La carrera eclesiástica forma parte de un sentimiento cada vez menos presente en los jóvenes
Entre Brasilia y Pamplona hay 8.040 kilómetros de distancia. Mismos 8.040 kilómetros que tuvo que recorrer María Fátima Lopes, de 64 años, para ingresar en el convento de las Carmelitas Descalzas hace más de diez años. Tenía 13 la primera vez que la vocación eclesiástica brotó en su corazón, donde pareció escuchar a Dios diciéndole: “Yo te quiero para mí”. El miedo al qué dirán hizo que se alejara de la fe durante un tiempo, aunque no para siempre. A pesar de haber sido nombrada recientemente Madre Superiora y de estar “más cerca de Dios” que la mayoría de las personas, ella se siente “pecadora”.
En la vida existen muchos tipos de profesiones distintas. Una forma de clasificarlas guarda relación con la predisposición de la persona de ejercerla. Teniendo en cuenta esto podemos decir que existen dos tipos: las convencionales y las vocacionales. Un ejemplo de estas últimas es la de la carrera eclesiástica y, en particular, la de monja o monje de clausura.
Para María Fátima Lopes el condicionante que toda persona debe cumplir para dedicarse a la vida contemplativa es “tener verdadera vocación”, ya que “en un convento no puede entrar cualquiera”. Además, debe ser capaz de dar una respuesta “con tranquilidad”: “Si tú tienes paz al final vas a acabar viendo que estás bien”.
La vocación lleva a los monjes y monjas a aceptar de manera voluntaria una serie de sacrificios. Un ejemplo son los votos que deben jurar todas las personas que quieran dedicarse a la vida monástica. De hecho la ceremonia donde se toman es considerada un rito de iniciación, por lo que es un momento muy importante en la vida de todo religioso.
Los votos monásticos de la vida dedicada a Dios
De acuerdo con el derecho canónico el voto es “la promesa deliberada hecha a Dios acerca de un bien mayor”. En la vida monástica se distinguen dos tipos: los simples –que se celebran en privado– y los solemnes –celebrados mediante profesión religiosa–. Los principales votos son tres: el voto de castidad, el voto de obediencia y el voto de pobreza.
María Fátima Lopes celebró sus votos solemnes a los 17 años, aunque la primera experiencia relacionada con su vocación la tuvo durante su Primera Comunión: “Sentí un fuerte sentimiento de que Dios me llamaba. Es como si hubiera escuchado ‘yo te quiero para mí’”.

A partir de los 15 años empezó a pensar que “era una locura”, por lo que acabó distanciándose de la vocación religiosa. No obstante, le faltaba algo para ser feliz y decidió seguir su corazón, puesto que “ya no podía más”. A falta de un año para cumplir los 18 decidió dejar su equipo de voleibol e ingresar como profesora en las Carmelitas de Brasilia. Según explica, sus amigas eran el principal motivo por el que rechazó la “llamada interior” que le hizo el Señor años antes. Aunque este temor al qué dirán no duró para siempre: “Después, como Dios te hace una llamada interior muy fuerte, tú vas perdiendo el miedo. Ahí fue cuando me armé de valor y le dije a mis amigas: ‘Es esto lo que verdaderamente quiero’”. Su familia, que pertenecía a una comunidad Neocatecumenal, tuvo un papel esencial en el hecho de que retomara el interés por la vida contemplativa.
Los miembros del camino son conocidos coloquialmente como los “kikos” debido a su creador, Kiko Argüello, que en 1964 decidió trasladarse a una comunidad de chabolas en Palomeras Altas, Madrid. El objetivo principal de toda comunidad Neocatecumenal es conseguir vivir en familias abiertas a la vida, a la oración y a la vida fraternal, con un especial interés en el envío de misioneros. Los kikos, a diferencia de los cristianos, viven la religión con un profundo sentido de comunidad. Este sentimiento de ser una “gran familia” se fomenta con la celebración de convivencias –una cada mes– y de retiros.
Una relación de marido y mujer
Previo a la ceremonia de sus votos solemnes, la comunidad de María celebró un retiro espiritual que duró 10 días. Una vez finalizado el aislamiento, el sacerdote de la comunidad apareció para hacer una confesión general: “Fue muy especial porque toda mi comunidad, mi familia y mis amigos estaban ahí. Era como si estuviéramos en el cielo con los ángeles”. En ese momento María recuerda cómo se sentía: “Fue un momento de verdadera sintonía, de estar con Cristo diciendo ‘yo ahora soy tu esposa’, y eso lo es todo para mí”.
