La casi autoficción y el absurdo: cómo una cabra puede ser el espejo de una mujer… o también se le llama El ataque de las cabras, de Laura Chvite
Tienes que leer este texto imaginando que eres una cabra. Visualízate del tamaño que seas en la vida real e imagina que, por X cosa del destino, un gas misterioso ha sido rociado por toda la Tierra y nos hemos convertido todos en cabras. A partir de ahora, todas tus decisiones y acciones serán vistas en una tercera persona extraña, fabulesca, que jamás hubiese sido posible si no te hubieses convertido en cabra.
Algo parecido pasa en El ataque de las cabras de Laura Chivite. No se rocía ningún gas sobre la Tierra: la narradora, una joven que, tras años de separación, se reencuentra por casualidad con su tía Lidia en una lluviosa tarde madrileña. Gracias a esta reunión imprevista, la protagonista recuerda el tiempo en el que vivió en casa de su tía Lidia, quien invento un juego típico de un Elige tu propia aventura en el que ella debía ir eligiendo el destino de una pobre cabra que parecía tener una vida parecida a la suya. Lo que antes parecía una relación familiar superficial, se transforma en un vínculo mucho más profundo cuando Lidia, tras su divorcio, se convierte en una figura central en la vida de la protagonista. Cuando la joven llega a la adolescencia, decide mudarse con su tía, buscando en ella una alternativa a la vida que conocía. Así, Lidia se convierte en una mentora, compartiendo secretos familiares y enseñando lecciones valiosas, mientras la protagonista observa y aprende.
Ahora imagina que eres otra cabra distinta a ti misma. No eres grande, ni pequeña, eres más bien del montón. Vives en Madrid y llevas una vida muy ajetreada (suelen ser sinónimos). Sueles leer muchos libros y, un día, te proponen entrevistar a Laura Chivite. Tienes varias opciones:
a) Miras esa estantería llena de libros (conocida por algunos como TBR, para hacernos sentir más literarios) y un escalofrío te recorre todo el cuerpo. Estás a punto de agregar otro libro a esa montaña que nunca parece disminuir. Dices que no, que ya basta, que primero terminas los pendientes, que «aquí no caben más». Te niegas en rotundo a leer en ePub con tal de sumarte a la corriente literaria de los intensos. «Es lo que hay», dices. O tal vez no, pero esa es otra historia.
b) Te lanzas al desafío. El libro llega, te lo devoras en una sentada (¿qué otra cosa vas a hacer con tu vida?) y, como la profesional que eres, te sientes lista para la entrevista. Preparas unas preguntas tan brillantes que hasta la autora querría tomarlas prestadas. Llegas al sitio, te saludan, te sientas con toda la confianza del mundo… y entonces, ves a la autora. La miras, y de repente, te encuentras con un horror en tu rostro: su libro no tiene absolutamente nada que ver con el que habías leído. Su cara tampoco tiene que ver con la foto que hay en la contraportada. Y ahí, en ese preciso instante, tu cerebro hace el clic: Has leído el libro equivocado. El pánico te embarga, pero no hay marcha atrás. Improvisas, lanzas preguntas como si fueras una experta en el tema (aunque ni tú misma sabes de qué estás hablando) y, al final, logras que la entrevista se convierta en una charla sobre un libro completamente distinto. Al menos no has muerto en el intento.
c) Dices que sí. Libro correcto y autora correcta. Te encuentras con el mejor libro que has leído en semanas y a medida que lo lees le vas enviando párrafos a tus amigos preguntándoles qué decisiones escogerían. Te ríes (¡Te ríes!), relees párrafos que consideras interesantes, te dejas llevar por cada giro de la trama y, para colmo, ¡doblas páginas! ¿Quién eres? Pero despreocúpate: sigues siendo un poco desastre y vives en Madrid (recuerda el sinónimo), así que lo terminas a las doce y media de la noche porque has ido preparando las preguntas a medida que has ido leyendo (sí, eso está pasando). No te supone un suplicio, sin embargo. El libro te ha gustado, y crees que la entrevista puede ser buena.
La opción b) hubiese sido muy graciosa, pero el destino ha elegido la c).
El ataque de las cabras de Laura Chivite es uno de esos libros que te atrapan de principio a fin. No se trata solo de una historia de cabras y juegos absurdos, sino de un reflejo de la vida misma, esa en la que nos enfrentamos a elecciones inesperadas y nos vemos, a veces, atrapados en las decisiones de los demás. Logra mezclar lo surrealista con lo cotidiano de una manera tan fresca que te engancha desde el primer capítulo. Chivite tiene una capacidad impresionante para fusionar lo absurdo con lo real, llevándonos a cuestionar las elecciones que hacemos todos los días de una manera poco convencional: juega con la forma y el contenido, con la realidad y la fantasía, y nunca pierde su tono fresco y provocador, hecha, especialmente, para gente que ríe.
