Cuentos infantiles políticamente correctos reescribe cuentos clásicos como Caperucita Roja o Cenicienta, pero con un propósito distinto al concebido originalmente: ser una sátira de la perfección que ampara lo políticamente correcto. Garner plantea finales alternativos y una narrativa diferente con el teatral objetivo de no crear traumas con la lectura y evitar inducir estereotipos sociales. En definitiva, para criticar con humor el uso de un lenguaje totalmente en consonancia con las normas de corrección política actuales.
La obra del americano James Finn Garner, publicada en 1994, no es precisamente un libro infantil. Se trata de un proyecto que ironiza sobre el «esfuerzo incansable» que «sufre» la sociedad actual con el propósito de hacer un «activismo» continuo. Es por ello que Cuentos infantiles políticamente correctos puede interpretarse como una parodia de lo que hoy se conoce como cultura woke, una tendencia que algunos consideran un atentado contra la libertad de expresión. No obstante, cabe decir que eso no ha evitado que esta obra se utilice hoy para transmitir a alumnos adolescentes una ética relativa a la inclusión, que es, precisamente, lo que juzga el autor.
Humor y eufemismos constantes es la combinación que se emplea en Cuentos infantiles políticamente correctos
En la década de los 80, ciertos movimientos universitarios norteamericanos surgieron para alzar la voz ante situaciones históricas de injusticia social. Su acción consistía en condenar socialmente ciertas acciones y expresiones en contra de colectivos vulnerables que se habían normalizado hasta ese momento. Es en este contexto en el que James Finn Garner crea Cuentos infantiles políticamente correctos, cuya inspiración se encuentra en otra obra creada en Estados Unidos y publicada en el año 1993 por Henry Beard y Christopher Cerf. Se trata de un diccionario y manual de uso que critica de forma irónica e igualmente soncarrona «lo que se podía decir y lo que no» en el país.
Es así como, siguiendo esta misma línea, en la obra de Garner Cenicienta no es una criada, sino una «empleada personal sin derecho a salario»; los enanitos de Blancanieves son denominados «hombres verticalmente limitados»; no existen personas viejas, sino «notablemente dotadas desde el punto de vista cronológico»; y en el cuento de Los tres cerditos, no se pretende realzar los valores de la constancia y el trabajo, sino que se critica el «imperialismo» cuando el lobo quiere «dominar y tomar el control político y económico» de las tierras de los cerditos, así como también se juzga su dieta carnivora al querer comérselos.

En el mismo prólogo de Cuentos infantiles políticamente correctos ya puede apreciarse una sátira elocuente: «No cabe duda de que, cuando fueron originalmente escritos, los cuentos en los que se basan las siguientes historias cumplían con una función determinada, consistente en afianzar el patriarcado, distraer a las personas de sus impulsos naturales, «demonizar» el «mal» y «recompensar» el «bien» «objetivo». Por más que lo deseemos, no es justo culpar a los Hermanos Grimm de su insensibilidad ante los problemas de la mujer, las culturas minoritarias y el entorno natural. Del mismo modo, debemos comprender que en la farisaica Copenhague de Hans Christian Andersen apenas cabía esperar simpatía alguna por los derechos inalienables de toda sirena».
El escritor continúa explicando que «tenemos la oportunidad -y la obligación- de replantearnos estos cuentos ‘clásicos’ de tal modo que reflejen la ilustración de la época en la que vivimos», y que tal ha sido su propósito al redactar esta su «humilde obra». También James Finn Garner desea disculparse ante el lector (de nuevo, de forma más que irónica) y animarle a «presentar cualquier sugerencia encaminada a rectificar pausibles muestras- ya debidas a error u omisión- de actitudes inadvertidamente sexistas, racistas, culturalistas, nacionalistas, regionalistas, intelectualistas, socieconomistas, etnocéntricas, falocéntricas, heteropatriarcales o discriminatorias por cuestiones de edad, aspecto, capacidad física, tamaño, especie u otras no mencionadas«.

Debido al éxito de la obra, Garner publicó en 1996 Más cuentos infantiles políticamente correctos y Cuentos navideños políticamente correctos un año más tarde, en cuyo prólogo llega a ironizar sobre el cuidado del medio ambiente: «Para la publicación de este segundo volumen no hemos escatimado esfuerzos en nuestro empeño por lograr una edición menos agresiva con el medio ambiente: hemos empleados tintas naturales derivadas de la soja, sistemas de repartos ciclísticos…».
De esta forma, se podría concluir que esta recopilación de cuentos clásicos -entre los que se encuentran versiones de historias tan conocidas como El flautista de Hamelin o Rapunzel– muestran en clave de humor y con rebuscadas y exageradas lecciones llenas de eufemismos los valores de conciencia social que hemos ido adquiriendo y que, según Garner, consisten en exterminar todo lo que termine en ‘ismo’. No obstante, cabe decir que a pesar de haber pasado casi 30 años desde su publicación, parece haber habido poco avance en este sentido, llegando incluso a apreciarse una clara tendencia a la inversa. ¿Sería este el propósito que auguraba el escritor y humorista al escribir estas reinterpretaciones?
La obra de Garner, parte de una tarea académica
El pasado verano, los alumnos de 13 años de un colegio de la Comunidad de Valencia tuvieron que hacer un ejercicio que consistía en comentar la particular versión de Caperucita Roja que aparece en Cuentos infantiles políticamente correctos, además de redactar una «versión igualitaria o feminista de otros ejemplos» basándose en cuentos como Blancanieves o la Ratita Presumida.
Al enterarse de lo acontecido, José Antonio Rovira, el nuevo conseller de Educación de la Comunidad Valenciana, ha puesto como ejemplo esta tarea escolar para denunciar el «adoctrinamiento» que sufren los niños. Según un artículo del diario ABC, el ejercicio incluye preguntas relacionadas con el significado que tienen expresiones como «tendencia travestista» o «un comentario profundamente sexista», además de preguntarles sobre otro cuento que muestre a la protagonista como «sumisa, débil o inocente».

¿Qué cuenta la alternativa versión de Caperucita Roja?
El cuento de Caperucita Roja en la obra escrita por James Finn Garner trata, por ejemplo, el tema de la discriminación a los mayores o ‘edadismo’. Caperucita comenta que su abuela es una persona adulta «perfectamente capaz de cuidar de sí misma», dando a entender que le lleva comida para afianzar su relación, pero no porque lo necesite (dejando de lado esa idea de que las personas mayores son inservibles) ni tampoco porque lo considere «una labor propia de mujeres».
Y es que, las críticas centrales que Garner pretende exponer en su versión de este cuento son, precisamente, sobre el sexismo y el machismo. De esta manera, cuando el lobo se encuentra a Caperucita por el camino a través del bosque le dice que es peligroso que recorra el bosque sola. La niña le responde que encuentra esa observación sexista, pero que es debida a su «tradicional condición de proscrito social» y a la «angustia» que le provoca «su perspectiva existencial que ha desarrollado» por ello.
Por otro lado, parece que Garner también quiere poner sobre la mesa el debate de la cultura de la cancelación. Sorprendentemente, al final del cuento el lobo, la abuelita y Caperucita viven en el bosque felices para siempre tras un altercado que les unió. Un operario maderero entró en la casa para ver qué ocurría al escuchar un grito que espetó Caperucita mientras los tres discutían. Fue la abuela quien le cortó la cabeza al hombre tras oir el «apasionado» discurso con el que su nieta se dirigió a él: «¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! (…) ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?».


