Mitski regresa con Nothing’s About to Happen to Me, un álbum que profundiza en el anhelo de desaparecer sin hacer ruido
El mes pasado presentó Where’s My Phone?, el primer single de este octavo álbum, acompañado de un videoclip dirigido por Noel Paul. En él, la vemos encerrada en una casa junto a otras dos mujeres, atrapada en un estado de paranoia que la lleva a intentar protegerlas de una amenaza difusa. La referencia explícita es la novela We Have Always Lived in the Castle de Shirley Jackson: aislamiento, sospecha y un mundo exterior que se percibe como hostil. Desde ahí queda claro que esta nueva etapa no busca la expansión, sino el repliegue.
La propia artista ha descrito el disco como una continuación espiritual de The Land Is Inhospitable and So Are We, donde se encontraba My Love Mine All Mine, la canción que amplificó su popularidad más allá de su público habitual. Hay algo paradójico en ello: cuanto más visible se vuelve Mitski, más insiste su música en la fantasía de borrarse, de diluirse, de no estar disponible para nadie.
En lo sonoro, el álbum mezcla rock alternativo y americana con una textura más cruda y sombría. Pero lo más potente es la coherencia entre forma y fondo. Desde los primeros compases se impone esa pulsión de huida. En Instead of Here canta el deseo de estar “donde nadie pueda alcanzarla”, una línea que funciona casi como manifiesto.
Quién pudiera no ser nadie…
El tema de apertura, In a Lake, plantea la mudanza del pueblo a la ciudad no como búsqueda de oportunidades, sino de anonimato: la gran urbe como lugar donde la identidad se diluye. “Algunos días simplemente tomas el camino más largo para no pasar por la calle de los recuerdos”, canta, sugiriendo que escapar también es una forma de supervivencia.
En I’ll Change for You, los bares se convierten en “lugares mágicos” por su cualidad impersonal: espacios donde se puede estar acompañado sin que nadie exija intimidad real. Y en Rules promete “cortarse el pelo… ser otra persona”, como si la identidad fuese un disfraz intercambiable. La brillantez de esta última reside en el contraste entre la desesperanza de la letra y un acompañamiento orquestado. La música se expande mientras el yo lírico se contrae.
Gatos, gatos y más gatos
Si hay una imagen recurrente en el disco son los gatos. No solo uno preside la portada: también aparecen en varias canciones como metáfora del territorio y la pertenencia.

En The White Cat, Mitski convierte una escena doméstica, un gato marcando su jardín, en una crisis existencial. La canción adopta ese punto de vista animal para hablar de desarraigo: “Se supone que es mi casa, pero, según los gatos, ahora es la suya”. Lo que parece una observación irónica es, en realidad, una pregunta devastadora: ¿qué significa que un espacio sea verdaderamente tuyo?
Ese tono inquietante se intensifica en Dead Woman, donde se imagina a sí misma como un fantasma que observa cómo otros reescriben su vida tras su muerte. Antiguos amantes y amigos convierten su historia en un relato heroico que poco tiene que ver con la verdad. Entre el humor negro y lo espectral, la canción plantea una idea incómoda: tal vez nunca controlamos del todo cómo nos narran, ni siquiera en vida.

La banda sonora de la miseria
Nothing’s About to Happen to Me dura apenas 35 minutos, pero deja la sensación de haber atravesado un espacio mental complejo, lleno de contradicciones. Hay tristeza, ironía y una conciencia muy aguda del peso de la mirada ajena. Sin embargo, lejos de resultar opresivo, el disco encuentra belleza en esa incomodidad.
Mitski no desaparece; transforma el deseo de hacerlo en arte. Y en ese gesto, en convertir la huida en canción, es donde reside la verdadera potencia del álbum.


