El pasado octubre el autor italiano rompió ocho años de silencio literario
El autor de Seda vuelve a los escaparates con un western metafísico. «Somos una mano que escribe. Signos, sobre la Tierra. De una única mano»: esta es una de las muchas formas en las que Alessandro Baricco rodea o aborda el sentido de vivir. Lo hace a través de Abel Crow, un niño que se hace hombre. Abel es un western que envuelve en una espiral los conceptos que rodean la existencia individual de cada uno. Todo ello en un conglomerado de perspectivas y de saltos temporales inscritos en los 27 capítulos o «cantos» que conforman la obra.
Habían pasado ocho años desde que Alessandro Baricco publicara su última novela. Un autor célebre, un periodista, pianista, director de teatro… un hombre que comprime dentro de sí el talento, un hacedor. Podemos hablar de un Cortázar, de una Duras, pero también de un Baricco. Todo se deshace en cuidados. La forma de los textos es impecable, y aun así la historia, el argumento es tan sólido, tan potente, tan… Con Abel alcanza un tinte metafísico. Si la escritura hubiera puesto el foco en los conceptos podría ser un ensayo filosófico. Pero es mucho más.
Baricco inventa un argumento cuidadoso para una historia cruda
Abel es la vida de un hombre, pero también de una familia y de un pueblo. Esta obra es una red, un tejido como el de las arañas. De la mano de Abel Crow se piensan muchas cosas, por ejemplo: lo duro que es ser un niño en un lejano oeste inventado, pero que parece real. Un niño que sufre y que casi nunca habla, su familia es de pocas palabras. Abel crece, nace de nuevo, vive en el abandono familiar y abraza el amor de una manera extraordinaria, comprensiva, pero intermitente. Hallelujah es el amor de Abel, su conciencia y su lucha y su realidad. También es su muerte y su vida, a través de esa mujer se consigue el desarrollo de Abel Crow. De hecho este volumen es un prisma, y cada ángulo y cada lado es indispensable para entender.
Eran cinco hermanos, un padre, una madre y una granja de caballos. Escenarios comunes que todos entendemos como propios de un western. Sin embargo, es una historia nueva que plantea los límites de la linealidad causa – efecto, de las fronteras, de las palabras y sus significados. Transversalmente, este tomo habla de cómo lo que no se puede destruir es lo que ya está creado. Y una vez se crea, todo pasa a ser lo mismo. Esto reverbera en las personas, en los imaginarios comunes, en el sentimiento de pertenencia… La lectura atraviesa los límites de la redacción. Invita al lector a divagar, a escenificar y recrearse, a reflexionar si realmente lo que más se valora es lo que más valor tiene.
La estructura de un western puede ser elegante
Es un texto que está escrito de manera deliciosa, con una prosa poética impoluta. Cada palabra se disfruta: se mastica. Una interpretación agradable: sencilla en cuanto a lenguaje pero compleja en cuanto a significado. Por eso el libro tiene una estructura tan circular. Los capítulos no siguen un orden cronológico, sino constantemente se regresa al origen, se repiten, avanzan hacia el futuro y vuelven al pasado. Esta estructura hace que Abel sea muy entretenido, sobrecogedor, que no deje de sorprender y que genere en el lector una actividad fantástica.
Al contrario que el argumento, el tono sí es lineal. No parece tener alteraciones según las escenas: una escena violenta tiene un ritmo tranquilo y constante, al igual que una imagen apacible. Tanto es así que puede llegar a turbar a quien lo lea. Este efecto se daría precisamente por el enfoque, la elección de pausas, de comentarios en forma de reflexión introspectiva, por los saltos temporales… El autor no da puntada sin hilo: la forma del texto tiene una intencionalidad y es, en sí misma, un mensaje.
Es divertido, ocurrente. Recurre a la repetición de manera muy audaz, así envuelve en la lectura. Baricco sabe con lo que tiene que jugar para hacer literatura mientras pone sobre la mesa cuestiones muy profundas de la psique de un hombre. Le da al lector lo que quiere, aunque ni el propio lector sepa aún qué es eso.
Los pilares que construyen Abel
Abel es lo que conoce y así lo narra, libre de prejuicios, expone su individualidad y su relación con el mundo y con las armas de fuego. «Yo nací un día al borde de lo Intacto, cuando mi padre disparó un tiro de Sharps y me di cuenta de que mi forma de crear sería revelar el misterio apretando el gatillo». Cuando eres lo que ocupas, ocupas lo que alcanzas, y una escopeta Sharps tiene mucho alcance. Así el personaje genera una identidad, una presencia que se ata muy fuerte a un espacio concreto: el espacio que es capaz de ocupar. Se pone de manifiesto el funcionamiento de las relaciones entre las personas. De lo que significa un padre para un hijo. Lo que significa enamorarse de una mujer, lo que significa ser un hermano de tus hermanos.
La idea que ronda de fondo es que somos fragmentos muy pequeños de un todo más grande. Así se ponen en perspectiva los motivos de los humanos, lo insignificantes que somos a nivel individual, pero a la vez imprescindibles para que el mundo sea mundo. Esta paradoja se rescata de manera constante cuando se abordan conceptos como la identidad, la muerte, el amor, los impulsos o pulsiones; el sentido de vivir en definitiva.
El amor es un pilar fundamental en esta historia, es Hallelujah quien permite que el lector conozca, a la fuerza, la psicología de Abel. En sus conversaciones rescata a nuestro protagonista de una enajenación profunda. Trata su naturaleza, la verticalidad del personaje; el amor consigue ir tan profundo, tan al centro, que rasca en la verdad y en los motivos del Abel más humano. El amor hace que existan muchas páginas de este libro.