A través de las aventuras de la protagonista y su tía Lidia, El ataque de las cabras nos invita a reflexionar sobre cómo las personas que más amamos pueden, a veces, convertirse en los principales motores de nuestras vidas, dándonos fuerza, pero también arrastrándonos a situaciones inesperadas. Lo que parece un juego de «elige tu propia aventura» en un primer momento, se convierte en una compleja exploración de la identidad y el destino, en la que las cabras dejan de ser simples animales para convertirse en metáforas de las múltiples caras que puede tener la vida.
Aviso a navegantes: Laura Chivite cuenta que la verdad no existe, que la ficción lo es todo, y que nunca conocemos realmente a quienes nos rodean
Pregunta: ¿De verdad hay que tener cuidado con las analogías?
Respuesta: Sí, creo que hay que tener cuidado con las analogías. Yo tiendo demasiado a reducir el mundo a través de ellas, y me parece que es un mecanismo de supervivencia para no enfrentarte al hecho de que todas las cosas son diferentes entre sí. Tiendo mucho a tener un pensamiento muy dicotómico. Por ejemplo, ayer estaba hablando con una amiga sobre la diferencia entre amor y obsesión. Yo decía: «El amor es esto, la obsesión es esto otro». Y mi amiga me respondió: «Siempre estás haciendo dicotomías, como si las cosas no se entrelazaran para ti». Me hizo pensar que, en realidad, amor y obsesión no son tan diferentes, o al menos no tan separables como yo los planteaba. Creo que con las analogías me pasa lo mismo. Es una manera de decir: «Vale, esto es igual que esto, por lo tanto, será así». Y claro, la realidad no funciona siempre de esa manera. A veces las analogías y los paralelismos no son tan obvios. En mi caso, sí creo que tengo que tener cuidado y atarme las manos un poco, porque si no, termino viendo conexiones que en realidad no están ahí. Porque luego todo es muy diferente entre sí.
P: ¿Entonces, qué ha supuesto para ti escribir esta novela?
R: Pues nunca había escrito una novela antes. Había escrito cuentos, eso sí. Y ha sido… no sé, me sentí muy bien escribiéndola. Descubrí que me encanta esta forma de escribir, un proceso tan largo. Me sentí muy a gusto y, sobre todo, comprobé que quiero dedicarme a esto.
P: ¿Y qué significa para ti el título de la novela? O sea, ¿qué es El ataque de las cabras?
R: Antes nunca pensaba los títulos de antemano. Por ejemplo, en Gente que ríe no encontraba un título. Al final, me junté con mi editor de ese libro, que fue Jonás Trueba, y conseguimos dar con él. Pero ahora, desde hace bastantes años, primero me viene el título y luego me pongo a escribir, ya sea un relato o una novela. Insisto, con la novela de ahora solo tenía el título, y a partir de ahí fui construyendo. Y con El ataque de las cabras pasó igual: el título me vino de una manera muy poderosa y muy fuerte. A partir de ahí, construí la historia. Pero si te soy sincera, lo que más me gustaba era cómo sonaba El ataque de las cabras. Luego hay un fragmento en El ataque de las cabras en el que la tía Lidia está totalmente desquiciada y muy triste, y fantasea con un montón de cabras arrasando con absolutamente todo, con una destrucción del mundo tal y como lo conocemos. El ataque de las cabras hace referencia a ese momento, a ese anhelo que a veces se tiene de que todo se destruya para poder empezar de nuevo. Para que algo pueda nacer, primero tiene que destruirse tal y como se conocía.
P: También hay una especie de absurdo abarcando toda la novela. ¿Por qué decidiste tirar por esa corriente?
R: Creo que mi cabeza funciona así inevitablemente. Tiendo a la fantasía, y tenía muy claro que quería narrar la relación entre una tía y su sobrina. Yo creo que en todo lo que escribo, la base, mi obsesión o el eje, siempre son las relaciones humanas. Cuando intento construir algo intimista, inevitablemente me nacen elementos fantásticos, un humor absurdo, un humor oscuro incluso. Entonces, no es una decisión. De hecho, a veces me gustaría escribir un relato o una novela muy realista, como podría ser esta, pero quitándole todos los elementos fantásticos. Pero creo que sencillamente es imposible para mí, no lo elijo. Me nace así.
