La historiadora Olga Medvedkova nos presenta la farsa que rodeaba a los intelectuales privilegiados de la URSS de Brézhnev a través de la compleja relación entre una adolescente y su madre
¿Cómo interfieren las dinámicas de censura y autoritarismo de un estado en sus núcleos familiares? Esta es la cuestión que responde La educación soviética, la primera novela de la historiadora y actual investigadora en el CNRS (Centro Nacional de Investigación Científico de Francia) Olga Medvedkova (Moscú, 1963). El pretexto: Liza Klein, una adolescente de quince años superdotada para las matemáticas, acompaña a su madre Lucie, miembro de la elite cultural de la URSS, a pasar tres días en la isba (casa típica de la Rusia rural) de un viejo amigo.
Acomplejada, insegura y muy acostumbrada a la burbuja metropolitana de Moscú, Liza ya es un manojo de nervios desde el momento en el que arranca el tren. Pero ni su mente inquieta es capaz de imaginar la caja de Pandora que se va a abrir en esa escapada a la campiña. Donde descubre la verdad sobre su origen aristocrático.
Esta ficción, inspirada en la propia biografía de Medvedkova, envuelve al lector con la omnipresencia de un narrador que construye los espacios y los personajes sin olvidar una descripción, ni dejar de mentar un pensamiento, por nimio que sea. Todo detalle es relevante cuando se trata de sumergirse en un grupo de personajes tan excéntricos y dispares como son los que van apareciendo en La educación soviética. La traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Maya García Gallego ya está disponible de la mano de Acantilado.
Un coming of age en la Rusia soviética rural
El hilo de tensión que sostiene la novela es la relación madre – hija. La primera es una mujer firme, abusiva, aparentemente entregada al arte y las letras del pueblo soviético. Da sentido a su vida al gerenciar la educación de su niña. “Liza solía pensar que la finalidad de todo cuanto hacía su madre, lo menos importante y también lo más incomprensible, era hacerla feliz a ella”. Cuando te han dado a entender toda la vida que estás destinada a ser mejor que la masa mediocre es mejor no debatir. No contra quien, en teoría, sabe qué es lo mejor para ti.
De esta manera, la identidad de Liza se fundamenta en el orden y mando de su progenitora. Pero no parece ser suficiente. Van a ser su anfitrión David, un paria del sistema que rehace su vida alejada de la urbe, y su sobrino Max, un joven actor con toques altivos, quienes siembren en Liza la necesidad de conocerse a sí misma, a su familia. También las ganas de desinhibirse y abrir grietas en el sistema particular que su madre ha impuesto.
Medvedkova revela como la educación soviética se basó, para muchos niños con orígenes opuestos a los principios de la Revolución, en aprender a no preguntar por el pasado. Como la mentira de los padres se convirtió en un muro protector del hermetismo y la represión de la URSS. En el momento en el que la nueva generación halla en sus mayores la vulnerabilidad que se pretendía ocultar, despierta su mirada hacia lo absurdo de la autoridad. Así, en La educación soviética nos sumergimos en esta especie de coming of age de Liza. Solo que sucede en un pueblo de la Rusia soviética de los años 80.
La memoria histórica y la identidad personal
Quizás, lo más especial de la narración sea su capacidad para demostrar la evolución de los personajes en cada interacción y cada nuevo lugar visitado. El más importante de todos es la mansión abandonada del pueblo, que resulta ser la antigua mansión de los antepasados nobles de Liza y su madre. “Vamos a dejarlos aquí -dijo David-. Que duerman en paz, no hay que despertarlos: que los muertos entierren a los muertos. Ven. Nosotros estamos vivos”. Claro, para Liza es imposible no indagar. Para saber quién es ella, necesita saber de dónde viene. Al tiempo que profundiza en la historia del pueblo y adquiere confianza con sus habitantes se deshace de la ingenua idea que le habían presentado de su vida y su familia.
Entonces, Medvedkova propone la mansión como elemento clave de la historia. Conviertiendo el borrado de memoria histórica que llevó a cabo el Estado Soviético en el otro tema transversal de la novela. Los iconos, los nombres de las calles, las cartas, las esculturas… Todo lo que no glorificaba la razón de ser de la nueva nación fue condenado al olvido. Y el libro lo plasma con conversaciones en torno a la censura, la propaganda, el arte soviético o el pensamiento crítico. Entre las idas y venidas de la adolescente asoma un análisis potente, incluso con toques de humor, de lo que fue el génesis del deshielo del primer país comunista.
Los resquicios del racismo sistémico
Aunque los eventos de La educación soviética tienen lugar en 1980, el tercer fenómeno social que capta Medvedkova es el racismo de la sociedad soviética hacia los judíos. Heredado de la Rusia zarista y más simbólico que institucional, pero presente.
Si a Liza ya le cuesta reconocerse en su propio cuerpo y en su relación con su madre, el apellido alemán de su padre se vuelve en otra encrucijada en su vida. Ese hombre de origen hebreo que se divorció de su madre para emigrar a Estados Unidos y formar una familia alternativa – de la que Liza tampoco sabía su existencia -, le ha dejado otro lastre en su identidad.
Para la adolescente, que vive por y para llegar algún día a destacar en el sistema, un apellido ‘tan poco ruso’ supone una vergüenza terrible. «De entrada, indicaba que era una extraña. ¿Qué pintas con semejante apellido en pleno país de rusos? Se apellidaba así a su pesar, sin saber apenas nada de los Klein». Por suerte, es esta característica la que le une a David, el amigo de su madre, también judío. A través de la relación un tanto bizarra que entabla con él, se concretan nuevas preguntas y respuestas sobre la significación de su nombre y cómo vivir con ello.


