Nuclear, de Maielis González abre la colección Yegua de Troya editada por Gabriela Wiener en Caballo de Troya
Desde la ciencia ficción más militante, Maileis González construye una novela en la que se tratan de plantear otros futuros para Cuba, otras narraciones de lo posible que se oponen al relato dominante de lo que pueden o deben decir las subalternas.
Nuclear, una novela cuántica
En Nuclear, González configura una ficción especulativa marcada por dos viajes paralelos, el de Benicio y el de Claudia. Uno a la fallida Ciudad Nuclear en Cienfuegos, cuya construcción se detuvo con la caída de la Unión Soviética. Y otro a Tigre, en Argentina, una ciudad rodeada por el río en la que la especulación inmobiliaria y la contaminación se están adueñando del territorio y acabando con las formas de vida locales. En ambos viajes, los protagonistas se enfrentan a la cuestión de la representación: ¿cómo representar el fracaso? ¿Cómo imaginar desde él? ¿Qué palabras usar o, incluso, inventar para generar nuevas representaciones?
El viaje: los que se van y los que se quedan
Pregunta: En la construcción de la narración a dos voces, vemos dos viajes paralelos que se inician buscando en ambos un encuentro con el pasado con el fin de plantearse otros futuros posibles o de qué otras formas podría haberse configurado el presente ¿De qué manera dialogan estos dos viajes? ¿Podría leerse a estos personajes como una especie de tránsfugas, como personajes en espacios liminales que tratan de desplegar su historia desde fuera del discurso dominante?
Respuesta: Benicio y Claudia son dos caras de la misma moneda en un drama que los cubanos hemos estado representando por décadas: los que se van frente a los que se quedan. Ambos, sin embargo, tienen la compulsión de narrarse como una especie de ejercicio de autoconocimiento o, si se quiere, de autoinvención.
Descubrieron que la realidad está compuesta de relatos superpuestos, pero que hay un discurso dominante que no reconoce matices y deja fuera las otras historias. En Cuba nacemos y crecemos rodeados de un determinismo impuesto por el Estado, por la Historia, por el legado de la Revolución o incluso por la familia. Y esto diluye nuestro horizonte de expectativas y lo restringe a entender nuestro país como un lugar que se abandona o donde se agoniza.
Creo que especular con otras alternativas de nuestro pasado y nuestro presente es hacernos con el control de nuestro destino, tanto individual como colectivo; recuperar la agencia y entender que ese determinismo no es más que otra ficción del poder.
Abrir brechas
Pregunta: En esta misma línea, ¿la desadaptación que viven estos personajes respecto a cómo deberían ser y actuar por sus orígenes es lo que impulsa la construcción combativa de nuevos futuros posibles o, más bien, actúa como un viaje de ida y vuelta de reconstrucción y autocrítica?
Respuesta: Benicio y Claudia son muy conscientes del lugar que ocupan en las narrativas ajenas y su inconformidad por adecuarse a los roles impuestos es lo que que los lleva a disentir. A Claudia se le pide que escriba como cubana, que tome un bando, que hable solamente de lo que le corresponde. De Benicio se esperan muchas cosas, entre ellas, que se largue del país. Ambos adoptan actitudes incómodas frente a estos mandatos. Son estas transgresiones las que abren nuevas brechas que ensanchan sus universos hasta el límite mismo de su humanidad.
¿Puede el subalterno hablar?
Pregunta: En la historia de Claudia, me llamó la atención cómo existe una expectativa sobre cómo debe narrar una mujer cubana, argentina o colombiana. Pensaba en la pregunta de Spivak sobre si el subalterno puede hablar realmente. Mi pregunta iba hacia si hoy el reconocimiento de esas voces pasa también por defender su derecho a crear ficción y no quedar limitadas únicamente al relato testimonial.
Respuesta: Totalmente. Esta novela es autobiográfica en muchos sentidos y yo he vivido en carne propia la subestimación del mainstream a las literaturas no miméticas. Siempre me he presentado como una autora de ciencia ficción porque considero que hacerlo, desde las circunstancias que me moldean, es una declaración política. Laura Ponce, una de las figuras más importantes de la ciencia ficción argentina, suele decir que “la ciencia ficción no se escribe, se milita” y a mí me encanta citar esa frase.
