Hay momentos en los que el alma no soporta tanto esplendor
En las salas silenciosas de Florencia, algunas personas lloran, tiemblan o incluso se desmayan ante el arte debido a este síndrome.
Todo comenzó en 1817, cuando Marie-Henri Beyle, bajo el pseudónimo de Stendhal, recorrió Florencia con los sentimientos a flor de piel. Tras contemplar los frescos de Giotto, entre otros, en la Basílica de la Santa Cruz, comenzó a sentir lo que hoy conocemos como síndrome de Stendhal. «Sentía latir el corazón, la vida se había secado en mí, andaba con miedo a caer», escribió el autor francés.

La ciencia detrás de la emoción
Aunque no existe una evidencia científica sobre este síndrome, se han registrado casos en hospitales de Florencia desde los años 70. Graziella Magherini, psiquiatra italiana, confirmó el fenómeno tras observar a más de cien turistas ingresados en el hospital Santa María Nuova que sufrían consecuencias similares al contemplar obras como el David de Miguel Ángel o la Galería Uffizi. Entre los síntomas destacaba la ansiedad, taquicardias, sudoración… El arte los había sobrepasado.
Magherini clasificó los síntomas en: trastornos del pensamiento, trastornos afectivos y angustia y pánico. Sin embargo, una parte considerable de las personas participantes de este estudio, ya sufrían patologías tales como epilepsia, ansiedad…

Más allá de este síndrome, existen otros que pertenecen al llamado síndrome del viajero también, como el síndrome de París o el síndrome de Jerusalén.
En 2018, un hombre de 70 años sufría un infarto contemplando El nacimiento de Venus de Boticcelli en la Galería Ufizzi. El italiano fue salvado por cuatro médicos romanos que se encontraban de visita en la Galería y utilizaron los desfibriladores habilitados.
Ante la situación, se le preguntó a Eike Schmidt, director de los Ufizzi, si creía que el síndrome de Stendhal era la causa del incidente. «No soy médico, no hago diagnósticos, pero sé que visitar un museo como el nuestro, lleno de absolutas obras maestras, constituye ciertamente una posible causa de estrés emotivo, psicológico y también físico, por el esfuerzo de la visita», respondió.
Tal vez esto ocurra por una predisposición propia. Al conocer el síndrome, nuestro cuerpo puede ser más propenso a considerar que lo sufre. Sin embargo, lo extraordinario es ver cómo somos capaces de conmovernos y sentir ante algo que otro ha creado, aunque no parezca una experiencia agradable. Ver cómo somos capaces de dejar a un lado la razón y limitarnos a sentir. Aunque contemplar, a veces, sea demasiado.


