El debut narrativo de Menéndez, traducido del gallego por la propia autora, sitúa en el centro las luchas sociales de los años 90 contra la privatización y las consecuencias de su derrota
Sirviéndose de la forma del fragmento, Son como glaciares los barcos de acero se constituye como un verdadero ejercicio benjaminiano de reescritura de la historia en el que los que hablan son, por fin, los oprimidos.
Una imagen amenazada con desaparecer
Desde hace ya más de una década, la literatura española ha vivido un proceso de repolitización necesario gracias a autores como Marta Sanz, Isaac Rosa o Belén Gopegui. En sus esfuerzos por acabar con el discurso de la Transición, estos autores llenaron sus textos de freelances, de trabajadores precarios y de obreros externalizados. La clase volvió a la literatura, pero con Menéndez también ha vuelto la lucha.
En Son como glaciares los barcos de acero, Menéndez opta por abordar las huelgas del sector naval de Vigo frente a la amenaza de privatización del astillero como un ejercicio memorístico. El narrador, hijo de uno de estos obreros militantes, mira a diciembre de 1997 y recuerda. Pero también mira al diciembre de tan solo un año atrás, en el que perdió a su novia en aquella autovía que también se anunciaba como promesa del progreso en 1997. Los fantasmas de la derrota siempre vuelven, sus marcas, sus consecuencias.
En esta intención memorística, el texto se construye como una serie de fragmentos que parecen imitar el propio funcionamiento de la rememoración. Como si fueran unas pocas imágenes sueltas a las que tratamos de unir para darnos sentido. Sin embargo, esa imagen que se aparece puede ser ya de por sí poderosa. Como señaló Walter Benjamin en Tesis sobre la historia:
El pasado sólo es atrapable como la imagen que refulge, para nunca más volver […]. Porque la imagen verdadera del pasado es una imagen amenazada con desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en ella.
Son como glaciares los barcos de acero es ese conjunto de imágenes rescatadas de la amenaza de su desaparición en un presente que, en su ansia de futuro, no se siente aludido por ellas. Al servirse del fragmento, Menéndez rompe formalmente la linealidad ascendente que se defiende desde la creencia en un supuesto constante progreso. Y así se nos revela un estado de las cosas que, aunque se presenta como inevitable, podría haber sido de otra forma.
La resistencia al huracán
Cuando Annie Ernaux afirma que escribe para vengar a su clase, está asumiendo una posición hasta entonces negada por el relato de los dominantes. Siguiendo esta misma estela, cuando Menéndez decide narrar la lucha social desde el lugar y la voz de los que la llevaron a cabo, acaba produciendo un quiebre en el relato oficial que se define como carente de contradicciones y conflictos.
De esta manera, Menéndez consigue despojar a la historia de un proceso de fetichización similar al que el capitalismo somete a las mercancías. En este proceso, el trabajador no se reconoce en su producto debido a la división del trabajo. Y, a su vez, al consumidor le resulta imposible comprender quién está detrás del mismo y de qué manera este ha llegado a sus manos.
La historia constituida por los grandes acontecimientos unidos entre ellos de forma lineal, como si fuera pura causalidad, funciona de esta misma forma. Acabamos sin poder atisbar a sus verdaderos sujetos de acción. Sin embargo, Menéndez escribe sobre estos sujetos reconociendo lo que ya señaló Walter Benjamin:
El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate.
Frente a la imagen de un Vigo turístico, Menéndez recupera la imagen de un Vigo obrero en el intento de que esta vez ese ángel de la historia benjaminiano pueda extender sus alas. Pueda resistir al huracán del progreso. Y volver su mirada al pasado para recomponer lo que realmente es una catástrofe y que, sin embargo, se presenta como una cadena inevitable.


