El autor argentino desvela los temas de redención, poder y lucha en La Rey, donde lo sobrenatural y lo brutal se entrelazan en la vida de una mujer que desafía su destino
La historia de Blanca Rosa González, conocida como «La Rey», es una de esas narrativas que traspasan los límites del thriller y el policial, llevando al lector a un recorrido donde la violencia, el narcotráfico y el sufrimiento se entrelazan con la búsqueda de identidad y redención. En su novela La Rey, Reynaldo Sietecase construye un relato que desentraña las entrañas de una mujer fuerte y resiliente, cuyo destino parece estar marcado por las circunstancias, pero que se reinventa una y otra vez a lo largo de su vida.
Blanca, a los trece años, se ve arrastrada a un abismo de abuso y sufrimiento, cuando su padre la envía a vivir con la abuela Cándida y su pareja, el Recio, en Ciudad del Este. Allí, se lleva dos lecciones vitales: el abuso sistemático y una piedra de obsidiana que su abuela conserva como un amuleto. Esta piedra se convierte en un símbolo de los otros mundos a los que Blanca accederá más tarde, en una historia donde lo sobrenatural se cruza con la brutalidad de la realidad.
Tras escapar del horror de su infancia, Blanca llega a la Villa 31 de Buenos Aires, donde su vida toma un giro oscuro. Se adentra en el mundo del narcotráfico y, con el tiempo, se convierte en la jefa de una poderosa banda de narcos paraguayos. Así nace «La Rey», un personaje que emana tanto respeto como miedo. Sin embargo, su ascenso está marcado por la traición y la violencia, lo que la obliga a huir a España, donde cae en las garras de una red de trata de personas. En la prostitución, Blanca se ve arrastrada por una trama aún más peligrosa, que la conectará con el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, donde se guarda un valioso espejo de obsidiana que podría tener las respuestas que ha estado buscando sobre su pasado. La historia de La Rey no solo es una exploración de la supervivencia en un mundo donde todo está en su contra, sino también una indagación profunda sobre la memoria, el olvido y el precio que uno paga por vivir.
Limpiar, coger y matar
Pregunta: ¿Cómo surgió la idea de tu personaje femenino?
Respuesta: Todo empezó con una decisión y un toque de azar. Suelo decir que las novelas tienen un punto de origen claro y en este caso fue así. Tenía claro que quería contar la historia de una mujer que atravesara un proceso muy duro, que fuera víctima de muchas situaciones adversas, pero que lograra empoderarse y devolver golpe por golpe. En algún momento pensé que tenía que ser una mujer paraguaya. Pero claro, ahí me metí en un lío con el habla, porque el guaraní es una parte fundamental del lenguaje y la identidad paraguaya. Me puse a estudiar, viajé a Paraguay, recopilé información y conocí a personas con historias muy fuertes.
Mientras tanto, aquí en España, tengo un amigo llamado Américo, que trabaja en un museo y un día, cuando lo fui a buscar para tomar unas cañas, me dijo: “Te tengo que mostrar algo increíble”. Me llevó a ver un objeto que me dejó completamente fascinado: un espejo negro azteca, hecho de obsidiana. Es un objeto impactante, que refleja pero no refleja. Me contó la historia detrás del espejo, cómo los aztecas lo usaban en rituales y el vínculo que tuvo después con alquimistas como John Dee. Durante meses le insistí a Américo en que escribiera sobre el espejo porque me parecía una historia maravillosa. Al principio, tenía dos historias separadas: por un lado, la de la protagonista paraguaya y, por otro, la historia del espejo. Pero cuando encontré la conexión entre ambas, la novela empezó a tomar su verdadera forma.
P: O sea, que en un principio no pensaste en ningún momento en introducir el espejo.
R: No, al inicio no tenían ninguna relación. Yo estaba escribiendo la historia de Blanca Rosa, que más adelante se convierte en La Rey, una mujer que había sufrido abusos, que tenía un pasado muy difícil y que acababa involucrada en el narcotráfico. Pero cuando descubrí el espejo negro, me di cuenta de que esa historia también merecía ser contada. Un día, recordé que en uno de mis viajes a México había recogido una piedra de obsidiana. Busqué entre mis cosas y ahí estaba. Entonces pensé: “Esto es una señal”. En ese momento supe que podía unir ambas historias, que la piedra de Blanca Rosa podía estar conectada con el espejo negro de Madrid. Y esa conexión le dio a la novela un giro completamente diferente.
P: ¿Alguna vez te habías sentido interesado por un objeto similar a este?
R: No.