P: ¿Creas el juego de la cabra como una fábula del paso a la edad adulta?
R: Pues al principio, cuando empecé a pensar en la idea de la novela, me vino por un lado la relación entre la tía y la sobrina, y por otro lado, la cabra parlante. Pero no veía la correlación. De hecho, me planteé que tal vez lo de la cabra fuese un relato aparte. Luego lo fui uniendo. Como durante toda la novela vemos a Lidia solo a través de los ojos de la narradora—porque es la narradora la que está hablando de ella—también me apetecía escuchar la voz de tía Lidia, ver su cabeza. Y al final, las tres fábulas que Lydia le cuenta a la narradora son una manera de darle voz, de mostrar su mundo interior. Porque todo el rato la narradora dice: «Mi tía era fascinante, era muy imaginativa, era muy especial, la admiraba mucho».
P: La narradora de la novela—que si no recuerdo mal, no tiene nombre—ha estudiado lo mismo que tú. ¿Manejas en la novela los límites de la autoficción?
R: Ajá, sí. Aunque la familia de la narradora e incluso su personalidad no soy yo. Hay fragmentos en los que ni siquiera me cae bien la narradora, la verdad. Y la familia que tiene no se parece en nada a la mía: ni sus padres, ni su abuela, ni nada. Pero luego, en la última parte de la novela, los últimos cinco capítulos sí que son mucho más autobiográficos: ella en Granada, estudiando literaturas comparadas. Todo este mundo tal y como se describe, y también el venir a Madrid. Eso es claramente mi vida. Entonces me gustaba jugar con la autoficción, pero de una manera tramposa, porque era solo a ratos.
P: ¿Y por qué decidiste hacerlo solo a ratos? También has dicho que te cae mal la protagonista en ciertos momentos, entonces… ¿Por qué fundirla con tu propia vida?
R: Porque me resultaba más sencillo así y, sobre todo, más interesante. No suelo colocarme a mí misma en los textos, pero cuando quería que esta adolescente que había creado creciera y que su mundo evolucionara, me pareció mucho más fácil e interesante que avanzara tal y como avanzó mi propia vida. Por eso la puse en Granada, luego en Madrid, etcétera.
P: ¿Y qué supone para ti escribir una familia con superpoderes?
R: (Risas) Creo que me apetecía que los superpoderes y los elementos fantásticos no aparecieran desde el principio, porque me parecen casi anecdóticos. No creo que sean lo más importante de la novela. Lo del vampiro del final es casi ya una sacada de polla que me flipó. Yo estaba en mi casa, re loca, diciendo: «Voy a hacer lo que me salga del coño aquí y que sea vampiro».
P: ¿La telequinesis de tía Lidia funciona más como una metáfora más que como un hecho real hacia los sentimientos desbordados?
R: Sí, claro, como cuando estás súper embajado o cuando estás totalmente deprimida, haces cosas que no puedes controlar, ¿no? Algo así. Creo que es una metáfora de eso. De hecho, creo que en ningún momento de la novela, ahora que lo pienso, digo explícitamente que Lydia tenía depresión. No recuerdo haber dicho esas palabras. Se sobreentiende por lo que hace. Claro, entonces la tía estaba realmente deprimida. Es como cuando estás muy mal, en los momentos más bajos de tu vida, a veces haces cosas completamente absurdas que no puedes controlar, como si tu ser mismo estuviera fuera de control. Entonces, creo que los poderes especiales, en este caso, funcionan como una metáfora de cómo actúa la gente cuando está mal, ¿no? Al final, las emociones reprimidas, para ti, parecen tergiversar un poco tu entorno físico.
P: Y entonces, ¿hasta qué punto podemos entender cosas sobre nuestra familia para comprendernos a nosotros mismos?
R: A mí me interesa muchísimo mi pasado familiar, que insisto, no es el de la novela, pero también tiene sus tintes, sus matices. Al final, es algo que pasa en todas las familias, ¿no? Tiene sus propias particularidades. Me parece fundamental conocer el pasado para entender el presente, no solo en la familia, sino también en la historia. Cada vez que conozco más a mis padres, me conozco más a mí misma. O cuando conozco la juventud de mi madre, entiendo más cosas de mí. Para mí, al menos, es vital. Además, con esta obsesión que tienen muchos escritores de querer entender la realidad, de asirla y mirarla desde todos los ángulos, a mí me gusta observar cada aspecto de la realidad desde todos los posibles, como si fuera una visión panorámica. El pasado no deja de ser una pieza más que me ayuda a entender lo que me rodea.
P: O sea, que a ti también te obsesiona.
