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Manuel Jabois: “He escrito Mirafiori con el último aliento que me quedaba de la juventud”

Su última novela narra la historia de desamor entre dos adolescentes, jóvenes y adultos y los fantasmas que los acompañan en cada una de estas etapas.

Es una celebración de lo incomprensible, de la magia de la tierra gallega y de lo todo lo trágico y lo bello que cabe en el hacerse mayor.

Manuel Jabois (Sanxenxo, 1978), autor de Malaherba (Alfaguara, 2019) y Miss Marte (Alfaguara, 2021), nos recibe en una cafetería próxima a la sede de Penguin Random House, la casa con la que publica Mirafiori, su tercera novela. En una mañana acalorada y cargada de entrevistas, el periodista de El País escoge alejarse del ajetreo de las oficinas para desentrañar de forma ininterrumpida los secretos de su obra. Escrita con el humor que tanto le caracteriza, con el que Jabois pone la marca a sus columnas y suaviza la trama de sus novelas; Mirafiori relata como somos producto de lo que hicimos y las personas que nos rodearon, la salvaje utilidad de las redes sociales, el edulcorado retrato que pinta nuestra mente de las personas a las que queremos y «el sentimiento de estar al lado de la persona que más quieres y que te empiece a incomodar su éxito». Algunos de estos temas los analiza en su entrevista con El Generacional, otros más variopintos surgen en la conversación.

P: ¿Quién ha escrito la novela, el Manuel Jabois de ahora o los resquicios de su juventud?

R: Sin duda, los restos del naufragio de la juventud. Ya no soy joven, evidentemente, pero he escrito Mirafiori con el último aliento que me quedaba de la juventud. De hecho, Malaherba, Miss Marte y Mirafiori son las tres novelas que yo hubiera escrito con treinta años.

P: ¿Hubiera podido?

R: No, hay novelas que tienes que vivirlas antes de escribirlas.

P: ¿Qué le ha resultado tan atractivo de ocupar la primera persona de un joven pijo y despreocupado?

R: Lo que muchas veces hacemos cuando leemos es vivir las vidas que no podemos. Me pareció interesante pensar en qué hubiera sido de mí mismo con veinte años, con las mismas inquietudes literarias, si no hubiera tenido la necesidad de ganarme la vida. El resultado es bastante pavoroso…

P: De hecho, hace cometer al narrador prácticamente todos los errores que se pueden cometer en la juventud, ¿le guarda resentimiento al chaval que fue?

R: Creo que cometí los errores necesarios. El tipo de fallos imprescindibles que te hacen ser mejor persona. Somos el resultado de todo. Puedo decir con bastante orgullo que ninguno de estos errores ha sido grotescos, gravísimos o afectaron a terceros. Si bien fueron destructivos conmigo mismo, creo que puedo dormir tranquilo y decir que no perjudicaron a nadie más… ahora sale la entrevista y aparece una lista de agraviados pidiendo mi cabeza…

P: El noviazgo adolescente de Mirafiori está marcado por canciones, artefactos culturales y situaciones impensables hoy en día; como el no poder recurrir al teléfono móvil en un momento de silencio incómodo con la persona que te gusta. ¿Qué es lo que más echaría de menos si tuviera que pasar por la adolescencia de hoy?

R: En el caso de mi hijo, él está viviendo una preadolescencia bastante parecida a la mía. Yo también pasaba horas delante del ordenador, un “Movistar 464”. Es cierto que él está más informado, aunque sea a base de reels o Tik Tok. Las redes sociales pueden ser peligrosas porque el odio es mucho más fácil a distancia. Sin embargo, no tienen que suponer algo negativo, creo bastante en las próximas generaciones. En ese sentido, espero no envejecer como muchos otros compañeros de generación que, de repente: “lo de antes era mucho mejor y es que ahora ya no se respeta nada»…o, «antes éramos más libres»… Antes también se podía fumar en los bares o tocar a las mujeres con total libertad.

P: En entrevistas previas ha relatado como desde que cubrió en 2015 el juicio de La Manada ha adquirido más conciencia sobre el feminismo y tiene una posición mucho más delicada en el asunto. Hasta el epílogo de Mirafiori no había escrito ficción con una mujer como narradora, ¿le produce respeto adoptar la mirada femenina?

R: Yo no elijo papeles o perspectivas determinadas, tengo voluntad de escribir una historia, me pareció necesario y ya. No me gusta el aliadismo, ni las exhibiciones públicas sobre la deconstrucción del hombre y el “mírame que estoy llorando”. Claro que el hombre tiene que deconstruirse, claro que hay muchísimas cosas que cambiar, pero hazlas sin tocar el tambor por la calle. Sé cómo tienes que ser, pero no te presentes a la gente con tus logros.

Portada de Mirafiori, la última novela de Manuel Jabois que ya está disponible en librerías ı Fuente: Penguin Libros ES

P: “Estaba seguro de que había cambiado, pero aún quería convencerse de que no mucho; digamos que ya no era partidaria de expropiar las casas a los ricos y degollarlos si se resistían” ¿Es esta atenuación del espíritu revolucionario a medida que se adentra uno en la vida adulta algo que caracteriza a su generación?

