Febrero, 1959: el día en que murió la música y se retrató la historia y carácter de Estados Unidos
La cultura, como punto de encuentro entre la polarización de un barrio, recuerda y hace una radiografía de lo que uno es y siempre ha sido. Y la estadounidense la retrató Don McLean con American Pie.
Entre las delimitaciones de nuestras fronteras, la música, la gracia y el arte como concepto perecieron el día que lo hizo Lola Flores, “la mujer que vivió sin límites” y “La Faraona”; un símbolo de la cultura popular de un país al que recordó su riqueza, tan valiosa y abundante en diversidad.
Otros, en un salto trasatlántico, prefieren darse a la mitología y otorgarle el premio a quienes no llegan a ver más allá de la mera casualidad que provocan el azar, las drogas entre bambalinas, y la mala vida, y que les lleva a solicitar una suscripción indirecta al Club de los 27, dando por sentado un legado aún por despegar, pero una profecía tan morbosa como llena de jugo.
American Pie
Sin embargo, Don McLean quiso delimitar la nostalgia y darse a la vereda del rock clásico cuando escribió American Pie en 1971, constatando la que ahora es su efeméride personal en la pena de que el género, tal y como se conocía, dejó de existir poco antes; pero que el concepto en sí pereció una década atrás.
El American Pie de Don McLean, tradicional como un whiskey y un paseo en Chevy, cantaba la eterna fábula intergeneracional que tanto atormenta al paso del tiempo, y que narra sucesivamente como todo lo anterior poseerá siempre una mayor vitalidad. Una época en la que las voces del rythm and blues aullaban más profundo, el sock hop era mejor que el twist, y las tartas de manzana y canela tenían más fósforo.
Bajo el yugo de la valoración inevitablemente positiva que lleva a cabo todo individuo anclado a su cultura de cuna, Don McLean bebía (como siempre ha hecho la música estadounidense) de sus propias raíces. Y, a modo de homenaje épico, decidió que los 70 ya no eran buen momento para el rock and roll “de verdad”. Pero sí para afirmar que, a fin de cuentas, la música ya estaba muerta hacía tiempo. Y para escribir el single de ocho minutos que le permitiría vivir despreocupado para la eternidad.
3 de febrero de 1959
El 3 de febrero de 1959 se originó un cortejo fúnebre que paseó y veneró los cuerpos de Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper, las tres caras visibles del rock and roll que, en teoría, lo mantenían a flote. Y que venían a salvar al mundo tradicional del inevitable movimiento contracultural que suponía el cambio de década.
Pero no pudieron salvarse ni a sí mismos, ya que, en la madrugada de aquel fatídico arranque de mes, y mientras se trasladaban en avioneta de Clear Lake (Iowa) a Moorehead (Minnesota) para completar el ciclo de 24 conciertos de la gira «Winter Dance Party«, las condiciones atmosféricas y los problemas al volante provocaron la colisión de la aeronave y la inevitable muerte de quienes viajaban en ella.

Con Elvis en el ejército, Chuck Berry arrestado por la incitación de menores a la prostitución, y Little Richard recién llegado al góspel, los tres músicos eran las únicas estrellas decentes de las que podía colgarse la industria. O, al menos, de cuyas tragedias se podía exprimir un mayor concentrado de vitaminas.
El éxito de los recopilatorios musicales de Buddy Holly o el póstumo LP debut de Ritchie Valens, lanzados al mercado un mes tras la tragedia, son meras demostraciones de que, en el fondo, la industria americana vio en la efeméride un botín sin suelo ni techo del que extraer las ganancias de la muerte de tres potenciales estrellas del género y leyendas de la cultura popular; a las que otorgaron tal título con apenas 25 años de edad media, y toda una carrera (y vida) por delante.

Un retrato y premonición de Estados Unidos
Pese a las incesables teorías conspirativas, documentales e intentos de autopsia que han mantenido la leyenda del accidente viva, fue Don McLean quien, como un cronista, logró sentar un precedente en el 3 de febrero como momento clave que señala la decadencia de las partituras.
Su incansable disputa con Bob Dylan (a quien se refiere como “un bufón que cantaba para el rey y la reina en una chaqueta que le robó a James Dean”), la añoranza por su infancia y su preocupación por un mundo progresivamente más ateo, trató de constatar con American Pie la última canción realmente válida del rock de antaño, la vorágine de cambios que trajo consigo los años 60, y la que auguraba la incipiente década. Una que podría ser rescatada con The Book of Love, la Biblia discográfica que lanzaron The Monotones en el 58, y que el propio McLean definió como “la señal de que la música puede salvar el alma del hombre”.
American Pie, clásico entre clásicos, y Don McLean, compositor entre compositores, hicieron una radiografía del Estados Unidos de las últimas décadas, protagonistas industriales tras la Segunda Guerra Mundial y directores de orquesta desde entonces, que no ha variado con el paso de los años. Continúan bebiendo de sus propias fuentes, martirizando el avance en cualquier área de trabajo, y añorando una época siempre pasada en la que todo era mejor. En la que ellos siempre eran los mejores. Por eso no hubo funeral en el 1970, cuando que se separaron los Beatles.


