Cuando la ignorancia es aspiracional
Hay comentarios que, cuando los hace una persona cualquiera, pasan desapercibidos. Pero cuando provienen de una figura con influencia mediática y millones de seguidores, revelan más de lo que aparentan. Hace unas semanas, María Pombo, una de las influencers más populares de España, confesó: “No me gusta leer”. La frase, aparentemente inocente, ha destapado algo más profundo que una simple preferencia personal: el lujo de no necesitar culturizarse para sostenerse.
En España, según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros 2024, vemos que más de un tercio de los españoles ha convertido la lectura en una actividad prescindible. Esto no es únicamente por falta de hábito, sino también falta de tiempo, de recursos y de acceso. La lectura, para muchos, es un salvavidas. Una vía para imaginar, resistir, e incluso para comprender un mundo que no siempre ofrece salidas fáciles. Pero para quienes ya lo tienen todo en lo que a estatus, visibilidad y estabilidad económica se refiere, esta pasa a un segundo plano en muchas ocasiones. Se convierte en un adorno al que pueden ignorar sin consecuencias.
Esa es la gran diferencia: hay quienes necesitan culturizarse para crecer personalmente, y quienes pueden permitirse vivir sin ello. Quienes se culturizan crecen al ampliar su visión del mundo, desarrollar el pensamiento crítico y volverse más empáticos. Este proceso enriquece su capacidad de reflexión, mejora sus decisiones y les permite actuar con mayor conciencia y apertura en su vida diaria.
Hay quienes leen porque buscan algo más, y quienes no lo hacen porque no lo necesitan. Y cuando quienes están en la cima social declaran públicamente que no les genera interés, están enviando un mensaje devastador: que el pensamiento profundo es innecesario para triunfar. Que la ignorancia, bien maquillada, también puede ser rentable. Y hasta deseable.
No se trata aquí de criticar una elección personal, sino de señalar lo que representa. Cuando una figura pública afirma con naturalidad que no le genera interés la lectura, está proyectando un modelo aspiracional basado en la desconexión con el conocimiento. Está diciendo, en esencia, que no hace falta cultivarse para tener éxito. Que no hace falta leer para ser admirada. Y ese mensaje cala, sobre todo entre quienes menos herramientas tienen para cuestionarlo.
Lo más paradójico de todo es que María Pombo no proviene de una estirpe ajena a la cultura. Su tatarabuela fue nada menos que Concha Espina, una de las grandes novelistas españolas del siglo XX, finalista al Premio Nobel de Literatura en tres ocasiones. Sí, es curioso; una influencer millonaria que admite no gustarle leer es descendiente directa de una de las mujeres que más luchó por abrir camino a las letras femeninas en un país dominado por el machismo intelectual. La ironía es tan amarga como reveladora.
Esta contradicción familiar resume bien el signo de los tiempos. Hemos pasado de venerar la palabra a viralizar el vacío. De luchar por el acceso a la cultura a convertirla en un lujo innecesario. Y eso no es solo una evolución del gusto, sino un síntoma de una sociedad que premia más el espectáculo que el pensamiento.
Por eso, urge preguntarnos: ¿a quiénes estamos convirtiendo en referentes? ¿Qué valores transmiten quienes más influyen en nuestra forma de ver el mundo? Si seguimos idealizando la ignorancia como si fuera frescura, si seguimos elevando al que no se cuestiona nada, entonces leer, pensar, dudar, aprender acabará siendo una excentricidad elitista. Y eso, más que triste, es profundamente alarmante.


