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Pedro Vallín: «No está escrito en ningún sitio que los reaccionarios vayan a ganar»

Pedro Vallín (Colunga, 1971) presenta C3PO en la corte del Rey Felipe (ARPA), el nuevo libro que ya se suma al título anterior, Me cago en Godard, para formar la cariñosamente apodada en Twitter «Colección de los bracitos».

Asturiano por contingencia, periodista de profesión, entusiasta del cine (fue fundador y presidió los Premios Feroz) y hasta rebelde jedi en las trincheras de La Vanguardia. Pedro Vallín es un storyteller, una figura que reivindica con uñas y dientes en su libro, una que encarna ese famoso androide dorado presente en el título, que viaja a lo largo y ancho de la política estelar española con una maleta cargada, solamente, de películas. Fiel a su estilo y a sus famosas homilías de los viernes en el Twitter de La Vanguardia. La entrevista, telefónica, recuerda a los hologramas tan usados de Star Wars. Su libro, un holocrón; una fuente de información y sabiduría propia de los jedi. Los nervios son los propios de todo joven padawan que un día llegó al templo y conoció por sorpresa a un Gran Maestro de la Orden.

C3PO en la corte del Rey Felipe repasa, como dice su portada, la guerra entre el Estado Profundo español y la democracia liberal. Este Estado Profundo, este gran Imperio Galáctico español, ocupa los primeros capítulos del título, y recorre las «cloacas del estado», ese barrio bajo escondido donde se encuentra la peor y más peligrosa calaña del universo conocido: los comisarios corruptos, que hacen más de sicarios que de lo suyo; una judicatura endógama, en una decidida cruzada antidemócrata, y una Constitución añeja y desgastada, una Estrella de la Muerte al servicio de los de siempre. Al preguntarle cuándo la Constitución se convirtió en un problema, responde analítico: «A partir del año 2000, el Constitucional comenzó a realizar una interpretación de la Constitución de forma restrictiva, cuando lo que ocurría en los 20 años anteriores era lo contrario. Como la Constitución no había podido ser progresista, porque se había tenido que pactar con el Antiguo Régimen, la interpretación del Constitucional si lo fue, principalmente en el sentido de las libertades y derechos recogidos. En el 2000 se invirtió la tendencia». Y añade, metafórico: «La Constitución puede ser un junco o un árbol. Plegarse al viento y no romper o resistir hasta que un día una buena ventolera se lo lleve».

C3PO como 'storyteller' en Star Wars VI: El Retorno de los Jedi
C3PO como ‘storyteller’ en Star Wars VI: El Retorno de los Jedi

Consciente de los restrictivos mecanismos de la Constitución, propone una idea de Iván Redondo, exconsejero de la República Galáctica (también llamada la Moncloa): un referéndum consultivo (Art. 92 de la Constitución) que fuerce al PP a regresar al consenso. Se muestra positivo con los números: «Según las encuestas, tres cuartas partes de la población cree que debe ser reformada en distintos sentidos, no coinciden en el cómo, pero sí en que debe hacerse». Tres cuartas partes que, en el fondo, coinciden con todos aquellos que no votaron la Constitución de 1978, o, dicho de otra forma, los nacidos entre 1961 y 2004. Vallín, que se declara abiertamente liberal y progresista, cita así a Thomas Jefferson, uno de los Padres Fundadores de EEUU: «Toda generación tiene derecho a reformar la Constitución». No obstante, el texto constitucional sigue inamovible a la política, blindado por aquellos jueces que, como decíamos, se autoproclaman defensores de este.

En su libro, Vallín emprende su propia cruzada, esgrimiendo las películas que tanto le gustan como arma, como la Fuerza que lo conecta todo. Así, el Estado Profundo se viste con las escamas de Godzilla en el 155 contra Cataluña, o Madrid se vuelve el martillo de Thor: un agujero negro que absorbe y debilita al resto del Estado español en su propio beneficio. Es aquí cuando aparece Zapatero. «Yo recuerdo que se lo dije a mis amigos cuando Zapatero salió del gobierno: este presidente va a tener una gran posteridad». Responde cuando el plumilla le pregunta por la figura de uno de los personajes protagonistas de la primera mitad del libro. «En aquel momento, lo único que veíamos es que le atropelló la crisis de 2008, pero fue un político que se esforzó en que España diera pasos importantes en modernización democrática: ensanchó los derechos políticos, el proceso de paz con ETA e intentó modular el diseño territorial impulsando la reforma estatutos de autonomía». Recuerda, no obstante, el Estatut de Cataluña, tumbado por el Constitucional, pese a haberse votado en el Parlament, en el Congreso de los Diputados y en un referéndum por los catalanes. «Hay una frase que me gusta mucho: Sin ley no puede haber democracia, pero con ley puede haber más cosas. En las dictaduras también hay leyes, y se cumplen, por las buenas o por las malas». La condición legal, subraya Vallín, es una condición de la democracia, pero no es la única. Que se cumpla la ley no hace a un país más o menos democrático.

