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Rafael Dumett: «Los lectores no son imbéciles»

El camarada Jorge y el Dragón es un viaje a la infancia del importante líder comunista Eudocio Ravines que, décadas más tarde, se convertiría en agente de la CIA

Una vez entras en la Historia, ya no puedes salir. Esa es la desgracia, y la suerte, de quienes han influido en el devenir del mundo. La Historia es un templo, pero es también una cárcel, un laberinto. A veces alguien puede entrar sin darse cuenta, aunque tal vez nunca se atreviera admitir esos delirios de grandeza. Esa ambición. Un siglo después, leyendo El camarada Jorge y el Dragón (Alfaguara), lo que más desprende Eudocio Ravines, esa figura clave para la izquierda latinoamericana y también para la derecha latinoamericana, es soledad. El aislamiento del que, por encima del bien y del mal, se atreve a intentar cambiar el mundo. Poco importa si, en el camino, queda alguien atrás. La única duda, por lo tanto, es si Rafael Dumett, autor de esta novela de aprendizaje sobre alguien a quien muchos han intentado olvidar, encierra o libera a Ravines del gran desierto de los siglos.

Portada de 'El camarada Jorge y el Dragón', de Rafael Dumett | Fuente: Alfagüara
‘El camarada Jorge y el Dragón’, de Rafael Dumett | Fuente: Alfaguara

La controversia de Eudocio Ravines

Pregunta: ¿De qué le gustaría hablar en esta entrevista?

Respuesta: Creo que de por qué he elegido a Eudocio Ravines como protagonista. Es un excelente prisma para conocer los eventos fundamentales del siglo XX. Ha estado en momentos estelares de la historia de Chile, Argentina, México, Perú; ha estado en Estados Unidos, inclusive estuvo en la Guerra Civil española y fue capacitador logístico en Vietnam. Hasta estuvo en una cárcel secreta en Moscú. Por otra parte, él ha estado en ambos extremos. Ha sido un comisario intelectual del comunismo, pero luego se pasó a las filas del anticomunismo más cerrado. Además, sospecho que tiene relevancia inesperada para el siglo XXI en la medida en que este personaje es un propagandista, un propagandista que utiliza técnicas que hoy, por desgracia, se siguen aplicando.

P: Y por todo ello, Eudocio fue también un personaje muy polémico. ¿Hubo alguien que le desaconsejara o le reprendiera el rescatar una figura de la que hasta ahora no se había escrito nada?

R: Todo el tiempo. Es gracioso, porque es básicamente gente que no me ha leído ni ha leído la novela y que básicamente me ha preguntado: «¿Por qué tiras a este?». Ese hombre era conocido por ser mefistofélico, pero también brillantísimo. Tenía una memoria elefantiásica y tenía el uso de la palabra. De allí que justamente fuera tan influyente, ¿no? En cualquier caso, no me preocupa en absoluto. Yo tengo una tara: confío en el lector. Pienso que los lectores no son imbéciles. Que no se les puede manipular tan fácilmente porque saben apreciar la sutileza. Saben apreciar, por ejemplo, el hecho de que tú presentes y trates de ponerte en el lugar de un personaje que es nefasto, sin que por ello crean que simpatizas con él. Es un ejercicio, interesante y necesario ponerte realmente en el lugar de alguien, aunque sea más fácil demonizar o satirizar. Confío en el lector y, ¿sabes qué? La realidad ha demostrado que tenía la razón.

P: Pues yo, como lector, reconozco que abrí el libro sin saber nada de quién era este personaje. Cuando usted decidió escribir sobre él, ¿ya sabía muchas cosas?

R: Hay un lema que yo detesto: «uno escribe sobre lo que conoce». Eso es falso. Uno escribe para conocer. Es muy diferente. Uno trata un tema porque ese tema no lo abandona, porque el tema es complejo, controvertido, porque hay cosas que no funcionan. Entonces uno piensa en ello, encuentra las contradicciones en ello para esclarecerlas, para esclarecer la vida de alguien y tratar de comprenderla. Te apasiona el personaje, aunque nunca terminas de comprenderlo por completo. Así vas descubriendo cosas que te llevan a otras y estas a otras. Hasta el último día de la escritura tú sigues aprendiendo y creo que ese es el proceso natural en que ocurren las cosas, en que creo que deberían ocurrir. Si una persona te dice bueno de hacer un esquema de cómo debe ser la novela y qué poner para tener el resultado, esa persona jamás ha escrito un libro. Por mi experiencia, al menos.

P: ¿Cómo se trabaja, o se vive, esa pasión por el personaje?