En este sentido, Claudia es un bicho raro en la residencia literaria a la que asiste en el Delta del Tigre no solamente porque es extranjera (o cubana, una extrañeza todavía más profunda), sino porque escribe ciencia ficción, porque resuena con esta clase de relatos y no se supone que desde el Sur Global nos debiera interesar un género así. La subalternidad de la ciencia ficción me parece especialmente peligrosa en la coyuntura actual.
Nos han dicho durante años: no es un género que se les da bien porque ustedes son usuarios, no productores de tecnología; no pueden escribir ciencia ficción porque no tienen una tradición literaria propia en la que insertarse; no saben escribir ciencia ficción porque terminan hibridando las historias con aspectos irracionales que las expulsan automáticamente del género.
Pero detrás de la negación de la capacidad de escribir un género, a primera vista, inofensivo, está el veto a los sujetos del Sur Global, a las personas racializadas, a los subalternos, en definitiva, a tener una voz propia respecto a los imaginarios de un futuro que nunca nos tomó en cuenta.
Esta novela intenta conciliar ambos extremos. Demostrar de que se puede dar testimonio del derrotero de una generación, de la frustración de un proyecto nacional. Y al mismo tiempo hacer un ejercicio radical de imaginación, sin tener que pedir por ello ni perdón ni permiso.
Dejar hablar a la naturaleza
Pregunta: Me ha parecido muy bella la cuestión del río hablante, de ese reencantamiento de una naturaleza que nos habla. Y también, esa fusión última de Claudia con el río que la lleva a dejar de pensarse desde la primera persona del singular al plural. En una novela con ciertos tintes cercanos a la ciencia ficción, ¿cómo dialoga tecnología y naturaleza?
Respuesta: Si durante muchos siglos la filosofía consolidó una oposición entre Naturaleza y Hombre (que ha sido muy dañina, pues ha traído como consecuencia la aniquilación de la primera a manos del segundo en nombre del progreso); en la actualidad está muy marcada la oposición entre Hombre y Tecnología, cuando al final todos formamos parte del mismo ecosistema.
En esta diatriba yo estoy en el bando de Donna Haraway. Creo que debemos reconciliarnos con la idea de que hace mucho tiempo somos cíborgs. Sobrevivir, evolucionar, pasa por renunciar a lo humano y dejarse contaminar de otras formas de la materia.
Hay un planteamiento muy socorrido por la ciencia ficción y es que ninguna tecnología es buena o mala per se. Depende de los usos que le demos. Un río podría convertirse en una computadora cuántica, en una inteligencia no artificial, sino telúrica si se dieran ciertas condiciones. O, ¿quién quita que no lo sea ya y pasa que no tenemos el discernimiento necesario para entablar una comunicación eficiente con esta entidad?
La ficción especulativa latinoamericana de los últimos tiempos ha discurrido por esos caminos: los de la contaminación y la hibridez, los del mestizaje y el holobionte, los de lo cíborg y lo pachamámico.
Imaginar juntas fuera del relato dominante
Pregunta: Finalmente, me ha llamado mucho la atención el peso que tiene aquello que se le deja al lector para que imagine. ¿Es algo buscado? ¿Estos huecos funcionan como un recurso apelativo hacia el lector?
Respuesta: Como mismo dije antes, pienso que esos futuros no pueden elaborarse exclusivamente desde la Ciudad Letrada, desde la intelectualidad y el privilegio. La incompletitud de esos mundos “otros” que propone Nuclear es una invitación a que los lectores intervengan y completen esas especulaciones.
No propone una única utopía, porque un mundo más justo solo lo podremos construir entre todos. Tampoco es una sentencia a un futuro distópico e insalvable. A fin de cuentas, esa es la belleza de lo cuántico… que puede ser o no ser. Dependerá, en última instancia, de la intervención de los observadores.