R: Sí, soy una persona profundamente neurótica y obsesiva, así que cada uno con lo suyo, está bien. (Ríe)
P: Y la fábula de la cabra Juana también es un espejo de la vida de la protagonista, ¿no? ¿Tú crees que necesitamos la ficción para entendernos?
R: Yo, completamente, sí. No sé qué sería de mí sin ficción, no puedo ni imaginarlo. Es como… ¿qué sería de Chavela Vargas si no hubiese vivido en México? Pues, ¿qué coño, sabes? Se fue allí e hizo todo lo que hizo. Pues para mí es lo mismo. Yo consumo una cantidad de ficción casi patológica. Veo una película al día, leo tres horas al día, estoy escuchando música todo el rato, que no deja de ser una forma de ficción. Mi cabeza está todo el día inmersa en mundos ficticios, y no puedo ni diferenciarme de la ficción. Yo soy ficción. Me gusta mucho narrar las cosas que me han pasado, aunque, inevitablemente, toda narración es ficción. Incluso si cuentas lo que te pasó con tu amante la noche anterior, estás creando una narrativa, estás ficcionalizando algo. Entonces, sí, las ficciones son necesarias para mí, al menos no voy a generalizar. Y sobre todo las referencias, me parecen muy importantes. Se habla mucho de las referencias, no solo en la escritura, sino también como persona queer. Cada vez hay más, afortunadamente, en el mundo de la ficción. Cuando yo era adolescente no había ninguna. Y al no tener referencias, al no tener personajes de ficción en los que poder reflejarme, no me entendía a mí misma. Así que sí: los espejos ficcionales en los que nos miramos me parecen fundamentales.
P: La novela deja abierta una pregunta sobre si realmente somos dueños de nuestra vida o si estamos viviendo en un «Elige tu propia aventura». ¿Decidimos en nuestra propia vida?
R: Yo quiero creer que sí, que somos dueños de nuestra vida. Aunque te podría dar una respuesta larga, porque vivimos en un mundo profundamente capitalista y precario, hay muchas cosas que escapan a nuestro control. Entonces, lo de ser dueña de nuestra propia vida, creo que suena un poco a «californiana rica», ¿sabes? Esa idea de que si tomas tus propias decisiones, puedes hacer lo que quieras con tu vida. Desde un punto de vista político y social, te diría que, desgraciadamente, no somos del todo dueños de nuestra vida. Cada vez hay menos sanidad pública, cada vez está más complicado vivir, sobre todo en ciudades como Madrid. Pero, desde un punto de vista más interno, sí creo que podemos ser dueños de nuestra vida. Al menos tenemos que luchar por serlo, por tener algo dentro de nosotros, algo intacto que sea nuestro, y por dialogar con nuestras emociones.
P: ¿Y crees que, en el fondo, tenemos mucha decisión en las personas en las que nos convertimos? Por ejemplo, en elegir actuar con generosidad, amar con inteligencia, no sufrir inútilmente, elegir no hacer el mal, elegir la bondad.
R: Me parece que la peor postura que una persona puede tomar es el cinismo, el fatalismo, la derrota. Lo que nos rodea a menudo es pesadillesco, pero no lo aceptemos. Luchamos, con o sin violencia, ambas opciones me parecen válidas. Así que sí, en cuanto a ser dueños de nuestra vida, la respuesta es larga. No te puedo dar un «sí» o un «no», pero va por ahí, todo esto.
P: Sobre Refugio, ¿hasta qué punto la demencia habla la verdad?
R: (Ríe) No tengo ni idea. Este personaje es completamente ficticio. Yo tenía una abuela que sería el equivalente a Refugio, la madre de mi madre. Viví con ella un par de años, sus últimos dos años de vida. Ella era un absoluto ángel, muy poderosa y luminosa. Aprendí mucho de ella. No tuvo demencia, murió de cáncer, y sus últimos meses fueron muy tranquilos. Luego, mi otra abuela, que sigue viva, es la madre de mi padre, y también es increíble. Ella tiene una memoria impresionante, más memoria que yo y que todos sus hijos juntos. Se acuerda de todo, incluso de detalles como lo que llevaba Cary Grant en una película de hace 60 años. Es muy sensata, muy cabal, lo opuesto a la demencia. Así que, no, no tengo referentes con demencia a mi alrededor, lo cual es una suerte. Y respecto a si la demencia habla la verdad o no, creo que no. Al final, es demencia. Es como cuando estás borracha, ¿hablas la verdad o no? Bueno, un poco, pero diría que más que cuando estás borracha, sería cuando estás enfadada, ¿dices la verdad o no? Creo que no. Creo que cuando estoy muy enfadada y discutiendo con una amiga o con mi pareja, no estás hablando desde tu parte racional. Estás soltando veneno. Entonces, creo que en la demencia también se habla un veneno. No es la verdad en mayúsculas.
