Elvira Lindo: «La sociedad ha cambiado, pero Manolito no»

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Cuando pisó Madrid por primera vez, jamás pudo imaginar todo lo que le depararía aquella enorme ciudad. Tras una infancia observando cómo la ventanilla del coche reproducía paisajes de diferentes puntos del país, la capital se sumó a Cádiz, Málaga, Tarragona o Mallorca, en una larga lista de urbes a las que se trasladó en compañía de su familia. A diferencia del resto, fue en la capital donde halló el difícil punto de convergencia entre la ilusión y la realidad. Ella tenía tan solo 12 años, y en una maleta invisible portaba el sueño de una joven periodista que había encontrado en la escritura el juego al que dedicar su vida.

Elvira Lindo (Cádiz, 1962) dio sus primeros pasos en el periodismo hace casi 40 años. Los estudios de Radio Nacional de España acogieron sus brillantes palabras como locutora cuando todavía era estudiante de carrera. Conoció de primera mano las calles y los barrios madrileños en los zapatos de una reportera e incluso regresaría, por un año, a la ciudad malagueña. Desde su retorno a Madrid, en 1987, se sucedieron las colaboraciones con grandes medios de comunicación, a la par que, como si escuchase un secreto que ya conocía, se fue enamorando poco a poco de la ficción y el costumbrismo. Por su parte, el salto definitivo al mundo de la escritura tuvo lugar en 1994, tras el nacimiento de Manolito Gafotas. Cuatro años más tarde, fue una publicación de esa serie de novelas la que le otorgó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.

En esta entrevista, Elvira Lindo trata aquellos primeros años en el periodismo y su evolución como guionista y locutora, así como su labor literaria y la esencia que guardan aquellos libros que nacieron del sueño que portaba, muchos años atrás, en aquella maleta invisible.

Pregunta: Con 19 años comienza en RNE su recorrido en la profesión mientras estudiaba Periodismo. Entre diversas labores, hizo reporterismo, presentó programas y destacó como guionista, ¿Cómo era el periodismo entonces? ¿En qué se diferencia del actual?

Respuesta: Es una pregunta que tiene una respuesta larguísima. Cuando yo entré en la radio se estaba modificando toda la concepción de los medios. Hay que tener en cuenta que había habido durante la dictadura un solo informativo, el parte. Los periodistas tomaron un protagonismo absoluto y le dieron una personalidad propia a cada informativo, a cada programa. La figura del locutor como busto parlante fue desapareciendo. La radio perdió rigidez y se acercó a la calle. Yo llegué a la radio con 19 años y ese mundo antiguo estaba desapareciendo. Quería ser periodista, pero, de pronto, descubrí las posibilidades de la ficción en la radio, del humor, de los montajes sonoros. Y aunque hice de todo lo que más me gustaba era escribir y montar historias.

P: ¿Cuándo despertó la pasión por la escritura en usted?

R: Desde niña, como un juego. Comencé a escribir a los nueve años y he seguido haciéndolo toda la vida. En la radio supe lo que era escribir de oficio, con los guiones, también en televisión. A los 30 años decidí quedarme en casa para escribir un libro.

Elvira Lindo en su infancia | Fuente: Elviralindo.com

P: Entre el periodismo y la literatura hay saltos constantes. Muchos profesionales de un campo, como es su caso, se aventuran a participar activamente en el otro, y viceversa. Pero, ¿Qué une al periodista y al escritor?

R: En mi caso no encuentro la diferencia, ni creo que se trate de compartimentos estancos, porque más que como periodista escribo como cronista, un género que está dentro del periodismo pero íntimamente unido a la literatura. Yo cuento lo que veo y lo que oigo, lo que percibo. Para el periódico escribo en tiempo presente, en un estilo directo, claro, conciso. En un libro puedo ser más caprichosa, soy la dueña de mi espacio. En el periódico estás en un espacio prestado y tienes que hacerte oír en el coro de voces que conforman los columnistas. En muchos periodistas hay dentro un escritor, y a muchos escritores les gusta de vez en cuando hacer un trabajo periodístico.

P: Los títulos de Manolito Gafotas retratan ciertos estereotipos de la sociedad española. A día de hoy, en pleno 2020, ¿Considera que la sociedad ha cambiado desde la representada en sus libros?

