A veces resulta complicado abordar ciertos asuntos con las personas de nuestro entorno, y ni qué decir dentro del núcleo familiar
Sin embargo, en el caso de la directora de Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa, avistamos una capacidad única para comunicar desde lugares mucho más sanos, empáticos y cercanos, incluso cuando las temáticas en cuestión nos resultan ajenas o especialmente delicadas.
Tras el éxito de Cinco lobitos (2022), la cineasta vuelve a demostrar su sensibilidad para retratar los vínculos afectivos y los silencios que habitan dentro de ellos. En Los domingos, película ganadora de la Concha de Oro en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, se adentra en la compleja red de relaciones familiares, un terreno que Ruiz de Azúa conoce bien y explora con una mirada profundamente humana y desde la plena normalización.
La película aborda la comunicación (o la falta de ella) entre padres e hijos, entre hermanos y entre familiares de distintas generaciones que, a pesar de ello, buscan encontrarse en algún punto. Además, lo hace sin conducir al espectador hacia una interpretación concreta. La directora observa, escucha y narra, confiando en el criterio y la sensibilidad de quien mira.
De hecho, una de las decisiones más brillantes de Ruiz de Azúa recae precisamente en no imponer un discurso sobre la espiritualidad o la religión, dos ejes que atraviesan el filme con gran peso. Los domingos no busca educar, ni tampoco juzgar; sino que se dedica a exponer experiencias, historias y realidades que conviven dentro de un mismo hogar, pero que se encuentran alejadas las unas de las otras, con todo lo que eso conlleva. En esa misma línea, la película también muestra la red de perspectivas, relaciones y posicionamientos dispares que se crean dentro de la familia cuando la comunicación y el perdón no consiguen encontrar su lugar dentro de ella.
La religión y los actos de fe
En Los Domingos la religión va más allá y no se presenta como una institución definida, o limitada; sino como una vía y un lenguaje a través del cual los personajes intentan comprender el mundo y encontrar consuelo. La película nos recuerda que la espiritualidad no se encuentra delimitada dentro de la Iglesia, sino que se manifiesta en las relaciones humanas, en los cuidados, en los rituales cotidianos, en las relaciones personales y en los pequeños gestos que sostienen a las personas, ya sea de forma individual, o en comunidad. De alguna forma, Los Domingos nos hace cuestionarnos cuáles son los auténticos actos de fe.
Ruiz de Azúa logra exponer una realidad al espectador, pero dejándole un enorme margen de actuación y juicio, sin caer en la facilidad de posicionarlo en un lugar u otro desde el principio de la obra. El espectador observa, compara, opina y, finalmente, elabora su propia respuesta. ¿Qué lugar ocupa la fe en nuestras vidas? ¿Cuánto pesan las heridas pasadas en el futuro? ¿Hasta qué punto nos condicionan los silencios de nuestra educación emocional?
El reparto y la banda sonora
El reparto acompaña a la película con una profesionalidad y una verdad que se anteponen a la ficción. Cabe hacer especial mención a la protagonista, Blanca Soroa, y a Patricia López Arnáiz; ambas brillantes en la construcción de dos personajes llenos de inquietudes y vulnerabilidades, que se perciben a la perfección en sus interpretaciones. Junto al resto del reparto, sostienen el filme con soltura, dotándolo de autenticidad y alejándose de escenas excesivas que pudiesen restarle verdad.
La banda sonora también acompaña con precisión cada escena, sin imponerse, pero permitiendo que las imágenes respiren al mismo tiempo que encuentran un apoyo de fondo que les suma intensidad. En algunas ocasiones, su presencia es casi espiritual y consigue abrazar a los personajes, pero sin dirigir la narración, limitándose a impulsarla con sutileza.
Alauda Ruiz de Azúa vive su mejor momento
Con Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa consolida su figura como una de las directoras más interesantes y prometedoras del cine español. En esta ocasión, su capacidad para narrar desde lo íntimo, lo cotidiano y lo emocional, convierte su obra en una experiencia que consigue calar en el público, que incomoda, reconcilia, e incluso acompaña. Los Domingos es, en cierto modo, un acto de fe.