P: ¿Existe una verdad inmutable y objetiva del pasado?
R: La verdad en general no existe, y menos del pasado. De hecho, es increíble y vertiginoso hablar con una ex pareja, poner cosas en común y darte cuenta de que habéis vivido dos historias que no tienen nada que ver. Y dices, «¡guau! ¿Y cuál es la verdadera?» Ninguna de las dos. Todo es subjetivo. No existe la verdad, ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro.
P: ¿Por qué dices que no existe la verdad?
R: Porque somos subjetividades muy diferentes. Somos 7 mil millones de personas, cada uno con su propia percepción. Sí que existen ciertas verdades, pero en general, algo como la verdad universal no creo que exista.
P: ¿Puedes tener verdades contigo misma?
R: Yo sí. Llego a verdades dentro de mí. Además, las dos citas con las que abro el libro, de Chantal Akerman y Pessoa, hablan de ese momento en que vas caminando por la calle y te das cuenta de una verdad. Tengo amigas filósofas, y ellas siempre mencionan el concepto de «claro en el bosque» de María Zambrano. Es lo mismo que el poema de Pessoa. Ese momento en el que como persona, encuentras una verdad. Yo voy en busca de verdades constantemente, pero luego no podría decir algo como «la verdad». A nivel político, te diría ciertas verdades que pienso que son ciertas, pero a nivel personal o narrativo, creo que es muy difícil encontrar una verdad universal, sobre todo con el tema de la familia. La memoria, por ejemplo, ¿cuál es la verdad? Tú me traicionaste a mí, yo a ti… ¿cómo se puede saber?
P: ¿En tu novela, realmente te alivia que Lidia o Irene, la madre de la protagonista, la dejen de criar en algún momento?
R: Sí, un poco. Creo que de alguna manera la abandona. No es tanto que la deje de criar, sino que la abandona. Primero vive con ella, luego a Lidia se le va un poco la cabeza y dejan de ser amigas, que es un poco lo que eran antes, más que tía y sobrina.
P: ¿Es posible conocer realmente a nuestros padres? ¿Es posible conocer realmente a alguien?
R: Nunca llegamos a conocer realmente a la gente. Lo más importante de mi vida son mis amigas. Siempre las he tenido y también mi familia. Pero me obsesiona mucho conocer en profundidad a las personas. Vivo con tres amigas a las que pienso que conozco en profundidad. Una la conozco desde hace 10 años, otra desde hace 7, y otra menos tiempo, pero siento que nos conocemos perfectamente. ¿Pero se puede realmente conocer a alguien? Creo que no, porque no podemos conocernos a nosotros mismos. Entonces, si no nos conocemos, tampoco podemos conocer a los demás, ni a los padres.
P: ¿Qué es lo que más te ha gustado de escribir El ataque de las cabras?
R: Lo que más me ha gustado de escribir El ataque de las cabras es haberme conocido a mí misma a través de lo que contaba. En ese proceso de escribir, hay algo que te posee y empiezas a hacer reflexiones que quizás no habías hecho de manera consciente. Es algo precioso cuando ocurre. Y también, me he reído mucho. Lo que más me interesa de la escritura es el proceso. Ahora, claro, estoy muy contenta de que se haya publicado, me siento muy afortunada. Pero lo más importante para mí es el proceso, estar sola en mi habitación escribiendo. Esa es la parte que más valoro ahora. El libro ya es de otros, ya no es mío, pero al final estoy muy agradecida de que hayan confiado en este disparate que ahora está siendo leído. Lo que más me ha gustado es todo lo bueno que me ha dado escribirla, porque durante un año estuve pensando en la novela. Todos los días pensaba en ella, aunque no todos los días escribía. Cuando estaba esperando a una amiga o al tren, o cuando estaba sufriendo por algo, mi cabeza se iba hacia la novela. Es como un bálsamo perfecto para la realidad.
P: ¿Y de qué forma te conociste escribiendo El ataque de las cabras?
R: Creo que la novela trata sobre todo del desencanto. De las primeras veces que te fascinas con alguien y esa persona te decepciona o sale de tu vida. A través de esta relación, he conectado con el adolescente que fui, me he reconciliado con personas de mi pasado. Si logras que la escritura o la literatura te permitan reconciliarte contigo misma, entonces genial.

