Dirigido por Isaki Lacuesta y Elena Molina, Flores para Antonio se postula como uno de los documentales del año en España
La línea argumental
Flores para Antonio
El documental, que tuvo su presentación oficial en la 73ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, constituye un mosaico emocional que no busca ordenar el pasado de una forma rígida y lineal, sino dejar que las memorias, las voces y los silencios dialoguen entre sí para componer un retrato honesto que, a su vez, sirve como un ejercicio de memoria reposada y testimonial para la hija del artista.
Además, Alba ofrece una narración profundamente personal, pero lo bastante distanciada en el tiempo como para aportar una mirada limpia y casi ingenua, que se muestra desde el desconocimiento. Esa perspectiva permite que el espectador descubra la historia al mismo ritmo que ella, acompañándola en un proceso de comprensión que nunca se impone, sino que se comparte.
Es clave esa distancia emocional que ayuda a entender el tono de Flores para Antonio. No hay juicio ni una idea asentada previamente, solo un deseo sincero de comprender por parte de quien nunca pudo hacerlo hasta este momento.
Durante años, Alba Flores pospuso la idea de pensar en profundidad en el fallecimiento de su padre y de preguntarse tanto a sí misma como a su entorno por este asunto. Evitó indagar en qué ocurrió realmente, qué circunstancias y emociones condujeron a Antonio Flores a alcanzar un estado de fragilidad tan grande, y en cómo le afectó la muerte de su madre, Lola Flores.
En el documental se percibe claramente ese vacío: la ausencia de un relato claro, la confusión de una niña que crece rodeada de un mito, pero sin conocer la verdad íntimamente. Como la propia Alba ha manifestado, Flores para Antonio nace precisamente de ahí, de la necesidad de reconstruir una historia fragmentada que ha sido contada demasiadas veces desde fuera, pero casi nunca desde dentro.
Narrar desde la intimidad
La estructura del documental refuerza ese tono contenido y que te hace sentir como si los propios protagonistas fuesen quienes te están narrando una historia personal desde la cercanía que ofrece un amigo o confidente. Testimonios, material de archivo, silencios, e infinidad de música se articulan en su justa medida y sin forzar escenas ni subrayar discursos, generando un clima natural y cercano, así como un interés creciente por lo cotidiano que rodea al protagonista y su entorno.
Todo el audiovisual transmite respeto tanto por la figura de Antonio Flores como por el proceso personal de su hija, y refuerza la sensación de estar ante un relato honesto, abordado desde la distancia que permite reflexionar sin caer en prejuicios o ideas preconcebidas. Alba Flores retrata a su padre con sus aciertos y sus contradicciones, desde el afecto, pero también desde la claridad.
Montaje y edición
El trabajo de montaje que ha llevado a cabo el equipo técnico de la película reivindica un cine documental que no se limita a exponer una historia con un principio y un final; sino a narrar, a preguntar, cuestionar, escuchar, e incluso a dejar puertas abiertas sin forzar respuestas ni escenarios artificiosos. Elena Molina e Isaki Lacuesta firman una obra que, más allá de la nostalgia, confía en el arte y la sensibilidad como herramientas de comprensión y transformación.

