Nacido en 1940 en Copenhague, Sven Holm fue dramaturgo y narrador. Con solo veintiún años, publicó su libro debut Den store fjende (‘El gran enemigo’), que lo consagró como uno de los mayores exponentes de la literatura en lengua danesa
Termush se publicó en 1967, y acabó abriéndose hueco dentro del canon de la literatura de la ficción distópica, siendo alabada como una obra maestra. Y este nueve de septiembre, la editorial Impedimenta ha recuperado uno de los relatos postapocalípticos más sublimes, cuya traducción ha estado en manos de Daniel Sancosmed Masiá.
Termush, el nuevo mundo
La novela de Holm se ambienta en una sociedad postapocalíptica. Con semejante nuevo orden mundial como escenario, el protagonista relata su experiencia vital en un complejo hotelero donde, en principio, podrá vivir sin mayor complicación, alejado de los posibles problemas que podría depararle la nueva realidad, supeditada a una vorágine de radiación nuclear y miseria.
Dentro del complejo, los huéspedes pueden vivir una vida de lo más normal y agradable, rodeados de lujo y comodidades. Mientras el champán y el coñac se sirven sin mayor complicación, como si nada hubiese pasado, como si el mundo que conocían no hubiera dejado de existir, en realidad no están en absoluto tranquilos.
Y es que, esta supuesta «tranquilidad» dura más bien poco, puesto que la llegada de supervivientes a Termush comienza a ser cada vez más llamativa, alterando el bienestar que, supuestamente, tanto el protagonista como el resto de huéspedes tenían garantizado. La llegada de otros supervivientes no solo conlleva que el hotel se llene paulatinamente cada vez más, sino que estas llegadas ponen en riesgo su propia existencia, su propia tranquilidad.
¿Realmente es un «nuevo» mundo?
Vivimos en una sociedad que en principio definimos como democrática. Esta sociedad se basa en valores, ideas y fundamentos que buscan conseguir la libertad y el bienestar de todos los individuos que la conforman. Se persiguen unos ideales de paz y tranquilidad que abarquen a todos, pero cuando son algunos los que pueden alterar la calma de otros, la realidad se aleja bastante de los mencionados ideales.
Termush, como obra de ficción, está concebida como una narración que acontece en un universo distópico, es cierto. Sin embargo, la realidad de la dinámica que se plantea —y que va evolucionando a lo largo de la trama, como si de un ser vivo se tratase— es extrapolable a cualquier sociedad real. Y por supuesto, la nuestra también tiene cabida en dicha extrapolación.
Por ello, leyendo Termush descubrimos cómo a pesar de que la sociedad se enfrente a un problema de semejante índole como puede ser un escenario postapocalíptico, siempre contará con un problema mucho mayor que además siempre será el mismo: aprender a vivir en sociedad de la mejor manera posible. Y es que, a pesar de que se pretendan hacer bien las cosas, nunca llueve a gusto de todos. Y hay ocasiones en las que este desacuerdo puede ser más crucial que otras.
¿Es Termush una crítica al sistema?
Si hay algo que queda claro tras la lectura de esta novela, que además fue publicada a finales de la década de los sesenta (y que si acabó entrando en el canon de la literatura de ficción distópica, fue con motivos), es que la sociedad, a pesar de que realice sus mayores esfuerzos por progresar, nunca llegará a un bienestar pleno.
Solo los ricos, que son los únicos que pueden comprar la tranquilidad y la seguridad, reservando plaza en este hotel (que se acaba convirtiendo en su único mundo), acaban viendo su bienestar alterado por refugiados que llegan al refugio (que no es otra cosa sino una nueva sociedad próspera) en busca de ayuda.
Esta llegada produce que las bases morales dejen de ser tan férreas (pues a los huéspedes de este nuevo mundo también se les garantiza un comportamiento moral ejemplar por parte de una Dirección que se define como impecable), pues entra en juego la dicotomía que se produce entre ayudar a todos los individuos o solo a los que tienen dinero y lo han gastado en vivir allí. Decidir quién vive y quién no. Jugar a ser Dios.
¿No es esto lo que ocurre siempre, en cualquier sociedad humana? ¿No se convierte el dinero en la vara de medir que clasifica al pueblo? Lo dejaremos a juicio de cada lector, pero no es difícil llegar a semejante conclusión.
Una obra atemporal
Holm, con su Termush, y a través del juego con la narración en clave de ficción distópica, deja en evidencia que su sociedad (y la nuestra) en realidad no son más que una simple utopía. Todos queremos el bien para el prójimo, pero cuando ese bien altera el nuestro, nuestra tranquilidad, nuestra existencia en definitiva, ¿hay alguien a quien en realidad no le cause malestar?
Nuestro instinto más básico, el de la supervivencia, acaba floreciendo ante la adversidad, y a pesar de que en el caso de Termush este instinto se manifieste debido a una situación extrema, queda claro que las debilidades humanas, nuestros demonios, forman parte de nuestro ser independientemente de la necesidad de los otros.


