierto que un poco friki sí que es.

Bendito problema, evidentemente. Se trata de dar paso a algo mejor, agradeciendo lo viejo y abrazando lo nuevo. No obstante, sí que cuesta abrazar a la nueva realidad cuando está cada vez más automatizada, más sistematizada. La sofisticación de la tecnología arranca de cuajo el romanticismo de lo analógico. Regresando al ejemplo del coche: la palanca de marchas. Un coche, sin ella, es un coche castrado. Aunque más eficiente, no deja de ser un ángel sin alas convertido en un nugget. 

Más de lo mismo con el freno de mano. No hay mayor garantía de seguridad que escuchar la forma en la que cruje como un cuello dislocado cuando se levanta. Ahora ha mutado en un simple botón. El aire acondicionado, antes una rueda, ahora en la pantalla. Antes CDs, ahora Bluetooth. Son gajes del oficio, caprichos de la evolución. Seguramente —y de la misma forma— un neandertal se escandalizaría porque pintáramos con Ceras Manley en lugar de con sangre de búfalo.

No obstante, eso no exime que la digitalización, así como la cultura de la suscripción, cree una disonancia en lo que respecta al sentido de pertenencia. Antes la música te pertenecía físicamente, ahora está supeditada a una suscripción. Más de lo mismo con las películas y los videojuegos. Los coches con el sistema de renting van al mismo pozo. Y ni hablar del vampirismo del alquiler en la vivienda.

Peluche de la rana Gustavo echando gasolina | Fuente: Elaboración propia

Todo está abocado a la cultura de la suscripción. El capitalismo se está desvirtuando hacia un horizonte donde la propiedad no existe, sino más bien un préstamo desechable. Es como usar un pañal, no se le coge cariño, se ensucia y se tira. De ahí se infiere la parte del cuerpo por la que las industrias se está pasando la autenticidad. 

Debido a esta dificultad de tener un mausoleo personal, de proyectar tu espiritualidad más allá de la bidimensionalidad de la pantalla, ha surgido una corriente de regresión a lo analógico entre los jóvenes. Aunque la estética —cani pero feliz— de los 2.000 contribuya, no se trata de ninguna moda, es una reivindicación personal. Vinilos, videocámaras, relojes; todo ello forma parte de una oda a lo analógico que se mueve al compás de tu identidad.

Reconocerse en el espejo de los objetos, tocar tus recuerdos, proyectar tu personalidad. El reto del futuro no es otro que el de recuperar la palpabilidad de nuestra alma.

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