Puede que el dandi napolitano al fin haya obtenido el equilibrio preciso entre la decadencia y la contradicción del olvido
Entre Andreotti y Berlusconi, entre la mafia y el parlamento, Sorrentino consigue dibujar un político honesto, consciente y sosegado. Más ficticio por su naturaleza humana que por el escriba, el dilema sitúa la vida como principio. Es entonces donde un hombre apenado por su pasado, que no entiende su presente y le apresa el propio futuro, ha de tomar la decisión más compleja de su gobierno. El cambio afecta a todos. La decisión de dejar ir. El dictamen, la huida, como final.
En La Grazia, Mariano de Santis, un Toni Servillo ingobernable, es el Presidente de la República italiana. En el ocaso de su mandato se cruza de frente con la disyuntiva que a puesto en contra suya tanto a unos como a otros: la aprobación de la eutanasia. Pero es en esta duda donde se enfrenta a la propia muerte, que ha sido durante años el limbo que nubla su recuerdo. Es probable que la sinopsis no resulte muy encantadora, pero Sorrentino hace de su discurso un cruce de caminos entre el Señor y el dueño de nuestros días. A fin de cuentas, la cinta podría ser el reflejo de que la patria todavía existe. Mas nos encontramos en realidad con un enigma tan inexorable como el del proceso vital.

«¿De quién son nuestros días? La respuesta es obvia»
Podría sonar ya manido el ensayo estético de Sorrentino, si no fuera cambiante. Pero en ‘La Grazia’, la belleza de la duda, es la conjugación de que el barroquismo transpuesto a la pantalla no es solo una muestra de ensimismamiento. Tampoco una sustantivación de la oda. Pues fingir certezas no sucede solo en la ficción, su manifiesto se muestra más patente en la propia imposición de los días que acontecen. Días donde el recuerdo más que un temor es una esperanza, cuando antes podía haber sido la catástrofe. Por ello, resulta bella la mirada atrás.
La senda del tiempo por donde pasa la vida
El tiempo en el cine de il divo es un elemento primigenio. En ocasiones como transposición de la eternidad de las calzadas romanas que frecuentan los personajes, o por medio de las cuerdas musicales que maridan con el resalto de sus imágenes. Pero aquí el peso de la historia, entendido como poso, pues no se llegan a dilucidar con exactitud los entresijos de un pasado onírico, se percibe por el transcurso intergeneracional. La relación padre-hija, que esconde, y se esconden, los dolores de la relación con su madre, esposa. Por ello, el gobernante no es capaz de olvidar el daño interno de su matrimonio, aún con la partida de su amada. Al igual que con la duda presente, De Santis aún no ha aprendido a vivir con la duda expirada. Es el proceso, no el final, lo que se filma.
Aún con todo no rehuye del mito del coloso encerrado en el palacio de las mil columnas. El mandamás tan solo encuentra la libertad por los resquicios que le deja su privilegiada vida. Las vistas al horizonte desde su terraza, los beats pesados que suenan en sus auriculares, la huida de lo institucional, en resumidas cuentas. Por ese hueco, también se cruza la mirada del napolitano, que es capaz de poner en escena los pensamientos que no responden a las palabras. La caída de la gravedad, dejar de pesar como alternativa a los aplausos y los abucheos, como aquel astronauta con el que todavía no se puede comunicar.

El abandono de los excesos por el reposo
La desmesura de Gambardella, tan inconmensurable como devota, queda atrás en este relato de vencidos por el poder con corona. Los personajes no se dan el lujo de disfrutar, parece que hayan olvidado el mero significado del término. Sufren en silencio, como lo llevan haciendo años, en una zona de confort cercana pero cada vez más dañina. Y es en el viaje introspectivo donde abundan las imágenes más abrumadoras, de impresionante calado. El stendhalazo del espejo que desde la impronta onírica agranda los miedos propios y ajenos. Como cuando el protagonista aprecia los destellos de Aurora que se resquebrajan por las grietas de los árboles.


