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‘Galápagos’ de Vonnegut: la historia de la involución

Una cubierta colorida que esconde profecías oscuras. Esa sería mi descripción de la nueva edición de Galápagos de Kurt Vonnegut, publicada este mes por Blackie Books

La editorial catalana, Blackie Books, sigue con su labor de compartir la colección completa del rey de la ciencia ficción: Kurt Vonnegut. Con la maravillosa portada de María Medem y la traducción de Miguel Temprano García, llega a las estanterías, en esta ocasión, Galápagos. Una nueva vieja historia sobre, ni más ni menos, que una pandemia.

Portada de ´Galápagos´| Fuente: Blackie Books

Ante el punto y final de la última página, suspiré, aliviada. “Ha acabado”, pensé. Sin duda, no es por falta de talento del autor, ni por ausencia de una buena trama. Ni siquiera por mis gustos. Es por la naturaleza humana, llevada al extremo y puesta ante mis ojos. Me ha dejado sin palabras pero con dudas. Ponerle fin a nuestra existencia cómo la conocemos es lo que ha hecho Vonnegut, y, puedo decir que, leyendo Galápagos, no parece mala opción. En la “era de los grandes cerebros”, solo nos cabe desear aletas; o eso creo qué es el mensaje que me llevo yo.

Vonnegut nos mata (otra vez)

Kurt Vonnegut es un autor estadounidense (Indianápolis, 1922-Manhattan, 2007) conocido por sus estelares trabajos de ciencia ficción. Muchos han tenido entre manos Matadero cinco, considerada una de los grandes clásicos literarios del siglo XX. Sus novelas destacan por su visión fatídica de la humanidad. Es algo que no ha escondido. Una reseña de The New York Times (1985) le nombra “el poeta del Armageddon”. Dota de palabras a lo que, para muchos, quizás sea su mayor miedo: el fin. Y, por encima de ello, somos nosotros los propios responsables.

En Galápagos, plantea un tributo irónico a Charles Darwin. Pone sobre la mesa la idea de evolución por selección natural, pero con su inigualable humor inteligente y absurdo. Nombra a esta “ley del más fuerte” sin tapujos, como lo que es: una realidad cruda. De esa manera crea un discurso y una visión casi grotesca del ejercicio planteado a un grupo de personas que sobreviven en una isla desierta al fin de la humanidad. Esta llega de la mano de un virus que elimina la opción de procrear. Los personajes que presenta, náufragos de un crucero de lujo, se ven obligados a repoblar el mundo y hacer prosperar a nuestra especie. Pero para que sea posible, la Ley darwiniana hace su magia y hecha una mano. Destripa todo lo que el romántico llama humanidad, y deja solo al animal llamado humano.

Esto nos lo cuenta Leon Trout. El narrador no es presentado hasta el último tercio de la historia, pero sabemos que se encuentra a un millón de años de la historia que relata, y que está muerto. Descubrimos, con el tiempo, que fue un soldado en Vietnam. Recuerda al lector, entonces, que Vonnegut fue soldado de la II Guerra Mundial. Esto explica la predisposición pesimista que se palpita en sus acercamientos al ser humano; sus experiencias se traducen en sus libros. Quizás sea por esto que se asfixia uno, a veces, si los lee sin cuidado. La realidad nunca es tan excarcelada como en la ciencia ficción, y será esta la paradoja y el atractivo de este género.

Siempre nos quedará la ternura

Los encargados de la gran misión están lejos de ser la epítome de la humanidad. Nos encontramos con personajes descritos, en ocasiones, de manera despectiva, irrespetuosa…Como buenos humanos, tienen fallos. El autor, entonces, recoge las palabras de Darwin, que afirmó lo siguiente: “Con salvajismo, las debilidades del cuerpo y la mente son eliminadas rápidamente”. Imagina así a lo que puede ser, en termino de supervivencia, el hombre perfecto.

Retrato de Charles Darwin | Fuente: California State Library

Pero, antes de esta construcción, nos ofrece Vonnegut la oportunidad de tener ese momento de piedad que se esconde en las conexiones humanas. Esa ablandamiento que siente nuestro gran cerebro, y nuestro gran corazón. Entre proyecciones futuras catastróficas, risas, descripciones naturales y citas literarias desperdigadas, entrelíneas conocemos aquello que hace a sus imperfectos progenitores humanos, de carne y hueso, y no aletas.

Mary Hepburn es una profesora de infantil que nunca pudo tener sus propios hijos. James Wait es un hombre que vive las consecuencias psicológicas del abuso sexual. Es aquí donde cabe preguntarse si el señor Vonnegut llegó él mismo a sentir piedad antes de matarnos; quizás aún desea nuestra salvación.

En el juego de la evolución, el cerebro es una trampa. Pero hasta que el fin que predice Vonnegut llegue, vivir con ello es lo que nos espera. Por tanto, en el juego de la selección natural, intentaré disfrutar de mis debilidades mientras las tenga. Y leeré y sentiré piedad por mis queridos compañeros humanos, cada uno tan imperfecto como el prójimo.

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