En el marco del Festival Eñe, la Casa de América recibió el acto «Neruda: palabra del siglo XXI»
El pasado lunes 18 a las 19:30, Benjamín Prado, Valentina Marchant, Carmen García y Bruno Montané participaron en un acto en conmemoración de los 120 años del natalicio del poeta Pablo Neruda. El objetivo de la charla, que contó con la presencia del embajador de Chile en España, era demostrar que su obra «conserva toda su vigencia y su influencia tanto para los críticos como para los lectores».
El país invitado en esta edición del Festival Eñe ha sido Chile. Con este motivo y aprovechando que se cumplen 120 años del nacimiento del poeta, la organización ha decidido homenajearle. Para abrir el acto, Moisés Morera, director de Programación de la Casa de América, se remitió a las palabras sobre Neruda del crítico literario Harold Bloom: «Ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él». Por su parte, Jesús Ruiz Mantilla, Director Artístico de Festival Eñe, destacó la importancia de la palabra a la que se dedican estas actividades: democracia.
Influenciarse y des-influenciarse
La encargada de moderar la conversación era Carmen García, autora de Máquina para hablar con los muertos. Su primera pregunta hacia sus contertulios fue: «¿Cómo hemos revisitado la figura de Neruda y cómo nos hemos des-influenciado también de lo que él significa?». El primero en responder fue Bruno Montané que aprovechó para revelar la importancia que el autor de Extravagario tuvo directamente en su vida. La familia Montané emigró a Chile precisamente en el Winnipeg.
El SS Winnipeg fue un barco que, tras el final de la Guerra Civil Española, con la colaboración fundamental de Rodrigo Soriano y Pablo Neruda, permitió la llegada a Chile de 2.078 refugiados españoles que vivían en condiciones deplorables tras el conflicto. Montané destacó que, sin la intervención de Neruda, él no habría ido a nacer en el País de la Cordillera. También mencionó la sombra de misterio que rodea la muerte del poeta en una clínica militarizada semanas después del Golpe de Estado del General Pinochet en 1973.

Personaje polémico «con muchas aristas»
Para ir marcando lo que terminaría siendo el acto, Valentina Marchant definió a Neruda como alguien que causa «amor u odio». Aunque reconoció que su obra predilecta del parralino es Residencia en la tierra, destacó la existencia de dos Nerudas. El de Veinte poemas de amor o Crepusculario es un poeta. En cambio, el del Canto General «se va en este rollo de poeta/vate, del Papá Neruda que a mí me genera mucha distancia». De hecho, más tarde la santiaguina hablaría de él como «un padre que no terminamos de asesinar».
«Yo es que a Neruda no le puedo perdonar la vida, lo siento» fueron las primeras palabras que pronunció el poeta español Benjamín Prado. Agregó, a su vez, que «la poesía se divide en dos: Lorca y Neruda». Sumándose a la propuesta de Marchant, no cree que haya dos Nerudas, sino muchos. Para el autor de Mala gente que camina, el mejor Neruda es el de las Odas elementales, ya que es «un poeta inacabable». Añade, además, que «los buenos escritores son los que te hacen pensar que después de leerles no eres exactamente el mismo«.
El poeta profesional
Precisamente a propósito de ese libro, todos los contertulios afirmaban que Neruda fue un «poeta profesional». Era capaz de marcarse proyectos que trataban la poesía como una actividad. Según Bruno Montané, Neruda «tiene pleno dominio del oficio» y «es uno de los motivos por los que ocupa un lugar hegemónico». El estupor llenó la sala cuando -en lo que pareció ser una broma- el chileno proclamó: «lo siento, a mí me gusta más Vallejo«.
Para Valentina Marchant, Neruda trazó como poeta, tanto como diplomático, «una carrera profesional» y «se supo mover muy bien». Dijo que «él se propuso hacer una gran trayectoria y la hizo». Destacó el hecho de que la obra de Neruda fuese tan extensa para aprovechar y sostener que no cree «en la Gran Poesía» y que los poetas no tienen por qué publicar un libro al año. Por su parte, Carmen García señaló que «bajo estos poetas hegemónicos hay muchos otros que quedan oscurecidos«.