P: ¿O es la primera vez que algo te impacta tanto a nivel geológico y sobrenatural?
R: Sí, podría decirse que es la primera vez. De hecho, en mi novela anterior, No pidas nada, que editó Alfaguara, hay una escena donde aparece un fantasma en una sesión de espiritismo. Es una novela muy dura que empieza en Buenos Aires y termina en Brasil, con un periodista argentino y una periodista brasileña infiltrándose en una favela mientras investigan una secta.
Lo del fantasma lo puse casi como una prueba. Quería ver cómo reaccionaba la gente, si les resultaba creíble o no. Pero nadie me dijo nada. Y eso me hizo pensar: ¿por qué nadie cuestiona que haya un fantasma en una novela que, en teoría, es realista? Y la respuesta es simple: porque en América Latina, lo sobrenatural convive con lo cotidiano de una manera muy natural. Yo soy una persona con muy poca fe. No creo en casi nada. Pero entiendo que haya gente que sí cree, porque lo veo todo el tiempo. En América Latina, en cualquier barrio humilde de Argentina, siempre hay alguien que dice curar con las manos, alguien que hace rituales, alguien que tiene una conexión con lo inexplicable. La gente cree en cosas que, para otros, pueden parecer imposibles. Y eso me interesa mucho en la literatura. En América Latina, la frontera entre lo real y lo maravilloso es muy difusa. No necesitamos justificar lo sobrenatural porque forma parte de nuestra tradición narrativa. Por eso, nuestras novelas tienen esa marca: no mejores ni peores que otras, pero distintas.

P: Has dicho antes que no crees en casi nada, pero el espejo negro tiene un trasfondo muy ligado a lo sobrenatural. ¿Cómo te tomas esa historia?
R: Yo soy alguien con muy poca fe. Y no es algo de lo que me enorgullezca, al contrario, me da pena. Me gustaría creer en algo, pero no me sale. Veo a tanta gente creyendo en cosas y pienso: «¿Por qué yo no?» Mi acercamiento a estos temas siempre es con mucho respeto. Por ejemplo, el otro día, Jesús Fernández Úbeda, un periodista y escritor español que presentó mi novela, me decía: “Pero yo estuve en tu casa en Buenos Aires y vi que tienes un altar”. Y es cierto, tengo un altar con objetos que fui recogiendo: vírgenes, figuras, cosas que tienen un significado espiritual para otras personas. No porque yo crea en ello, sino porque me gusta la idea de que tengan un valor simbólico.
Tengo amigos sacerdotes que me dicen que soy una persona muy espiritual, aunque no crea en nada. Y yo pienso: “¿Cómo puede ser eso posible?” Pero parece que sí lo es. Me acuerdo de un amigo en Brasil, Carlos Miranda, que hacía candomblé y era marxista. Un día le pregunté cómo podía ser ambas cosas a la vez, porque el marxismo es ateo y el candomblé es completamente espiritual. Y él me respondió: “Porque soy brasileño”. Y ahí entendí que nada es tan simple. Con el espejo negro me pasa algo similar. No creo en lo sobrenatural, pero el objeto en sí me parece fascinante. Ojalá la gente, después de leer la novela, venga a verlo al museo, porque realmente es una joya. De todos los espejos de obsidiana que quedan en el mundo, este es uno de los más impresionantes. El del Museo Británico es famoso porque perteneció a John Dee, el alquimista de la corte de Isabel I. Y todos dicen: “¡El espejo negro de John Dee!” Pero este, el que está en Madrid, es igual o incluso más imponente. Es una maravilla.
Así que sí, aunque no crea en lo sobrenatural, me encanta escribir sobre ello. Porque al final, como decía Henry Miller, no importa si algo es cierto, importa que sea bello. Y a mí lo que me interesa en la literatura no es demostrar si algo es real o no, sino que funcione dentro de la historia. Que el espejo tenga un poder en la novela, que haga que los personajes y el lector se pregunten cosas. Lo demás es un buen cuento.
Pregunta: ¿Tuviste alguna inspiración real para el personaje de Blanca Rosa?
