La reciente «caída» o declive de los influencers
Estas últimas semanas ha circulado un fenómeno en redes sociales que ha sido bautizado «la caída de los influencers», siendo esta una frase un tanto abstracta y banal si la comparamos con otras como «la caída del Imperio Romano». Sin embargo, ¿qué cae exactamente? Aquí la gravedad no importa, y no parece ser el verdadero fin de algo, puesto que estamos hablando de modas y de unas figuras «influyentes» consolidadas como una nueva clase social desde hace ya varios años.
Una vez corregido el término, sí que podemos hablar de cierto declive de la figura del influencer: esas personas que cogían su teléfono móvil, le daban al botón de grabar y contaban sus vivencias y anécdotas de una manera muy cercana. Esa naturalidad se ha ido desdibujando a medida que estas personas han ido consiguiendo un rédito económico con su trabajo. No es que no sea merecido, sino que ha resultado ser un fenómeno abrumador, novedoso e inesperado.
Internet ha supuesto una gran democratización de la información, pero que este uso extendido haya dado lugar a la figura de los influencers —con oleadas de personas a sus espaldas— sí que ha sido algo difícil de prever. Las marcas, patrocinios y empresas empezaron a mirar a los influencers con los ojos del beneficio. Y ahí empezó esta nueva estirpe burocrática.
Los influencers, que al principio eran naturales, ahora son un escaparate de marketing y postureo. Hacen house tours de sus viviendas, enseñan sus infinitos armarios, inundan la red con vlogs consecutivos de viajes hacia destinos idílicos… La problemática reside en la pérdida del origen. Esos cimientos de los influencers —que nos hacían identificarnos con ellos— ahora se han resquebrajado hasta el punto de desconectarnos por completo.
Que un influencer de 21 años presuma con desidia de su nueva casa genera rechazo y rabia a los jóvenes de este país que no pueden acceder a una vivienda ni pagar el alquiler. Además, que se quejen de que solo tienen un mes de vacaciones y que solo han ido a Bali este verano desalienta profundamente a muchas familias que solo llegan al sueldo mínimo y que no se pueden permitir veranear ni cinco días en la playa.
Ahora la gente parece despertar de un sueño y empiezan a exigir un verdadero contenido de calidad. Aquí es donde entran los influencer nicho, una nueva rama de influencers que, a mi parecer, se aleja del contenido generalista: lo trabajan, lo estudian e informan sobre ello.
Como decía, se llaman «Nicho». Esto, por un lado, parece tener una connotación reduccionista y nimia, pero, por otro lado, está moviendo verdaderas masas en la actualidad. El público ya no busca sentirse tan identificado y aspirar a través de vidas ajenas a una perfección que ya sabemos que es, a todas luces, irreal. Ahora buscan aprender arte, filosofía, política, sociología, gastronomía, agricultura o lo que les venga en gana.
En esta era del scroll ya estamos más que avisados de lo perjudicial de las pantallas. Sabemos de la dopamina que nos genera, sabemos la adicción que acarrea y podemos casi contar las neuronas que notamos quemarse en nuestro cerebro. Ahora las queremos de vuelta, aunque sea dentro de la misma herramienta. El cambio de paradigma de la información en red está llegando.
Ahora bien, ¿qué ha supuesto tanto el boom como el declive de estos influencers generalistas? ¿La responsabilidad recae en ellos mismos? ¿En las marcas? ¿En el sistema? ¿O en nosotros como consumidores de contenido?
Hay quienes piensan que todo lo que sube, baja, y que la comunicación de cualquier tipo está desfasada, corrupta y asfixiada. A mi parecer, lo importante es que la siga habiendo, independientemente del formato y que, como consumidores, deberíamos exigir la de mayor calidad. Todo ello sin perder por el camino una cuestión muy importante que estos influencers se han dejado en el tintero: la conciencia de clase.


