Entre la denuncia de la polarización y la búsqueda precipitada de responsables: cuando los creadores de contenido convierten una catástrofe en relato político antes de que hablen los datos
El accidente ferroviario de Toledo ha dejado víctimas, familias pendientes de noticias y una pregunta que merece respuestas: ¿qué ha fallado? También ha provocado otra escena, demasiado familiar, en Instagram: personas con enorme visibilidad que, antes de que se conocieran las causas, ya habían encontrado un destinatario para su indignación.

Marcos Llorente dirigió un mensaje a Óscar Puente y Dani Carvajal; Courtois y Jessica Goicochea lo han compartido rápidamente en sus perfiles. Tomás Páramo y Sara Baceiredo también publicaron sus reproches. No se trata de cuestionar su opinión o su deseo de que queden claras las responsabilidades que corresponden a cada institución implicada. Lo que merece una profunda reflexión es la facilidad con la que una emergencia se convierte en contenido, especialmente cuando quien escribe sabe que sus palabras llegarán a cientos de usuarios.
La responsabilidad de tener un altavoz
Los influencers no son en su mayoría ni periodistas ni expertos en ciencias políticas, pero eso no significa que carezcan de responsabilidad comunicativa. Cuando una personalidad presenta una interpretación política como una verdad indiscutible, no se limita a expresar su maltrato: también contribuye a establecer culpables y construir un relato colectivo. Sus mensajes calan entre su audiencia y eso requiere que la responsabilidad que tienen los influencers sobre lo que comparten en sus redes sea enorme.

Especialmente llamativas resultan las palabras de la influencer vasca Sara Baceiredo, que denuncia la polarización de la sociedad española mientras comparte un discurso que difícilmente contribuye a combatirla. La creadora de contenido reclama objetividad y lamenta que se juzgue a quienes piensan diferente, pero termina asegurando que los responsables tienen ‘nombre y apellido’ cuando aún no se han esclarecido las causas del accidente. Ahí reside el peligro de confundir la indignación con certeza.
No se trata de cuestionar el derecho de nadie a expresarse, sino de recordar que sus palabras contribuyen a formar la opinión de miles de personas. Resulta muy contradictorio leer a ciertos perfiles reclamar un perfil menos polarizado al tiempo que se comparten afirmaciones categóricas anticipando culpabilidades. La responsabilidad comunicativa también consiste en reconocer lo que todavía no sabemos.
La indignación no debería desplazar a las víctimas
Exigir explicaciones sobre la seguridad ferroviaria es imprescindible. También lo es investigar las decisiones políticas y administrativas que correspondan. Pero, mientras se desarrolla una emergencia, quienes disponen de grandes audiencias deben usar sus plataformas para difundir, información oficial o formas verificadas de colaborar. También está la opción de quedarse en silencio. De entender que ahora deben trabajar otros y que no es nuestro momento.
No se trata de exigir silencio o unas palabras determinadas que satisfagan nuestros valores propios, sino de demandar criterio. La libertad de expresión permite pronunciarse, pero no nos exime de reflexionar sobre las consecuencias de nuestras palabras. La influencia debería medirse también por la responsabilidad con la que se ejerce.
No debemos convertir una tragedia en una especie de competición por publicar la condena más contundente (o la lamentación por si podríamos haber cogido ese tren); corremos entonces el riesgo de olvidar a quienes deberían ocupar el centro de cualquier conversación: las víctimas y sus familias.