Respuesta: Sí, aunque no fue algo planeado. Hace muchos años trabajó en mi casa una mujer paraguaya. Yo me había mudado a una casa antigua y grande, y necesitaba ayuda con la limpieza. Así fue como la conocí. Yo siempre he sido muy curioso, no sé si por la literatura o por el periodismo, pero siempre me ha gustado escuchar historias. Hablábamos mucho antes de que yo me fuera a la radio, y ella me contaba sobre su vida. Era una historia muy dura, con muchas dificultades. En aquella época, se me ocurrió una idea bastante oscura: que alguien con una historia como la suya tuviera el derecho de vengarse de toda la gente para la que trabajaba. Llegué a escribir algo sobre eso, pero el proyecto quedó en un cajón. Cuando empecé a construir el personaje de Blanca Rosa, esa idea volvió a mi mente. Y pensé que podía ser interesante darle voz a alguien que normalmente queda invisibilizado, a una mujer paraguaya, porque Paraguay es un país del que apenas se habla, incluso en la propia región.
Pregunta: En la novela usas los nombres «Blanca» y «La Rey» en distintos momentos. ¿Por qué?
Respuesta: Es una forma de representar su transformación. En los momentos de fragilidad, es Blanca. Es la niña que sufrió abusos, la joven que no tenía herramientas para defenderse del mundo. Pero cuando se convierte en La Rey, es cuando toma el control de su vida, cuando empieza a pelear por sí misma. Creo que ella realmente se convierte en La Rey cuando llega a Madrid y tiene ese enfrentamiento con su tía Rudy. Ahí es cuando recupera su esencia, cuando se da cuenta de que puede dar pelea otra vez. Me gusta pensar que en la vida hay dos nacimientos: el natural y el que ocurre cuando una persona descubre su verdadero deseo. Y en el caso de Blanca Rosa, ese segundo nacimiento ocurre cuando se convierte en La Rey.
Pregunta: ¿La novela es más sobre venganza o sobre redención?
Respuesta: Es ambas cosas. Hay una fuerte carga de venganza en la historia, pero también hay un proceso de redención que atraviesa al personaje. La venganza es un tema que me interesa mucho y que aparece en casi todas mis novelas. Está presente en la literatura desde siempre. Si lo piensas, Edipo es un thriller, alguien que mata a su padre, se acuesta con su madre, y cuando descubre la verdad, su destino es trágico. Hamlet es una historia de venganza, igual que tantas otras en la tragedia griega y en la literatura universal. La venganza es una de esas pulsiones humanas que hacen que una historia sea atrapante, porque mueve emociones muy intensas: odio, resentimiento, deseo de justicia. En el caso de La Rey, la venganza no es solo un acto de castigo, sino que tiene que ver con la supervivencia. Ella crece en un entorno brutal, donde todo el tiempo está en riesgo, donde no se le permite ser frágil. Cuando empieza a tomar el control de su vida, su manera de hacerlo es devolviendo los golpes que ha recibido. Es una venganza que no es gratuita, no es un capricho. Es una respuesta al mundo que la ha aplastado.
P: Pero al mismo tiempo, hay algo de redención en su camino.
R: ¡Sí! No es un personaje que se entregue completamente a la oscuridad. No es alguien que se vuelva despiadada sin más. Ella no es un villano puro, porque en su historia hay capas de dolor, de injusticia, de lucha. Creo que por eso genera empatía en los lectores. Nos hace preguntarnos: ¿el fin justifica los medios? ¿Hasta dónde se puede entender la venganza cuando alguien ha sido víctima de tanto sufrimiento? ¿En qué momento deja de ser una forma de justicia para convertirse en otra cosa? Además, en la novela hay otros personajes que funcionan como espejos de La Rey, que la acompañan en ese proceso de transformación. Está Maruca, que también ha sido víctima de un sistema brutal y que de algún modo representa otro tipo de resistencia. Y está Salvador, que tiene su propio concepto de la justicia, su manera de buscar la verdad en un mundo donde la verdad es escurridiza. Para mí, el libro no da respuestas cerradas. No es una historia donde haya un juicio moral definitivo. No hay una moraleja de “esto está bien” o “esto está mal”. Hay un personaje que lucha, que sobrevive, que toma decisiones difíciles. Y creo que ahí es donde la historia se vuelve interesante.
P: Blanca Rosa tiene tres habilidades clave: coger, matar y limpiar. ¿Por qué elegiste estas «habilidades»?
