Una exploración a la correspondencia de Katherine Mansfield: cartas que revelan su proceso creativo, su vida personal y su visión literaria
Las cartas de un escritor son ventanas abiertas a su intimidad, mapas dispersos de su espíritu, confesiones no siempre conscientes de que serán leídas por ojos ajenos. En el caso de Katherine Mansfield, su correspondencia no es solo un registro de su tiempo, sino también un testimonio de su batalla contra la enfermedad, de su incesante búsqueda de la verdad literaria y de sus relaciones —tempestuosas, tiernas, a veces crueles— con quienes la rodearon. «Nunca he sido del todo yo misma, siempre he estado buscando algo», confesó en una de sus cartas.
La reciente publicación en español de Poco tiempo en cualquier lugar, una selección de estas misivas por Páginas de Espuma, nos brinda la oportunidad de asomarnos a la Mansfield más descarnada. No la que construye relatos perfectos, sino la que, en la urgencia del papel, se debate entre el amor, la miseria y la creación. ¿Cómo traducir esa voz sin diluir su esencia? La tarea ha recaído en Patricia Díaz Pereda, quien ha sabido captar la textura de cada frase, la fragilidad y la fortaleza de una autora que escribió siempre desde el filo.
El reto de traducir lo efímero
«Traducir cartas siempre conlleva la dificultad del contexto», explica Díaz Pereda. «En la mayor parte de los casos, carecemos de las respuestas que recibió la autora o de aquellas que ella misma envió y que no se han conservado». Mansfield, además, era una narradora de lo instantáneo, de los gestos mínimos que iluminan un carácter. En sus cuentos, su estilo se caracteriza por el uso de la elipsis, por la aparente ligereza con la que deposita una imagen que, al menor roce, se desgarra y deja ver la herida. Algo similar ocurre en sus cartas.
Hay pasajes en los que su prosa se torna feroz: «A veces creo que debería alejarme de todo esto, irme a un lugar donde nadie me conozca y escribir hasta que no me quede nada dentro». O en otros donde se dibuja una Mansfield agotada, consciente de que la vida se le escapa: «Es curioso, nunca he estado tan enferma y, sin embargo, nunca he sentido tanta necesidad de escribir».
La traductora se enfrentó, además, a la dificultad de trasladar un inglés que, aunque moderno para su época, está plagado de giros ya en desuso, de referencias a una cultura que hoy solo podemos reconstruir a través de la erudición. «Conviene estar familiarizada con la cultura popular de la época, la sociedad, los lugares y acontecimientos», señala. Mansfield menciona tiendas, perfumes, revistas, escritores y artistas que, en su tiempo, definían el pulso de la modernidad, y es necesario ofrecer al lector actual claves para comprender esa atmósfera.
La voz en fuga
Pero más allá de la dificultad lingüística, está el desafío de captar su voz en su constante mutación: «Su correspondencia experimentó los cambios lógicos de una persona que madura», explica la traductora. Mansfield, en su juventud, escribe con el fervor romántico de quien aún cree en el arte con mayúsculas. Con el tiempo, su tono se torna más irónico, más desencantado. La enfermedad, la pobreza y las traiciones matizan su perspectiva.
Es imposible no conmoverse al leer las cartas en las que habla de su tuberculosis, de su miedo a la muerte, de la desesperación de ver cómo su cuerpo le niega el placer y la energía. «A menudo creo que la enfermedad es una forma de castigo, aunque no sé bien por qué», le escribe a su esposo, John Middleton Murry, cuya frialdad y torpeza emocional la sumieron en una soledad aún más honda. «En todo caso», añade Díaz Pereda, «su epistolario nos permite ver a una Mansfield combativa, que siguió escribiendo hasta que ya no pudo sostener la pluma».
Uno de los aspectos que más destacan en este epistolario es la constante reflexión de Mansfield sobre el amor, la muerte, la enfermedad y su búsqueda por encontrar una «verdad» literaria. En su correspondencia con su esposo, John Middleton Murry, y con amigos cercanos como Virginia Woolf, Mansfield expone sus dudas más personales, cuestionando el sentido de su escritura y la razón de su sufrimiento. En ocasiones, su enfermedad y su lucha constante por mantenerse viva y productiva se convierten en temas recurrentes que, lejos de limitar su creatividad, le otorgan una nueva profundidad emocional a sus escritos. Como ella misma menciona en una de sus cartas: «Nunca he estado tan enferma y, sin embargo, nunca he sentido tanta necesidad de escribir».
