Pablo Casado: Corrupción o combustión

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El PP ha tomado la decisión de dejar morir a Pablo Casado antes que investigar la corrupción que ha denunciado

Las elecciones de Castilla y León ya eran un punto de inflexión antes de producirse. Todas las elecciones desde que Pedro Sánchez le recordara a Casado que había perdido cinco elecciones en un solo año lo han sido para el ya exlíder del Partido Popular. No obstante, estas elecciones han supuesto la mecha que prendía hilo de gasolina y que iba directo e imparable para explotar la gasolinera de Génova 13. Casado, que desde la fachada pagada en negro de su sede veía como se acercaba el fuego, se armó con una manguera y llamó a filas a su fiel escudero García Egea.

El fuego, desde las elecciones de la Comunidad de Madrid del 4 de mayo, siempre le ha venido por dos flancos. Por un lado, Vox, que desde hace años venía alimentándose de los votantes descontentos del PP y, por otro, un monstruo trumpista que el propio Casado había creado: Isabel Díaz-Ayuso. Un lobo que desde Madrid olía la sangre de Casado que brotaba de la herida que había sido Castilla y León.

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Pablo Casado y Teodoro García Egea al tomar los mando del PP | Fuente: EFE
Pablo Casado y Teodoro García Egea al tomar los mando del PP | Fuente: EFE

Pablo Casado no puede engañar a nadie: su objetivo no ha sido en ningún momento denunciar la corrupción. Su objetivo era quitarse de encima no solo a un rival dentro del partido, sino también a la principal valedora de los acuerdos con la extrema derecha. Casado y García Egea tenían el arma cargada y apuntando. Sabían de la presunta corrupción del entorno de la presidenta de la Comunidad de Madrid, y después de que saltase el escándalo de los detectives, dispararon sin pensar. Denunciar la corrupción dentro del PP debe de ser todavía más peligroso que hacerlo desde fuera. El partido ha funcionado, en términos estrictos, como todo sistema inmunológico: atacando a la enfermedad. La cuestión es que, dentro del PP, la enfermedad no es la corrupción, sino denunciarla.

Casado ha intentado salvar el cuello de una forma loable, pero se ha terminado disparando al pie. Quizá esa sea la razón por la que muchos hayamos sentido lástima por él, un político de tercera fila que, con justicia, no se merece otra cosa que desprecio después de sus continuos insultos a la memoria de las víctimas del franquismo, de la virulencia de su discurso y el señalamiento de sus adversarios políticos y, como guinda del pastel, el intento continuado de torpedear la llegada de los Fondos Europeos de Recuperación de la UE solo como maniobra política. Una lástima que nos produce por mera humanidad, después de ver como por primera vez, aunque fuera por salvarse, hubiera hecho una cosa bien. Da lástima que sea así como se vaya, pero no porque se vaya.

Sin embargo, el PP ha demostrado que, ante corrupción o combustión, prefiere que su líder arda vivo a investigar si tenía o no razón. Asaltar Génova 13 y, una vez tomada, encerrarse tras las puertas mientras la derecha mediática limpia su imagen. Una derecha mediática que está decidida a hacerlo porque, como ya dijo aquel mandril que regalaba banderitas de España a los monos de Gibraltar: «A mí un comunista no me roba; a mí me roba un profesional».

La última imagen no es sino la de un Casado derrotado, un César de palo que sentía cada aplauso de su grupo parlamentario como un puñal en la espalda. Un ya exlíder que huía del hemiciclo porque, al contrario que el referente, no podía quedarse desangrándose en tranquila soledad en el lugar que lo habían apuñalado. Porque allí estaban todos los traidores que lo habían dejado arder.

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