R: Yo tenía una idea en mente: ¿en qué es buena una persona? A veces pienso en eso, incluso sobre mí mismo. Me pregunto: ¿para qué sirvo yo? ¿Cuáles son mis habilidades? Una vez, en una conversación, alguien me preguntó eso mismo: “¿Cuáles son tus habilidades?” Y me quedé pensando. La verdad es que creo que soy bastante inútil en muchas cosas, pero sé contar historias. Contar es una de las pocas habilidades que tengo y, en el fondo, es algo que me salvó la vida. Vivo de eso. En el periodismo y en la literatura, contar es fundamental, aunque con enfoques diferentes. En el periodismo no puedes mentir, no puedes inventar. O por lo menos, no deberías. La literatura, en cambio, te da libertad para inventar lo que quieras: personajes, situaciones, hasta objetos con facultades mágicas. Te permite jugar con cualquier cosa. Así que, cuando pensé en La Rey, me pregunté: ¿en qué puede ser buena? ¿Cuáles son las habilidades que le han permitido sobrevivir? Y esas tres habilidades –coger, matar y limpiar– surgieron como una manera de definir su vida, su instinto de supervivencia, su forma de moverse en un mundo hostil. No hay más que eso. Fue un juego literario, una manera de construir su personaje.
P: Hay una escena de sexo con Maruca que no es tanto erótica, sino más bien sanadora. ¿Crees que el sexo puede ser una herramienta de curación?
Respuesta: No lo sé. Y «no lo sé» es una frase que rara vez usamos en el periodismo y tampoco demasiado en la literatura, pero es la verdad. No sé si el sexo puede ser una herramienta de curación, pero en el contexto de la historia, me pareció que la relación entre La Rey y Maruca fluía de forma natural hacia ese punto. No lo forcé, simplemente sentí que la historia lo pedía. En su mundo, donde la violencia es constante, donde los cuerpos han sido usados y abusados, el sexo entre ellas no es un acto de poder ni de sumisión, sino una forma de entendimiento mutuo. Algo que se da porque ambas lo necesitan, porque es lo único que pueden ofrecerse la una a la otra en ese momento. Justo ayer, Américo me pasó un texto de C.S. Lewis, el autor de Las crónicas de Narnia, que también era un experto en literatura medieval. Él hablaba de los cuatro tipos de amor según los griegos: el amor erótico, el amor filial, el amor a los padres e hijos y el amor entre amigos. Y en ese texto se plantea que entre la amistad y el erotismo a veces hay una línea difusa. Cuando leí eso, pensé que, de alguna manera, era lo que yo había intentado plasmar en la novela. No es que el sexo en sí sea la herramienta de curación, pero sí es un momento de conexión entre ellas. Un acuerdo, una tregua, un acto que las une sin necesidad de palabras. Algo que, al menos por un instante, las hace sentir menos solas en el mundo.
P: ¿Qué tan peligroso crees que es para una mujer ocupar una posición de poder dentro del mundo del narcotráfico, como lo hace La Rey en cierto punto de la novela?
R: Tengo la tentación de responder “no sé” otra vez. No es común que las mujeres lleguen a liderar este tipo de organizaciones, pero ocurre. Un caso muy conocido en la ficción es Teresa Mendoza, el personaje de La reina del sur de Pérez-Reverte. En América Latina y en Argentina, ha pasado que, cuando los líderes de estas organizaciones caen presos o son asesinados, en algunos casos son las esposas quienes toman su lugar. Esto ocurre sobre todo en estructuras criminales donde la confianza es clave. El caso de Teresa Mendoza es el más icónico porque Pérez-Reverte basó su personaje en una persona real. Pero a veces comparan La reina del sur con La Rey y, sinceramente, no tienen nada que ver. Teresa Mendoza es un personaje con un recorrido completamente diferente. En cambio, La Rey es, en gran parte, una víctima de las circunstancias. No es alguien que busca el poder ni que se construye como una figura fuerte desde el principio.
Pregunta: Sí, es una chica que termina en esa posición casi sin buscarlo.
Respuesta: Exacto, el nombre de «La Rey» le cae casi como un apodo despectivo, y ella después lo resignifica y lo convierte en su identidad. No es alguien que planifique su ascenso dentro del mundo criminal, sino que, en cierto punto, entiende que para sobrevivir tiene que asumir ese rol. Es una lucha de poder, pero también de identidad, de darse cuenta de que puede tomar las riendas de su destino. Por eso, cuando alguien compara ambas novelas, siento que quien lo hace no ha leído ninguna de las dos. Y como escritor, lo que uno hace es tomar fragmentos de la realidad, de historias que ha escuchado, de cosas que se han visto, y transformarlas en algo propio. En el caso de La Rey, muchas de sus características surgieron de lo que fui observando a lo largo de los años. A veces los escritores guardamos cosas sin saber muy bien para qué, y un día, de repente, todo encaja. Por ejemplo, que La Rey sea paraguaya viene de aquella chica que trabajó en mi casa hace años. En su momento no pensé que eso tendría relevancia, pero pasaron trece años y un día esa idea volvió, como si hubiera estado esperando su momento para salir a la luz.