Los tiempos de la polémica
Si bien las polémicas que, en tiempos recientes, ha suscitado la figura de Neruda ya habían sido mencionadas por Marchant, el español aprovechó para posicionarse. Para Prado: «son hijas de estos tiempos en los que intentamos adaptarlo todo al presente«. Una postura a la que quizás se podría sumar Antonio Muñoz Molina que escribía en El País que estamos en una «época de simplificaciones virtuosas en la que la lectura de las novelas del pasado se ejerce muchas veces, […] con un propósito exclusivo de delación política, con un éxtasis retrospectivo de agravios«.
Dijo Benjamín Prado que «si tuviera que llevarme a alguien a una isla desierta sería a él. A él no sé, a sus libros más bien». Lo definió como «una mina que no se acaba», que «por más que se cave, siempre se encuentra más oro». Valentina Marchant sostenía, mientras el primero zarandeaba la cabeza, que «hay poetas tan buenos como Neruda», pero que no son leídos tanto como él. En consonancia con Montané, comparaba la figura del autor de Incitación al nixonicidio con la de Pablo de Rokha. Dice de Neruda que, «queramos o no queramos está ahí».

«No se es Neruda por casualidad»
Ante la mera insinuación de que otros podrían ocupar el lugar del chileno en el canon literario, Benjamín Prado sostuvo: «no se es Neruda por casualidad». Afirma que el autor de Los versos del capitán tiene algo más que Nicanor Parra, Violeta Parra, Vicente Huidobro o el propio Rokha. Todo esto porque Neruda «le gusta a los lectores de poesía, a los no-lectores de poesía y hasta a los no-lectores en general». Dice que «no todos los libros de Neruda son Residencia en la tierra», pero que uno siempre encuentra un poema o cuatro versos que valen la pena.
Ante esto, Bruno Montané destacó su sorpresa al encontrarse a alguien «100% nerudiano», además sin ser chileno. Declaración a la que el español, entre unas risas que amortiguaban la ironía del asunto, contestó: «si donde no le queréis es en Chile». Valentina Marchant sostuvo que «hay aspectos de la vida de Neruda que son polémicos» y se refirió a un episodio narrado por el poeta en sus memorias, Confieso que he vivido. Un suceso del que dice: «desde mi punto de vista es una violación», aunque «eso no implica que no podamos leerlo».

De esta no se salva
En los aledaños de la Casa de América, una hora antes del inicio del acto, ante la incertidumbre de saber si quedaría espacio para todos, se oyó a una señora preguntar: «¿Esta cola es para el homenaje a Neruda?». Esa pregunta se repitió en multitud de ocasiones y con muchas voces diferentes. Algunas de ellas tenían un marcado acento chileno, otras, en cambio, eran fácilmente reconocibles como españolas. Habían voces femeninas y masculinas, más jóvenes o más adultas, pero todas parecían haber acudido a ver homenajear la figura de un poeta.
En cambio, mientras las palabras de Moisés Morera o Jesús Ruiz Matilla hacían esperar un coloquio literario sobre la obra de Pablo Neruda, ya desde el pequeño discurso de Javier Velasco, embajador de Chile en España, cabía esperar mucha más política de la deseada. Quizás si la palabra destacada en el Festival Eñe era «Democracia», Neruda era el poeta ideal.
Autor de poesía social como España en el corazón, militante comprometido de la izquierda chilena que consiguió la elección democrática de Salvador Allende, quien fuera derrocado por los hombres de Pinochet. Se podría haber hablado largo y tendido de Pablo Neruda, pero, quizás, se prefería hablar del hombre que había detrás del seudónimo, del que nada tiene de poeta. Un escritor español fue el único que acudió con intención de reconocer la literatura y nada más. Quizás -y solo quizás- no habrá más homenajes a Neruda o, quizás, no habrá mientras haya un escritor chileno en la sala. Quién sabe.

