Un monstruo viene a verme inaugura su temporada en los Teatros del Canal
Durante la velada del 6 de diciembre, LaJoven levantó el telón para el estreno de su nueva producción. Un monstruo viene a verme logra conducir al público en un viaje de risas, incertidumbres y lágrimas. Sin embargo, lo verdaderamente poderoso es la semilla de introspección que cultiva en cada uno de los espectadores. Si la compañía mantiene el nivel mostrado en este debut, su futuro es prometedor.
«¡Son las 12:07!» El monstruo se despierta y la función comienza.
Cuando me acomodé en una de las butacas de la Sala Roja de los Teatros del Canal, descubrí sobre el escenario un imponente árbol de largos brazos, rodeado de numerosas sillas escolares. De la punta de cada rama colgaban unas pantallas, que durante ese instante permanecieron apagadas.
No pude imaginar que aquella modesta producción, narraría el relato más profundo sobre las contradicciones del pensamiento y el salvajismo de nuestras historias.

Una historia sobre la verdad de la historia
Un tejo milenario crece frente la casa de una familia, ha vivido siglos y nada impedirá que lo siga haciendo. Sin embargo, la mujer que lo observa cada día no puede decir lo mismo. Es muy joven, y el cáncer que la posee le robará los días que aún le deberían pertenecer.
El dolor de la contradicción es implacable. La fiel representación del pesar más profundo, tan bien escenificada en Un monstruo viene a verme de LaJoven, es precisamente, lo que más impacta de esta producción. Los actores transmiten una profunda humanidad. Y es a través de ella, que logran expresar con veracidad sentimientos como el miedo, la duda y el desconcierto.

El joven Conor, hijo de la convaleciente, es quien más sufre la eminencia de la pérdida. Mientras se miente a sí mismo, repitiéndose que su madre se recuperará, no para de recibir un «tenemos que hablar» de todo quien se acerca. A la vez, debe enfrentarse a los acosadores de su instituto.
Conor solo desea estar con su madre, pero el mundo sigue girando, ajeno a su espera.

Es entonces cuando un enorme monstruo, descrito como «todo lo que no está domesticado y no se puede domesticar», acude a la llamada del joven. El árbol se arranca de la tierra para ayudar a Conor a encontrar lo que realmente necesita para dejar ir a su madre.
Esta es una historia sobre lo complicado que es escrutar la verdad en todas las historias.
Producción monstruosa
El mensaje de Un monstruo viene a verme es complejo, y los escenarios son variados. Es curioso cómo una sencilla producción se puede permitir alcanzar tales desafíos.
La historia se desarrolla tanto en la habitación de Conor como en el instituto, el hospital, la casa de su abuela e incluso en un mundo de cuentos medievales o dickensianos. Estas transiciones entre lugares y universos se realizan utilizando únicamente un arquetipo de roble y unas simples sillas escolares. La sencillez del diseño escénico, que podría pasar por una limitación, se convierte en una virtud. Gracias a la música y a la cuidadosa coreografía de los actores, el cambio de un escenario a otro se transforma en un proceso hipnótico. La música, lejos de ser suave, es poderosa, mientras los enérgicos pasos de los actores rellenan el espacio vacío del escenario. Las transiciones logran despertar al espectador y mantener su atención cautiva durante toda la función.

Parece increíble que con el atrezo de unas sillas de madera se consiga crear en el imaginario del público una cama, una clase o un reino. Y nadie duda de que lo son. Con tal ingeniosa coordinación, organizada con tan pocos recursos, el límite es el cielo para las futuras producciones de LaJoven.
Así también lo demuestra la acertada iluminación en Un monstruo viene a verme. Cumple su función al jugar con la combinación de luces y sombras del relato. Gracias a la iluminación, el vacío adquiere nuevos significados. Las sombras proyectadas hacen lucir al monstruo-tejo imponente, duplicando su tamaño y dándole una presencia que domina el escenario.