R: La sociedad ha cambiado, pero Manolito, no. Manolito es eterno. Puede que la tecnología haya inundado su casa, todos sus amigos sean ahora hijos de inmigrantes, pero… la mente de un niño responde a su lógica y Manolito tiene una voz muy potente, auténtica. Por eso se sigue leyendo.

P: Su estilo de escritura, como se veía en las columnas Tintos de verano publicadas para El País, ha recibido alguna crítica por el costumbrismo con el que se tratan ciertos temas, ¿Qué importancia tiene para usted el humor a la hora de tratar la realidad? ¿Cree que tiene límites?

R: No sé por qué el costumbrismo es criticable. El humor no se hace sin costumbrismo. Y menos aún la comedia que se hace sobre el día a día. Los límites del humor están en uno mismo. Yo sé aquello sobre lo que no quiero hacer humor porque no me hace gracias. Entre otras cosas, sobre la desgracia ajena. En algunos casos me han querido corregir o me han criticado por sobrepasar los límites, por inadecuada, pero creo que el humorista debe contar con esas críticas, ser fuerte, y hacer su trabajo con libertad de espíritu.

El humor no se hace sin costumbrismo. El humorista debe contar con esas críticas, ser fuerte, y hacer su trabajo con libertad de espíritu

P: En Noches sin dormir: Último invierno en Nueva York refleja, a modo de diario, sus experiencias en la ciudad estadounidense de una forma muy cercana. Si ese mismo viaje lo hubiera hecho a día de hoy, con la pandemia y la polarización de la sociedad norteamericana tan marcada, ¿En qué hubiera cambiado su libro?

R: No me imagino estar viviendo en Nueva York. Aunque viví en esa ciudad muchos años no es mi ciudad. En una situación así yo quiero estar en mi casa, cerca de los míos, no lo concibo de otra manera. En Nueva York, en el día a día, se aprecia menos esa polarización porque es mayoritariamente demócrata.

P: Pedro Sánchez le ofreció ser ministra de cultura, antes incluso que a Máximo Huerta, pero rechazó porque quería ser libre y tener derecho a opinar sobre lo que quisiera. En caso de que hubiera salido ministra, ¿Qué le hubiera gustado proponer? ¿Cierra la puerta a cualquier actividad política en un futuro?

R: No cierro la puerta al activismo, que no es lo mismo que dedicarte profesionalmente a la política. Hubiera tratado de que los artistas estuvieran más protegidos laboralmente y de que la cultura se entendiera como un bien necesario de nuestro país, no como un adorno. Hubiera intentado que la cultura llegara a la base, que son los niños.

P: Su último libro, A corazón abierto, convierte a sus padres en protagonistas literarios, ¿qué moraleja crees que encierra el libro? ¿Cómo era amar en tiempos de posguerra?

R: No hay moraleja ni mensaje. He querido seguir el curso de la vida de mis padres sin juzgarlos, dejándoles ser como eran. Eso es lo que les ha convertido en personajes literarios. Hay un recorrido por el siglo XX a través de sus vidas, las vidas concretas de Manuel y Antonia. Lo que ha ocurrido es que muchos lectores han reconocido en ellos a sus padres, a sus abuelos, que han reflexionado sobre la complicidad de las relaciones amorosas o familiares. Y es bonito para mí que ese milagro haya ocurrido.

A corazón abierto, de Elvira Lindo | Fuente: planetadelibros.com

P: Si Manolito Gafotas apareciese en el 2020 y viera todo lo que la COVID-19 ha causado, ¿qué consejo nos daría para hacer más fácil la situación?

R: Yo no hablo nunca por boca de Manolito. Me han preguntado qué pensaría M sobre la guerra de Irak, sobre las torres gemelas, sobre las pateras, sobre el feminismo, pero… Manolito es una creación literaria, no es un opinador, él solo aparece en sus libros, en su mundo, y para que sea creíble he de mantenerlo puro en ese ambiente que es suyo y solo suyo.

1 Comentario

  1. Qué talento para contar historias. Eres un hombre tan inteligente. Esto solo acaba de empezar, Sergio, ojalá no te acabes nunca.

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