Quizá puede llegar a pensarse que una persona tan cercana a Dios no debe estar triste, ni arrepentirse de sus actos, ya que no se puede vivir de manera más pura. No obstante, María es el fiel reflejo de que las cosas no son siempre como parecen: “Me siento pecadora”. Pero lo más paradójico es la razón que da a ese sentimiento. Según explica: “Vivir en Dios es entregarse totalmente y siento que tengo que entregarme más, más y más”. Para ella el estar cerca del Padre es más de lo que hace, es tener “un corazón agradecido de una manera más profunda”. Admite que tiene profundas dudas sobre su vida porque, aunque esté cerca de Dios, ella sigue siendo mortal.
Las dudas en la vida monástica
Esas dudas son más comunes durante los primeros días en el convento: “Cuando se sale del mundo, estás donde tú quieres, pero al fin y al cabo es una vida de clausura”. Esta vida de clausura conlleva muchos sacrificios y, al principio, mucho tiempo para pensar. En parte esto se debe a que durante los primeros días no se tiene “madurez espiritual”. Esta inmadurez espiritual se traduce en dudas ya que, según afirma, “esa tranquilidad y paz de que Dios está contigo no se percibe”. El cuestionamiento también surge a raíz de las propias actividades y trabajos que se realizan en el convento: “Por más que hacía, porque hacía muchas cosas, parecía que no hacía nada”.
El trabajo y la vida en los conventos es diferente. En palabras de la propia Madre Superiora: “Vivimos la simplicidad”. El trabajo está centrado principalmente en la oración y en la adquisición de conocimientos. La vida monástica centra su rutina en el rezo de seis oraciones, tres por la mañana y tres por la tarde. La rutina comienza a las 6:20 de la mañana con el rezo de Laudes. Dos horas más tarde, a las 8:35, tiene lugar Tercia. La mañana finaliza con el rezo de la Sexta a las 12:30. Las oraciones más importantes de la tarde comienzan con la Nona a las 15:30. Esta es seguida por la penúltima oración más importante del día, Las Vísperas, que tiene lugar a las 18:30. Por último, el día concluye a las 21:30 con el rezo de la de las Completas. El otro elemento importante de la rutina monástica es el trabajo manual, el cual está dividido en dos momentos del día: por la mañana –entre las 9 y las 12:30– y por la tarde –entre las 16:30 y las 18:30–. Según explica, estos trabajos tienen la finalidad de “entregarse a los demás”. Algunos de los más importantes son el cuidado de las enfermas o la limpieza del convento. Además del trabajo manual y de las oraciones, también queda hueco para la convivencia y la socialización. Esto se lleva a cabo durante las “horas de recreación”.

En la actualidad de la vida dedicada a Dios el convento de las Carmelitas Descalzas de Pamplona cuenta con trece miembros. Una parte de esas trece personas son brasileñas, al igual que María. Brasilia, la ciudad natal de la Madre, está a más de 8.000 kilómetros de distancia de Pamplona. Esta distancia supondría un elemento negativo para la mayoría, pero no para María, que la petición de un cura procedente de Pamplona le pareció una oportunidad que no debía rechazar. La primera razón por la que quería venir era por ayudar a una de sus hermanas brasileñas, que había venido antes que ella. Pero, además, había una segunda razón que justificaba el interés por venir: “reforzar un poco la comunidad”, al ser un convento de hermanas mayores. Un argumento que refleja la importancia social que posee la carrera religiosa hoy en día.
La vida monástica: una experiencia poco común entre jóvenes
Según detalla el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en 1998 un 73,28% de los jóvenes de entre 18 y 24 años se consideraban católicos. Es decir, más de 3,4 millones de personas se consideraban religiosos. Los últimos datos comparables se recopilaron en 2019. En este caso las cifras eran diferentes: solo el 44% de los jóvenes de ese intervalo de edad –lo equivalente a 1,4 millones de personas– se consideraban a sí mismos como católicos. Este decrecimiento de fieles ha provocado una crisis en los monasterios, ya que muchos de ellos se han visto obligados a cerrar sus puertas por la falta de monjes y monjas.
María Fátima Lopes nota esto cada vez que se ve obligada a abandonar su convento: “Cuando salimos algunos nos rechazan, nos gritan o pasan con la bicicleta y te empujan”. A pesar de que cree que hay adolescentes que están “rechazando la llamada de Dios”, la Madre Superiora confía en que aún hay muchos que se encuentran cerca de él.
La monja, que está cerca de cumplir los 65, narra qué efectos puede acarrear el que una persona no responda a la vocación religiosa: “El miedo o rechazo a una llamada de Dios es huir de uno mismo”. Esto podría llegar a solucionarse con una decisión, la cual es complicada a la par de gratificante: “No vale la pena alargar años y años el sufrimiento por un miedo de no responder o no entrar a un convento”. Ella tomó esa decisión hace más de cuarenta años y hoy en día no se arrepiente de nada. Para ella Dios es “amor; fidelidad; riqueza y sabiduría”, y tiene claro una cosa: “Si el mundo supiera lo que es amar a Dios, lo que es estar cerca de él, más gente entraría en los conventos”.