La música, por su parte, es ensordecedora. Su intensidad refleja el caos mental que atraviesan los personajes, el estruendo de la enfermedad que resuena en sus cabezas y les impide ver más allá del dolor. Al ser espectadores de esta música, logramos experimentar esa misma sensación de angustia y desorientación que viven los protagonistas.
Diferente piel, mismo sufrimiento
Los personajes de Un monstruo viene a verme reflejan la dicotomía de las personas. Pues, tal y como decía el monstruo, «los humanos son animales complejos«.
Elisa Hipólito, quien encarna a Conor, cumple con creces la misión de interpretar a un adolescente a punto de estallar constantemente. El protagonista está atrapado en una espera interminable, y a menudo se le acaba la paciencia. Con una postura encorvada, un tono de voz agudo que se quiebra y una expresión imperturbable, logra convencer de ser un auténtico chaval de trece años. Hipólito consigue que creamos en el personaje de Conor y nos contagie su tristeza. Es un niño frustrado, con una mente turbulenta, incapaz de esbozar una sonrisa sin olvidar el peso del remordimiento.

Un padre que siente el deber de estar presente para su hijo, pero quien se percibe como un desconocido para Conor. Una abuela que, tras su dureza, oculta el dolor de ver a su hija agonizar en sus brazos. Y una madre… ¡Qué madre la de un Monstruo viene a verme! Cristina Bertol personifica la pura bondad materna, la que estaría dispuesta a regalarle «cien años» a Conor si pudiera.
Diferentes personas, con situaciones y emociones distintas, pero que comparten la derrota contra un monstruoso cáncer que conquista sin piedad.

El monstruo que resucita Eduardo Aguirre
La bestia de Un monstruo viene a verme es un personaje contradictorio al comienzo y enigmático en todo momento. Durante su primera aparición sobre el escenario, Eduardo Aguirre pretende interpretar a un monstruo terrorífico, cuyas intenciones son difíciles de descifrar. Se presenta como un ser sin piedad, pero acude a la llamada de Conor precisamente por piedad.
Eduardo Aguirre interpreta magistralmente a este ser antiguo y sabio, dominando la capacidad de distorsionar su cuerpo para transmitir miedo. Su actuación logra revelar la profunda ambigüedad de un personaje que, lejos de ser simplemente aterrador, es portador de una sabiduría dolorosa y necesaria.

El tejo narra historias cuya verdad es difícil de desentrañar. Sus relatos, son momentos de la función que invitan tanto a Conor como al público a la reflexión.
A través de las pantallas colgadas de sus ramas, se marca el ritmo de Un monstruo viene a verme. Son utilizadas para generar expectación, proyectando los ojos del árbol que todo lo observa, o rayos que reflejan su furia. Esta técnica pretende dar vida al arquetipo del tejo, del cual Eduardo Aguirre emerge cada vez que se arranca del suelo para encontrarse con Conor.
Quizás hubiera sido acertado utilizar más proyecciones en las pantallas del monstruo, ya que habrían otorgado mayor protagonismo al arquetipo del tejo en momentos en los que su presencia era apenas perceptible. En algunos instantes, parecía que no se aprovechaba todo el potencial que esas pantallas podrían ofrecer.

El monstruo tampoco se zafa de las contradicciones que persiguen a los personajes de la obra. Su naturaleza, marcada por la comprensión de la vida, no lo exime de sentir el sufrimiento ajeno. Pues lejos de ser un ser despiadado, Eduardo Aguirre consigue encarnar a una bestia que se preocupa por el dolor que atraviesan los seres humanos.
En su complejidad, el monstruo no solo enseña lecciones duras, sino que también ofrece consuelo, revelando ternura bajo su terrorífica figura.
¿Vale la pena ir a ver Un monstruo viene a verme?
Durante Un monstruo viene a verme, todo son contradicciones. Sin embargo, yo lo tengo claro.
La dedicación de los actores por transmitir la esencia de Un monstruo viene a verme es casi palpable desde el patio de butacas. Detrás de cada uno de los torturados personajes, se asoma un intérprete profundamente comprometido con este proyecto. Sin duda, el arduo trabajo de todo el equipo ha logrado transformar, lo que comenzó como una producción humilde, en una función de teatro realmente monstruosa.