R: No. Yo creo que tiene mucho que ver con el hecho de que el odio furibundo y radical a una idea se convierte en otra cosa cuando esa idea la encarnan personas. Se puede desear todo el mal del mundo, la destrucción absoluta, sin embargo, cuando conoces a la persona que difunde esa idea, ya sea porque te toca trabajar con ella o, simplemente, por coincidir en un café; por mucho que quieras seguir combatiendo esa idea, ya has conocido a un ser humano, ya no quieres degollarlo. Es una cuestión de humanidad.

P: ¿Opinar acerca de todo tipo de realidades sociales, incluso cuando escribe ficción, es un acto premeditado o un impulso del que no puede escapar, ni siquiera cuando se aleja del periodismo?

R:  Diría que es un defecto de fábrica. Tengo facilidad para hacerlo, lo cual no quiere decir que se me dé bien. La novela exigía reflexiones acerca de bastantes cosas, no es una novela de acción. Además, en la ficción me puedo dar el lujo de opinar cosas que no creo. Juego con unos personajes que no son yo y les puedo colocar opiniones con las que no estoy de acuerdo, esto es algo sexy que te da un estado de libertad salvaje. Es muy gratificante.

P: ¿No le asusta que le confundan con el narrador de sus novelas?

R: Pueden hacerlo, da igual. ¿Sabes qué pasa? He escrito una novela de amor y de fantasmas, si hubiese escrito una novela de un asesino en serie nadie se confundiría con nada.

P: Hay tramos en los que la Mirafiori se vuelve tan íntima y reflexiva que cuesta pensar que no es su voz.

R: Puede que lo sea, no lo sé. Siempre se escribe mejor desde la verdad, ¿no?

P: Lo sobrenatural acompaña al lector a lo largo de toda la novela, ¿le han ayudado los fantasmas a expresar alguna verdad inexpresable?

R: Sí, son el camino de vuelta de un viaje que no sabías que lo tenía. Cuando te estás muriendo en un hospital lo último en lo que piensas es que vas a volver, cuando te enamoras de alguien lo último que piensas es que vas a romper. No amas a alguien sin creer que ese amor va a durar toda la vida. Los fantasmas son una sensación bastante parecida al de descubrir que tras la ruptura tienes que volver sin él o sin ella a alguna parte. Entonces, estás entre los vivos, pero ya no puedes ser uno de ellos.

P: ¿En qué radica el uso de frases en gallego, tanto en Mirafiori como en sus columnas?, ¿cree que cada lengua es capaz de expresar cosas únicas?

R: Sobre todo, es una cuestión cultural. No es creíble una mujer anciana en una aldea gallega hablando castellano. Y estoy seguro de que hay muchas cosas que suenan mejor en la lengua de las abuelas. Se trata de una riqueza cultural enorme. Imagínate ser el último depositario en el mundo de una lengua a punto de morir.

P: ¿Generará un impacto que las lenguas cooficiales formen parte del Congreso de los Diputados?

R: Las lenguas nacen, se desarrollan y mueren a pesar de las instituciones. Si el gallego tiene que sobrevivir, que sobrevivirá, será por la gente. Somos nosotros los que mantenemos la lengua viva. Estoy a favor de que lo hagan, pero que un político hable en la cámara en catalán o en gallego no significa que luego en la calle un millón de personas le vayan a hacer caso. Con esto no quiero decir que las instituciones tengan que desentenderse, su labor es fomentar. No se puede abandonar una lengua con tanta historia como el gallego.

P: “Trabajaban doce horas en la redacción y pasaban las siguiente doce comentándolas”, ¿diría que el periodismo absorbe?

R: Mucho. A mí ahora no tanto porque trabajo desde casa, pero estuve quince años en una redacción. Al ser vocacional, la pasión hace que sea muy difícil desconectar cuando sales de la redacción. Lo digo por mí, evidentemente, pero me hace mucha gracia el hecho de que como se reúnan tres periodistas la conversación va a ser insoportable.

P:  Quince años en la redacción del Diario de Pontevedra para venir a Madrid a trabajar en El Mundo y El País. El protagonista de Mirafiori, aunque de forma menos exitosa, realiza la misma mudanza a la capital. ¿Relaciona el ejercer periodismo en las grandes ciudades con hacerse un hueco en la profesión?

R: Está relacionado, pero no tiene que ser así. Igual pagan mejor, pero tampoco mucho mejor. Además, a veces no hay que ver lo que te pagan, sino el precio de las cosas en el lugar donde vives. En Pontevedra con mil euros vivía bien y en Madrid con eso no haces nada, compartir piso de entrada. El gran delito del periodismo es la precariedad.

P: No es casualidad que las facultades de comunicación estén repletas de estudiantes que llegan con un entusiasmo enorme y desde el primer momento se topan con una realidad que solo les hace pensar en dejarlo…

R: Todavía hay muchas cosas bonitas en el periodismo, como la posibilidad de dar con una historia y contarla. Lo que también hay es un sistema perverso que pudre la pasión de las generaciones jóvenes haciéndoles ver que está todo tan difícil que conseguir un trabajo no renumerado ya es un éxito.

P: Una última curiosidad para los lectores, ¿cambiaría las columnas por los obituarios?
R: Por desgracia, escribo muy buenos obituarios. Soy un tipo al que se le da muy bien escribir sobre la muerte de los demás. Pero no, no me gusta.

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