Ganador de dos premios Óscar, el actor conquistó a públicos, crítica e industria por igual con su carisma, talento y presencia en pantalla
El pasado 26 de febrero, el mundo cinematográfico se estremecía con la noticia de la muerte del querido actor. Con más de cuatro décadas en activo, hasta su retiro en 2004, Gene Hackman se posicionó como una de las estrellas más reconocibles y aclamadas de la Nueva Ola de cine americano.
En el momento de publicación de este artículo, continúan aún las investigaciones acerca de las extrañas circunstancias de la muerte de Gene Hackman y su esposa. Conviene, sin embargo, evitar el morbo asociado a estas situaciones, y en su lugar centrarse en recordar con cariño todos aquellos momentos que el intérprete ha regalado a las audiencias de diferentes generaciones.
En la 97ª ceremonia de los Premios Óscar, celebrada el pasado 2 de marzo, Morgan Freeman introdujo el habitual homenaje In Memoriam a los fallecidos de la Academia. El veterano actor dedicó un sentido discurso al recuerdo de Hackman, la pérdida más reciente, además de un viejo amigo suyo. Citándole, dijo que su deseo era que la gente «le recordara como alguien que intentó hacer un buen trabajo». Por ello, tomándole la palabra, nos disponemos a revisitar las grandes obras de su carrera.
Unos comienzos humildes
Nacido en 1930, originario de California, Eugene Allen Hackman se enroló en el ejército estadounidense con 16 años, fue destinado a China y posteriormente Japón, e incluso llegó a cursar estudios de periodismo. En 1956, con 26 años, decidió inscribirse en la escuela de interpretación Playhouse en Pasadena. Allí, sus compañeros y profesores le trataban con indiferencia, y no apostaban nada por su carrera actoral.
Sin rendirse, se mudó a Nueva York, donde trabó amistad con otros dos soñadores de su quinta: Dustin Hoffman y Robert Duvall. Compartiendo con ellos pisos de alquiler, y alternando entre pequeños roles televisivos y producciones teatrales, Hackman trabajó como camarero y botones de hotel para poder sobrevivir en la gran ciudad. Así, fruto de su gran esfuerzo, logró un primer papel fílmico de relevancia en Lilith (1964), protagonizada por Jean Seberg y Warren Beatty.
Sería junto a este último que, tras decenas de apariciones en cine, escenario y televisión, Gene Hackman lograría su primer gran reconocimiento en forma de nominación al Óscar a mejor actor de reparto, por su interpretación de un miembro de la banda criminal de Bonnie y Clyde (1967). Esta película, además, es considerada por muchos como el pistoletazo de salida de la Nueva Ola de cine americano, de la que emergerían directores de la talla de Martin Scorsese, Steven Spielberg, y actores como Al Pacino o el propio Hackman.
Una estrella del Nuevo Hollywood
Con un metro noventa de estatura y su potente voz, la presencia de sus personajes en pantalla no pasaba desapercibida. Las particularidades y excentricidades en su forma de interpretar, junto con su habilidad para intercalar momentos de fragilidad con intensidad, le llevaron a conseguir el papel de hijo junto a Melvin Douglas en Nunca canté para mi padre (1970), que le valió su segunda nominación al Premio de la Academia. Roger Ebert alabó su interpretación, y describió el filme como «una de las películas más inolvidablemente humanas que recuerdo».
Sin duda, la obra que mejor ha sabido aprovechar la energía contenida de Gene Hackman, su intimidante apariencia y su porte autoritario fue The French Connection (Contra el imperio de la droga, 1971), en la que dio vida al icónico agente de narcóticos «Popeye» Doyle. Con fuerza bruta y dudosos métodos, este policía no se detenía ante nada con tal de arrestar al criminal interpretado por Fernando Rey. Hackman prestó total dedicación al papel, bajo las órdenes de William Friedkin, llegando a conducir personalmente el coche durante la icónica escena de persecución real por las calles de Brooklyn, en la que chocó contra diversos vehículos ajenos a la producción.
Habiendo dado rostro a la película más aclamada del año, los premios no se hicieron esperar: en la gala de los Óscars de 1972, Hackman recibió finalmente su más que merecido primer Premio de la Academia. En su discurso, aquel a quien el público identificaba con «Popeye» Doyle, un hombre violento e irascible, mostró su cara más tímida y dio una lección de humildad a un Hollywood caracterizado por el elitismo de sus estrellas. Nada como escuchar de nuevo sus palabras para ver con claridad cómo este actor no había olvidado sus orígenes y sus sueños.
Versatilidad e incansable dedicación
En los años que siguieron al Óscar, Hackman no se acomodó en la fama ni redujo sus esfuerzos, participando en diez producciones en un espacio de tres años. Esto le convirtió en el actor más prolífico de la época. La variedad de roles y temáticas caracterizaba sus trabajos, y los espectadores podían verle en cartelera de proyectos tan diferentes como cintas de desastres (La aventura Poseidón, 1973), premiados dramas (Espantapájaros, 1973), intensos thrillers (La noche se mueve, 1975), o recuperando el rol de «Popeye» Doyle en French Connection II (1975).
