Jonathan Glazer nos ofrece una visión muy particular de lo que se vivió en el Holocausto
La historia sobre el horror del Holocausto realizado por el régimen nazi contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, se ha contado ya de múltiples formas. Esta vez, Jonathan Glazer ha traído a la gran pantalla una versión del libro de Martin Amis que nos acerca a esta realidad de una forma distinta e igualmente necesaria, para poder comprender la magnitud de la gravedad de lo que ocurrió. Esta versión está protagonizada por aquellos que provocaron tanto mal y de cómo vivían, completamente desquiciados (o no), en una realidad que ellos se habían inventado para poder convivir con el horror que ellos mismos estaban generando.
Hay una escena en concreto, al inicio de la película, en la que la mujer toma al bebé en brazos. Ambos están en el patio, perfectamente vestidos, ella perfectamente peinada, la piel blanca del bebé brilla con el sol y se puede apreciar su enorme cuidado. Todo en esta escena es delicadeza, la madre le muestra al bebé las preciosas y perfectamente (de nuevo) cuidadas flores del jardín. Sin embargo, a pesar de la belleza que puede aparentar, esta escena se hace insoportable. En lo único en lo que puedes pensar es en el humo que se ve detrás, que venía de los hornos crematorios de Auschwitz. La tensión que esto genera, hace que el minuto que dura la escena, resulte demasiado largo. Y así, toda la película.

La Pérdida de la percepción de la realidad
Es impecable la forma en la que la película muestra cómo a pesar de vivir en una casa muy bonita y amplia, con un jardín precioso y la vida resuelta, el dolor que se sentía a tan sólo pasos de esta familia , se colaba en sus vidas, y la única forma de seguir adelante era aferrarse a toda costa a la vida que sólo existía en sus mentes.
Esto se refleja en un momento en el que la madre de la mujer del comandante nazi decide abandonar la casa. La explicación que da se encuentra en una carta que le deja a su hija. El espectador no puede leer el contenido de la carta, lo cual ayuda a que te mantengas en esta realidad inventada, pero la reacción de la hija al leerla deja claro el motivo por el que la madre no ha podido soportar el estar en esa casa, ya que se enfada y se vuelve incluso más cruel con el servicio, para así reafirmarse a sí misma que lo que está haciendo es lo correcto y que su realidad es la única válida.
También podemos apreciar este contraste en la estética de la película. Mientras ellos mantienen una piel blanca, las paredes blancas y colores vivos en las flores y en las escenas en las que están en el campo, los judíos que aparecen en la película son como motas grises que se cuelan en esta paleta, para recordar, una vez más, la cercanía de dolor que se vivía en ese lugar.

Un paseo por Auschwitz
El final es sin duda, uno de los momentos más brillantes de la película. Después de despedirnos del protagonista, el cual se puede apreciar que está enfermo, el director de la película nos introduce en la actualidad del campo de concentración de Auschwitz. Lo hace de nuevo, sin perder el tono de la historia, mostrándonos algo muy banal como es la limpieza de cualquier lugar, pero, siendo este lugar un campo de concentración y toda la dureza que esto conlleva. En concreto, la limpieza de una vitrina con los zapatos de todas las personas que sufrieron la estancia allí.