A mitad de la entrevista, como en el libro, nuestro viaje espacial deja ya atrás al Imperio Profundo y se centra en la figura de su Gran Gatsby personal, como lo asemeja en el libro: Pablo Iglesias. Un personaje que representa el ascenso social, y una caída sociable; la mudanza a un chalet que, como el Luke Skywalker exiliado de la última trilogía de la saga, huía del mundo conocido (el Madrid Corte, que nombra el escritor) en busca de paz, sin saber que en realidad pondría a toda la galaxia política y mediática en su busca y captura. De héroe a villano, un renegado. «El hombre que lo hacía todo mal», en el libro. Vallín recuerda las reacciones con claridad: «La carta de Kichi, alcalde de Cádiz, cuando salió la noticia de la casa me dejó perplejo. No iba a dejar que sus hijos salieran del barrio de sus padres. Claro, yo leo eso y digo: Joder, ¿por qué? Ojalá a tus hijos les vaya bien en la vida y se puedan comprar una casa cómoda». Y añade a continuación: «Esto de la clase como una identidad a la que tienes que ser leal… En esto se nota que soy liberal. Creo en modelos de sociedad en que el progreso personal y material en un objetivo del sistema». En su libro, se extiende en torno a la idea. Desmitifica la meritocracia, tan anclada y vendida a los jóvenes por el capitalismo, así como da un repaso en torno al desarrollo de Podemos y la puesta en crisis del bipartidismo, una política en guerra que recuerda que existe algo más que las viejas guerras de Sith y Jedi. Pero insiste: «El caso no retrata a Pablo Iglesias o a Irene Montero, sino a la sociedad. Por dos motivos: económico, es decir, la meritocracia era mentira; y otro, casi diría católico, desconfía del que le van bien las cosas. Por eso digo que no es por la coherencia. Lo que molesta es la piscina».

«Yo soy muchas cosas que no me importan y que además son fruto de contingencias, por ejemplo, dónde nací». Responde, directo, cuando repasamos el último de los capítulos del libro. Un capítulo de absoluta rebelión ante la categorización de identidades. Yo, Luke Skywalker, hombre, jedi, rebelde. ¿En qué orden? ¿Soy antes rebelde que jedi? ¿Hombre antes que lo anterior? Vallín reniega de identidades objetivas y otras subjetivas. De unas identidades por delante de otras. «Todas son convenciones y creo que la pretensión que hay detrás es la de crear un sujeto político afín a lo que planteamos». No niega la existencia de una «clase obrera», pero defiende que no es menos convención que lo que puede serlo el movimiento queer. Con ello, critica la posición de ciertos partidos y personajes de izquierda que tachan de atomización la aparición de los nuevos movimientos sociales y defienden la lucha de clases como la única identidad relevante. «He sido trabajador por cuenta ajena toda mi vida y sé que me interesa de la Reforma Laboral en marcha, pero eso no significa que yo me defina principalmente como clase trabajadora, aunque lo sea, y por eso no pueda defender los derechos queer o que pague una cuota mensual a Greenpeace como socio, por ejemplo». Disiente de que la pluralidad de identidades sea producto del neoliberalismo, aunque este sea capaz de convertirlo en mercancía; y defiende que esa pluralidad es fruto de la libertad (palabra tristemente denostada por el Madrid Corte), de las sociedades liberales. Y añade, con gran emoción, una cita del gran Gigante de Hierro: «Eres lo que quieres ser».

Después de escribir C3PO en la corte del Rey Felipe, Vallín se muestra sorprendentemente optimista, pese a ser testigo de la larga mano del conservador Estado Profundo, de sus armas de disuasión y, a veces, de la belicosidad de sus formas. «No está escrito en ningún sitio que los reaccionarios vayan a ganar». Un jedi, con su espada en alto, que medita y razona, antes de volver al Senado Galáctico al que le llama su trabajo de cabecera, el periodismo. Señala que España no es ninguna broma; 50 millones de personas, y dos mecanismos que impedirían un giro autoritario en nuestra política: la Unión Europea y la plurinacionalidad del Estado español: «A diferencia de Francia o Italia, en unas generales siempre las realidades políticas vasca y catalana desempatan, y mientras el PP se mantenga en posiciones antivasca y anticatalana, ese desempate va a caer siempre hacia la otra dirección». Regresa a la idea de la crisis del bipartidismo, un concepto que repasa varias veces en su libro. Una lucha política por el poder que durante los primeros 30 años de la democracia española osciló entre el PP y el PSOE, pero que explotó, primero en 2015 con la aparición de Podemos y Ciudadanos, y después en 2019, con el crecimiento de los partidos catalanes y vascos y la aparición de los partidos provinciales, como Teruel Existe. «A pesar del esfuerzo de los sondeólogos y los medios madrileños cada tres meses por decir que PP y PSOE se recuperan y que va a desaparecer el espacio multipartito, la realidad de los hechos es que no solo están por debajo del 50%, sino que están a punto de caer por debajo del 40. La suma. Esa pluralidad mayor hace que las sumas sean más complejas y requieran pactos». Y cierra: «Soy optimista y diré más: creo que de este auge de la ultraderecha que vive el mundo, especialmente en democracias liberales, no será fácil, pero es un proceso del que saldremos con democracias mejores».

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