R: Yo vengo averiguando todo lo que puedo sobre Eudocio desde 2012. En ese lapso yo tenía otra novela que había terminado y que no se publicaba. Era extraño porque al mismo tiempo que trataba de encontrar un editor para eso, que me demoré ocho años en encontrarlo. Además, trabajo en la universidad y tengo un rancho con alpacas. Entonces, todas estas cosas lo convirtieron en algo complicado. Pero soy obsesivo con la investigación, trato de que sea lo más ordenada, lo más objetiva posible. De hecho ahora estoy trabajando para el Rafael del año 2028 o 2029. Toda la investigación que hago es para que la persona que venga después pueda escribir sobre ello. Que lo tenga todo muy claro y haya un buen resumen de cada libro que estoy leyendo. Hay una cronología hecha de los personajes, indicando también las fuentes de donde obtuve la información.

Un libro sobre el aprendizaje

P: Hablabas de tu primera novela, El espía del Inca. Le llevó también muchos años de investigación y al final acabó siendo un libro de 1.000 páginas. ¿Por qué ha decidido aquí sacarlo como una saga?

R: En primer lugar, quiero eximir de la responsabilidad de esta decisión a la editorial. No es que haya una una estrategia de marketing detrás, ni mucho menos. Quería realmente darle su espacio a ese lugar que fue la Cajamarca de inicios del siglo XX, darle su espacio a estos personajes, con su manera de hablar, con su ideología, darle un espacio a este momento. Todo eso ya no vuelve a aparecer en el resto de su vida. Es prácticamente un libro autónomo: yo he estado tratando con todas mis fuerzas de establecer conexiones y asociaciones. No había manera, no había manera. Realmente esto era artificial. Y dije «no, esto es un libro, que vaya al mundo y que se enfrente solo». Además, debo confesarte que también es una presión involuntaria para mí. La gente me está pidiendo el segundo volumen y yo siento la presión. Eso me obliga a concentrarme. No sé qué volumen tendrá el siguiente volumen, no sé si habrá dos o tres o si será uno. Pero digamos que para mí era muy importante que este primer volumen saliera de manera independiente.

P: Al salir de manera independiente, me parece que cuadra a la perfección en el género novela de formación al estilo clásico. Un protagonista joven y tres ejes fundamentales: la parte biográfica e histórica, la educación intelectual y luego también la la educación sentimental.

R: Sí, tal cual. Un bildungsroman perfecto. Esa era la intención.

P: Le voy a hacer, entonces, una pregunta sobre cada uno de esos aspectos, empezando por la parte más política o biográfica. Un zapatero sabe hacer zapatos, un escritor sabe escribir, un campesino sabe cultivar. Pero por lo que se lee en el libro, no sé si podría asegurar que un gobernante sabe gobernar. ¿Eso es algo que aprende Eudocio en esta novela?

R: Que los líderes no saben liderar en general, que los personajes que toman decisiones drásticas y no saben manejar las cosas, que las personas encargadas de tomar decisiones no saben asumir las consecuencias. Hay muchas lecciones vinculadas no solamente con las personas que gobiernan, sino con las que toman decisiones en general. Y una de ellas es terrorífica. Cuando Eudocio lee a Nietzsche hay lecciones que él saca que tienen que ver con el hecho de que un verdadero líder, un verdadero superhombre, tiene que estar por encima del bien y del mal. Tiene que no dejarse llevar por este sentimentalismo llorón burgués de aquellas personas que no saben asumir las consecuencias de sus actos.

P: En su educación, como acaba de decir, está Nietzsche, pero también Renan, Tolstoi, Dostoyevski… y por supuesto, el National Geographic y la Biblia. ¿Todos esos referentes son ciertos o los puso para ilustrar su personalidad posterior?

R: Todos inspirados en documentos concretos que él ha escrito. Tiene unas memorias en las que dedica las primeras 50 páginas a su infancia y juventud en Cajamarca. Habla de todos esos personajes. Dedica su tiempo a Nietzsche, le dedica su tiempo a los padres y a Santo Tomás de Aquino. También cuenta que se aprendió la Biblia de memoria, tal cual.

P: Y por último, lo emocional. Hay una frase al inicio del libro que me gusta mucho: «Nada que temer, excepto el miedo». ¿Cómo se relaciona Eudocio con la cobardía?

R: Es gracioso porque lo dice hablando de Kennedy. ¿Sabes qué pensaba él? Que a Cuba había que meterle una bomba atómica para poder deshacerse de Fidel Castro.

El origen del líder

P: ¿Y él no siente miedo?

R: Él siente miedo en ese momento, en ese capítulo inicial, porque sabe que hay mucha gente que lo odia. Posiblemente está acostumbrado a este miedo constante. Pero lo ha racionalizado: lo único a lo que hay que tenerle miedo es al miedo mismo. Los hechos que causan el miedo no puede tenerlos bajo control. Él sentía la amenaza constante de nicaragüenses, chilenos, argentinos, peruanos, que posiblemente tenían razones para odiarlo.