El epistolario como arte
Su perspectiva sobre la literatura y la vida no era estática: desde su juventud, con una pasión desenfrenada por el arte, hasta su madurez, cuando su salud y su vida emocional le habían dejado pocas fuerzas para la esperanza, su tono fue cambiando, reflejando los altibajos de su existencia. La enfermedad, su dolor físico y emocional y las traiciones sentimentales, como la relación con su esposo y su lucha por encontrar su lugar en el mundo, se colaron en sus cartas, convirtiéndolas en una especie de diario personal, pero también en un documento literario invaluable. Su prosa es un ejercicio de conciencia, un intento de aprehender el mundo en su transitoriedad, de atrapar instantes que de otro modo se perderían en el tiempo.
En sus cartas, Mansfield desborda lo autobiográfico y roza lo literario. Escribe con la misma precisión que en sus cuentos, con la misma agudeza para captar lo efímero. No es casual que Virginia Woolf dijera de ella: «Era la única escritora por la que sentí envidia», y es que Mansfield poseía esa extraña capacidad de hacer que lo cotidiano irradiara significado. En una carta de 1921, escribe: «He pasado la tarde observando a una anciana en el café. Su manera de sostener la taza me ha revelado más sobre la vida que cualquier libro que haya leído últimamente».
Para un escritor contemporáneo, sus cartas son lecciones sobre el oficio de observar. «Lo que más me interesa en la literatura es la verdad», escribió en otra ocasión. Pero no una verdad grandilocuente, sino la verdad microscópica, la que se esconde en los intersticios de lo banal. Díaz Pereda lo confirma: «La mejor enseñanza que puede extraerse de su correspondencia no está en sus reflexiones sobre el arte, sino en la forma en que mira el mundo». Mansfield no solo miraba, sino que lo hacía con una sensibilidad que transformaba lo aparentemente trivial en una observación reveladora. Esa capacidad de extraer belleza, significado y emoción de los detalles más insignificantes es lo que la convierte en una escritora única. Desde la manera en que la luz entraba en una habitación hasta la pausa casi imperceptible en una conversación, Mansfield tenía la habilidad de registrar todo aquello que otros pasaban por alto.
El enigma Mansfield
Las cartas de Katherine Mansfield nos devuelven su imagen en múltiples facetas. En algunas, es la artista obsesionada con su obra, con el acto casi sagrado de la escritura, consciente de que cada palabra debe capturar una verdad esencial. En otras, es la mujer que necesita ser amada, que busca en sus relaciones una suerte de refugio ante la fragilidad de la existencia. También está la Mansfield enferma, aquella que, a pesar del sufrimiento físico y de la tuberculosis que la iba consumiendo, se aferra a la vida con fiereza, como si cada día fuera una última oportunidad para escribir, para sentir, para existir plenamente.
No hay una Mansfield única, sino una constelación de ellas, cambiantes y contradictorias, reveladas en cada una de sus cartas. «La identidad no es un hecho monolítico y férreo», explica la traductora Patricia Díaz Pereda, «sino un work in progress, como dicen los ingleses». Y esta idea resuena con fuerza en su correspondencia, donde Mansfield se muestra en continua transformación, tanteando sus emociones, sus deseos, sus miedos. Es en esa dispersión, en esa oscilación entre la euforia y la desesperanza, entre la pasión y el desencanto, donde se encuentra su verdadero yo: no en una imagen fija, sino en la suma de todas ellas.
Y, sin embargo, hay algo que permanece inmutable en cada una de sus líneas: su necesidad incesante de traducir la vida en palabras, de apresar lo fugaz, de retener aquello que de otro modo se perdería en el tiempo. «Nada permanece», escribió en su diario poco antes de morir. Paradójicamente, su voz ha logrado desafiar esa certeza. Gracias a estas cartas, y al trabajo meticuloso de quienes la han llevado al español, Mansfield sigue hablándonos, con la misma intensidad y lucidez con la que lo hizo en vida. Su literatura, nacida de la urgencia y la sensibilidad extrema, resuena hoy con la misma fuerza de entonces, como si cada una de sus palabras acabara de ser escrita.