Fue en esta etapa cuando enfrentó uno de los roles más exigentes y aclamados de su carrera: el experto en vigilancia, reservado y obseso de la privacidad Harry Caul en La conversación (1974). El director, Francis Ford Coppola, demandó de Hackman una gran implicación en su papel, ya que el personaje era diametralmente opuesto a su propia forma de ser. Según declaraciones, el trabajo le afectó psicológicamente, provocándole cambios de humor, aunque años después recordaba aquel rodaje de forma positiva.

La conversación se alzó con la Palma de Oro en el festival de Cannes, haciendo de Hackman uno de los pocos actores que ha protagonizado la película ganadora de dicho premio dos años seguidos, habiendo sido Espantapájaros premiada el año anterior con el mismo galardón.
Reconocimiento del gran público
Como conclusión y broche de oro a la década de los setenta, el intérprete abordó el que probablemente sea su rol más icónico y celebrado en la cultura popular: el refinado villano Lex Luthor en Superman (1978) y sus posteriores secuelas. La película, primera en la historia que introdujo los superhéroes en el imaginario colectivo americano, fue un éxito total de taquilla y crítica, y una evidencia más de la versatilidad de Hackman, que encaró el papel de forma humorística y sin complejos.
Tras haberse consolidado la década anterior como una de las figuras más respetadas de la industria, a partir de 1980 los éxitos siguieron apilándose en su filmografía, conformando definitivamente su indeleble marca en la historia del cine.
Aclamación y consagración histórica
Uno de sus papeles más destacados en este período fue en Arde Mississippi (1988), donde encarnó a un agente del FBI que investiga el asesinato de activistas por los derechos civiles en los años 60. Esta actuación, marcada por sutiles rasgos de humanidad en medio de la barbarie del apartheid, le valió otra nominación al Óscar, que perdería frente a su viejo amigo Dustin Hoffman por Rain Man.
También incursionó en la comedia, demostrando su habilidad para moverse entre distintos géneros. En Hoosiers: más que ídolos (1986), interpretó a un entrenador de baloncesto con un pasado problemático que lleva a un equipo de secundaria al campeonato estatal. Crítica y público aclamaron la película, que marcó la adolescencia de toda una generación.
A estas alturas, Hackman era ya presencia habitual en las nominaciones a los Óscars, por lo que no sorprendió a nadie que se alzase ganador de una segunda estatuilla por su papel en Sin perdón (Unforgiven, 1992). Además, acompañó dicha victoria con los también reconocidos BAFTA y Globo de Oro ese mismo año. A pesar de mostrarse reacio a interpretar a más personajes violentos, Clint Eastwood logró convencerle para meterse en la piel del sheriff Daggett, grabando así en las retinas del espectador a una de las figuras más despiadadas de la historia del western.
La década de los noventa supuso, además, los mayores éxitos en taquilla de su filmografía, con películas tan variadas, populares y bien recibidas como La tapadera (The Firm, 1993), Marea roja (Crimson Tide, 1995), Una jaula de grillos (The birdcage, 1996) y Enemigo público (Enemy of the state, 1998). En ellas, compartió además cartel con las mayores estrellas del momento, de la talla de Tom Cruise, Denzel Washington, Robin Williams y Will Smith.
Últimos años y retiro
Su último gran papel, ya a comienzos del nuevo milenio, fue sin duda el de excéntrico patriarca de Los Tenenbaums. Una familia de genios (The Royal Tenenbaums, 2001), mostrando su lado más tierno y casando a la perfección con el estilo visual e interpretativo tan particular del director Wes Anderson. Por su trabajo en la película, recibió el Globo de Oro a mejor actor en musical o comedia.
En 2004, con el estreno de la comedia Bienvenido a Mooseport, Gene Hackman anunció a los medios su retiro de la interpretación. Años después, en una entrevista, justificaría su decisión explicando que sufría de estrés, y había recibido advertencias de sus doctores. En 2011, bromeando acerca de si realizaría una última película, accedió sólo si se rodaba en su propia casa, y participaban «a lo sumo una o dos personas».
Sin embargo, no sería esta la despedida del infatigable actor, que continuó participando en diversos proyectos. Publicó varias novelas de ficción histórica y policíaca, participó en eventos públicos como encuentros de fans y firmas de libros, y proveyó la narración de varios documentales deportivos.

Alguien que hizo un buen trabajo
La extensa y brillante filmografía del actor habla por sí sola. No sólo logró su sueño, partiendo de unos orígenes humildes y sacrificados, sino que además elevó el trabajo de todos aquellos con los que compartía proyectos. «Esencial» es un adjetivo que se queda corto, tal y como afirman figuras de la talla de Clint Eastwood, Francis Ford Coppola o Woody Allen. Querido por audiencias y profesionales del sector, Gene Hackman permanece en la memoria colectiva, y será recordado, tal y como pidió a Morgan Freeman hace muchos años, como alguien que intentó hacer un buen trabajo.
Y lo logró. Vaya que si lo hizo.


