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«La vida de Chuck»: buenas intenciones para una película atípica

Mike Flanagan vuelve al cine para adaptar un relato de Stephen King dirigido a tocar la fibra sensible, pero el resultado es tan bienintencionado como simple y disperso

Hay canciones que hemos escuchado cientos de veces, melodías que siempre nos suenan bien y mantienen intacto su inicial poder de seducción. Estas, por supuesto, son más bien pocas. La mayoría se desgastan con la reiteración, agotándose tras unas cuantas escuchas y viéndose sustituidas por otras que no tardarán en correr la misma suerte. Muchas siguen siendo buenas, capaces de arrancarnos una sonrisa nostálgica o conducirnos a un entusiasta tarareo, pero su huella se evapora pronto, demasiado superficial para hacer frente a la mejor música de nuestra vida. Al fin y al cabo, el arte no deja de ser un proceso de destilado, de separar la paja del grano, si lo prefieren, para rescatar de entre el maremágnum que llamamos cultura las grandes obras maestras.

Pensamientos como estos son los que trae a la cabeza La vida de Chuck, adaptación al cine de un relato de Stephen King estrenada el año pasado en el Festival de Toronto, donde se alzó con el codiciado Premio del Público. Supone el regreso a la gran pantalla del director y guionista Mike Flanagan, responsable de numerosas y exitosas miniseries de terror para Netflix en los últimos años (ya saben, La maldición de Hill House en 2018 y productos del estilo de ahí en adelante), por lo que cabría aguardar un ejercicio estilístico de altura, más aún cuando la película se anuncia como el regreso de Tom Hiddleston a un rol dramático tras más de una década encasillado en el papel de Loki en el Universo Marvel.

Annalise Basso y Tom Hiddleston en un fotograma de la película | Fuente: Diamond Films

Una apuesta diferente

Desde luego, la película arranca con fuerza, apostando por una narración a la inversa (desenlace, nudo e introducción) que nos sitúa en un mundo al borde del colapso: Internet ha caído, California se está hundiendo en el océano, el continente asiático atraviesa una terrible hambruna y la gente anda entre asustada, desesperada y resignada a aceptar que ha llegado el final. Sabemos por la radio y las televisiones que el pronóstico no es positivo, pero en la pequeña ciudad americana donde se sitúa la película (una de esas idílicas localidades que solo encuentras en el cine estadounidense), no dejan de aparecer carteles, anuncios y señales dándole las gracias a un tal Chuck. El misterio, por supuesto, se guardará hasta el final, que también es el principio, dando lugar a un juego de espejismos y reiteraciones que oscila entre el drama biográfico y la pura fantasía.

Sin duda, la apuesta resulta estimulante, la trama se sigue con atención y el reparto está más que correcto, si bien es cierto que no será este el gran retorno de Hiddleston, ya que el intérprete apenas suma escenas en pantalla fuera del tramo central del relato. Con todo, hay momentos tiernos y muy bonitos, secuencias dotadas de una exquisita sensibilidad, pero también, y esto es lo malo, un tono molestamente pretencioso, como si la película quisiera aparentar ser mucho más profunda e inteligente de lo que verdaderamente es. Con menos soliloquios entusiastas e inspirados plagados de referencias al cosmos y al valor de la experiencia humana (se cita incluso a Carl Sagan), la narración hubiera resultado mucho más fluida y menos dispersa.

Mark Hamill en un fotograma de la película | Fuente: Diamond Films

«Contengo multitudes»

Al final o, de nuevo, al principio, la clave del gran misterio está en un precioso poema del escritor decimonónico Walt Whitman, recitado hasta en dos ocasiones a lo largo de la película. En concreto, todo se reduce a unas pocas palabras: I contain multitudes («contengo multitudes»), pero dejemos que los espectadores sean quienes completen la partitura. A un servidor, una vez finalizada la proyección, la melodía completa le suena bien, pero no lo suficiente como para perdurar en la memoria.

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