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El arte de no ser nadie y venderte como un CEO

Farsa trágica, en tres actos, sobre la búsqueda de trabajo en el mercado laboral moderno

He llegado a la conclusión de que buscar trabajo es, en esencia, tener trabajo, uno que no cotiza, no aparece en el currículum, pero requiere de una dedicación casi completa. Probablemente seas, querido lector, una persona proactiva, flexible, con capacidad para adaptarse, con conocimientos de ofimática (sobre todo de Excel), aptitudes para trabajar en equipo, dominio del inglés, resolutivo, con muchísimas ganas de aprender y, además, con estudios. Enhorabuena, eres igual que todos.

Esta farsa trágica comienza en plataformas como LinkedIn, una red social convertida en una pasarela profesional donde, además de buscar trabajo, hemos aprendido a desfilar y lucirnos. Quiero que abras la aplicación. Entra en el Inicio, desliza hacia abajo y lee algunas publicaciones. A ver si hacemos bingo con lo que te vas encontrar.

«Estoy orgulloso/a de compartir que comienzo una nueva etapa profesional…»; «Mañana empiezo un nuevo curso. Estoy especialmente motivado/a e ilusionado/a por seguir creciendo…»; «Me congratula comunicar que cierro esta etapa con una matrícula de honor…». Todo parece funcionar. Todo es crecimiento, ilusión y nuevas oportunidades.

Probablemente no hayas leído que la primera persona tuvo que enviar casi cincuenta currículums antes de conseguir respuesta, que a la segunda le rechazaron la matrícula del primer curso que quería hacer o que quien presume de su matrícula de honor suspendió dos asignaturas antes de conseguirla. Eso no suele formar parte del escaparate.

Llegamos entonces al primer acto, donde el currículum se convierte en un cuento y tú en una agencia de marketing unipersonal. Eres el producto: no basta con saber hacer algo, hay que saber venderlo, contarlo. En realidad, no triunfa el más preparado, sino quien sabe llamar la atención y convertir su materia prima en un diamante. No basta con ser excepcional, tienes que parecerlo.

Y no te equivoques. No haces informes, «aportas valor». No fracasas, como mucho «redefines tus objetivos» y, por supuesto, no estás desempleado, estás en «transición profesional». Es el arte de saber fingir que todo encaja.

Por si no fuera suficiente, hay otra regla no escrita: tienes que parecer permanentemente agradecido, motivado y apasionado. Parece que para cobrar una buena nómina te tiene que apasionar el Excel y las tablas dinámicas. Tienes que vender una versión infatigable de ti mismo y borrar todo lo que en realidad te hace humano: el miedo, las dudas, la indecisión o la inseguridad.

Cuando ya has perfeccionado el cuento y tienes tu personaje bien armado, con un arco narrativo atractivo, empieza el segundo acto. Toca mandar el CV que has preparado con tanta dedicación.

Los procesos de selección se convierten en carreras de obstáculos: test de análisis matemáticos y comprensión lectora, test de personalidad, test de cultura general, de conocimiento técnico del puesto, exámenes de idiomas, dinámicas grupales… Las exigencias, además, son contradictorias. La contradicción es un requisito: «especialízate, pero sé versátil», «sé experto, pero tienes que saber de todo», «diferénciate, pero encaja en el perfil», «estás sobrecualificado, pero sigue formándote».

Muy probablemente, el primero que lea tu candidatura no será una persona, sino una inteligencia artificial. Aparecen en escena las ATS, herramientas de software que gestionan y automatizan los procesos de selección. Analizan solicitudes en función de ciertos filtros, palabras clave, determinados criterios… Nos piden ser únicos, pero todos tenemos que ser capaces de adaptarnos a un mismo lenguaje: el del algoritmo. Hay que ser auténticos, pero todos haciendo uso de las mismas palabras para poder pasar al siguiente nivel.

Y entonces llega el tercer acto. El trágico desenlace: todo acaba en nada. Las tendencias en el amor contemporáneo se filtran y llegan también al mercado laboral. Sufres ghosting. No sabes nada de tu candidatura, si sigue abierta, si ya te han descartado o si ya han elegido a otra persona. Te recuerdan que, a pesar de todo, no eres nadie y la épica con la que has aderezado tu rutina no ha sido suficiente. Se cierra el telón y todo vuelve a empezar.

La búsqueda de trabajo se ha convertido en una gran obra de teatro donde uno se acaba descubriendo al borde de la ansiedad comparativa por los perfiles hiperproductivos —y en ocasiones algo irreales— que abundan en estos foros. Está prohibido fracasar. Tener un mal día es casi un delito corporativo. Sin embargo, todos acabamos interpretando un personaje: el estudiante recién graduado, el líder nato, el profesional resiliente, el candidato apasionado…

Quizás hay que bajarse del escenario de vez en cuando y recordar que hay toda una vida que no necesita la validación de un departamento de recursos humanos, porque a lo mejor la verdadera tragedia de esta farsa es que invertimos demasiado tiempo intentando demostrar que somos alguien, hasta el punto de llegar a olvidar que ya lo éramos cuando todo esto empezó.

No hay aplausos, no hay ovación, no hay notificación que te comunique que has conseguido el papel protagonista. Mañana probablemente te levantes y vuelvas a enviar currículums. Así que sonríe, no porque estés feliz, sino porque ¡estás buscando trabajo! Ahora la felicidad cotiza en LinkedIn.

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