Junto a Jordi Évole, Casanova muestra su faceta más íntima en un trabajo que recorre el proceso que atravesó antes de hacer público que convive con el VIH desde la adolescencia.
En diciembre del año pasado, Eduardo Casanova reveló que tiene VIH. El diagnóstico le llegó cuando tan solo tenía 17 años, en el momento en el que triunfaba en su papel de Fidel en la queridísima serie de Aída. En aquel momento de inmensa exposición mediática, el joven actor decidió mantenerlo en privado, pero 17 años después, Casanova dio un paso adelante.
“Hoy rompo este silencio tan desagradable y doloroso después de muchísimos años. Un silencio que guardamos y sufrimos muchísimas de las personas con VIH”. Con este mensaje, Casanova anunció Sidosa, el documental que presentó en el Festival de Málaga y que al fin pudimos ver en la gran pantalla el pasado 23 de abril.
Producido y conducido por Jordi Évole y dirigido por Lluís Galter y Màrius Sánchez, Sidosa ofrece una mirada personal sobre la convivencia de Casanova con el virus y el peso del estigma social. Una serofobia alimentada por el desconocimiento y la falta de referentes. “Hay muchas personas con muchas ganas de decir públicamente que tienen VIH y no se atreven”, afirmó el cineasta durante el estreno en el Cine Proyecciones de Madrid.

En España, alrededor de 150.000 personas viven con VIH y según Médicos del Mundo, casi el 80% no comunica su estado serológico a su entorno, por miedo al rechazo. El mensaje de Casanova es claro: “el VIH te condiciona, pero no tanto. Es el odio el que hace mucho ruido, pero el amor de verdad está ahí”.
Por ello, Sidosa podría marcar un antes y un después en cuanto a la visibilidad de las personas con VIH en el espacio público. Libre de pretensiones y victimismo, el documental es tan personal como político, ya desde la misma elección del título. Igual que ya lo hicieran en el pasado algunos con el término “maricón”, Casanova se reapropia el insulto.
La cinta refleja cómo el diagnóstico de VIH ha marcado la iconografía del cine de Casanova. Dentro del filme, se recogen testimonios tanto de otros pacientes como de especialistas en la materia. El mensaje que ambas partes dejan sobre el espectador es claro: el VIH es una enfermedad crónica que, gracias al tratamiento, es indetectable e intransmisible. En la práctica, el rechazo social hace que los pacientes de esta enfermedad tengan que ocultarse, a pesar de no poder transmitir el virus.
Personalidades del entorno de Eduardo Casanova comentaban en el photocall previo al estreno que “falta educación sexual por parte de todo el mundo”. Y es que, si Sidosa existe, es porque sigue existiendo una negligente asociación entre VIH y colectivo LGTBQ+. Se sigue encasillando la enfermedad dentro de lo que los medios llamaban “síndrome gay” en los años 80. La realidad es que las infecciones por VIH siguen creciendo entre relaciones heterosexuales. El VIH no entiende de orientación sexual, sólo de protección y de responsabilidad.
Casanova no sólo se abre y descompone emocionalmente delante del espectador. Refleja con energía y elegancia que el VIH no es motivo de drama, prueba de ello es que la sala de cine no dejó de estallar en carcajadas durante la proyección.
Quedan latentes reflexiones sobre la poca aceptación que existe del VIH en el siglo XXI. No parece que hayamos avanzado, menos aún cuando desde el mundo de la cultura, la política o la justicia sigue existiendo un silencio de figuras que podrían convertirse en referentes y romper con el estigma. Duele tener que decirlo en pleno 2026, pero las personas con VIH son personas normales.

Desde el primer momento, Casanova deja claro que no busca que nadie se apiade de él. “No quiero que me pase como a Pablo Alborán”, afirma en una conversación. En sus charlas con Jordi Évole se reflexiona sobre la culpa y el miedo por tener VIH. Casanova, busca desde la serenidad enseñar que “con VIH se puede vivir, con odio no”.
Sidosa es una película necesaria, magistralmente entrelazada con un cortometraje del propio Casanova, La Peste Rosa. Sidosa es muestra de resistencia, de ruptura de esquemas y de descomposición de la imagen arrepentida y triste de la persona con VIH que otros productos culturales han construido. Atrás quedan obras cuasi-apocalípticas como Philadelphia, porque la realidad es otra. Esta historia, que ayuda a empatizar y entender desde la información y la calidez, es necesaria. Igual que sigue siendo necesario que, a raíz de Sidosa, aparezcan más referentes y se vuelva a hablar de VIH para terminar de romper tabúes.
Redactado por Guillermo Rodríguez Rus y Miguel Bueno González.