P: Hay otro sentimiento constante en la novela, que es la nostalgia que siente él cuando es consciente de que hay ciertos momentos en su vida que no van a volver. Es, cito, «un tiempo cerrado». Es un pensamiento muy adulto…

R: Es una sensación que usualmente experimenta un adulto pero que, en el caso concreto de él, esconde la fragilidad constante de su situación. Su vida puede cambiar en cualquier momento. Es un niño constantemente obsesionado con que le vayan a quitar el piso y la familia, que le vayan a cambiar la situación otra vez y que está obsesionado además por poder afirmarse. Hay una especie de trauma que tiene que ver con la incertidumbre que es completamente coherente con el personaje. Es una característica adulta, pero es verosímil en cierto tipo de niños, como él.

P: Otro pensamiento atípico a su edad: querer entrar en la Historia.

R: Claro, es muy propio de cierto discurso que decían los los padres a los hijos. Una de inicios del siglo XX: «¿Tú quieres entrar a la historia?¿Quieres formar parte?¿Quieres participar? Yo sé que tú estás aquí en un lugar apartado en Cajamarca, pero tú vas a marcar la historia, tú vas a transformar las cosas. Hay un momento en la novela en la que Eudocio, al fin, tiene la posibilidad de asentarse. Pero claro, su vocación, sus lecturas, su sensación de ser un iluminado, de ser una persona predestinada a liderar, acaba venciendo.

Fotografía de Eudocio Ravines | Fuente: Wikimedia Commons
Fotografía de Eudocio Ravines | Fuente: Wikimedia Commons

La Historia que debe ser contada

P: Me pregunto, por lo que usted me ha contado, si en Perú hay una parte de la historia que no se quiere recordar o no se quiere conocer del todo.

R: En realidad, prácticamente toda la historia no la queremos recordar. Somos muy ignorantes y creo que también tiene que ver con un problema de educación. Es curioso, porque el caso de los Incas es muy paradójico. Hay un sector que idealiza los incas, que no conoce nada de ellos, y otro sector que idealiza la conquista pero no sabe nada realmente de lo que ocurrió en la conquista. La gente idealiza, pero sin conocimiento. Yo tengo la estúpida idea de que tú solamente puedes amar algo realmente si lo conoces. Con todos tus aspectos luminosos como sus aspectos más sórdidos. Me recuerda a lo que me costó publicar El espía del Inca. ¿Cómo te explicas que una novela que te habla de tus ancestros haya sido rechazada por ocho años por todos los editores en el Perú? Yo todavía no lo entiendo. Para mí, el hecho de que ese libro no se haya publicado en ocho años, que nadie lo quisiera publicar, y estamos hablando de una buena treintena de editoriales, es un síntoma de algún tipo de enfermedad que tenemos los peruanos.

P: ¿No le daban una explicación?

R: Que era muy larga, que usaba un lenguaje muy complicado, que nadie entiende quechua o que la forma de hablar de los personajes era difícil de comprender… pero esa es la forma de hablar de los peruanos.

P: No confiaban en el lector.

R: Y yo confío en el lector. Esa es la principal diferencia. Yo confío en que va a haber un lector sofisticado, al que no le gusta que le impongan, que le mastiquen las palabritas, que no quiere que le pongan las cosas de manera simple, No le gustan, no le gusta, no? ¿Que Que además es un lector inteligente. Un lector al que le gustan las buenas historias, que le gusta ser seducido, que le gusta la intriga. No me ha ido mal con esa confianza, pero me dijeron que era un imbécil. Me dijeron que era un ingenuo. Me dijeron muchas cosas. Te puedo decir que el agente literario más importante de toda la habla hispana leyó el libro y me dijo: «esto no va a tener ninguna repercusión, tienes que mandarlo a una editorial universitaria, porque es la única que te lo va a publicar. Es más, tienes que reducir la mitad de las páginas». Tengo enmarcada esa carta desde entonces. Creo que esta ingenuidad y estupidez mía es lo que me ha salvado.

Después de ocho años, y quién sabe cuántos rechazos editoriales, El espía del inca se convirtió, sin quitarle ni una sola de sus 1.000 páginas, en uno de los libros más vendidos de Perú. Además, fue también considerada por la crítica como «la mejor novela del siglo XXI» del país. Enfrascado en esa batalla, Rafael Dumett libraba al mismo tiempo otra lucha distinta con Eudocio Ravines. De nuevo, mucha gente le aconsejaba que dejase la idea de abordar un personaje así. ¿Cómo podía ser que el que fuera líder del Partido Comunista Peruano apoyara, décadas después, las dictaduras de Videla y Pinochet? Con El camarada Jorge y el Dragón, empieza la respuesta a la pregunta y da primer paso en el laberinto de la Historia. Lo que los lectores encontraremos allí es imposible de adivinar. Dejemos que el escritor, contra viento y marea, nos lo cuente.

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