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La falsa ‘Odisea’ de la capital

Hay un canon literario que repercute en todas las obras literarias habidas y por haber. Desde que Homero instauró la marcha del héroe y su regreso a casa, hemos visto en miles de ocasiones cómo este vaivén se repite una y otra, y otra vez. Como con todo, la ficción se asemeja a la realidad y la realidad a la ficción, entonces no es coincidencia que un ser humano corriente quiera marcharse de casa para luego volver a ella. En La Iliada y en La Odisea, así sucede. ¿Por qué no va a suceder lo mismo en nuestras vidas?

He tenido la oportunidad de poder irme de Madrid varias veces y la primera vez que sentí que la ciudad me estaba expulsando fue cuando, en Tenerife, me dijeron: “Se nota que eres peninsular… de la capital”. El calificativo “de la capital” me dejó a cuadros, y quise ahondar en ello para saber a qué se refería, con algo de miedo. “No, nada, que te mueves con mucha prisa”, me respondió. Respiré hondo, pero no mucho. ¿Qué es ‘moverse con mucha prisa’?

Literal a más no poder, empecé a fijarme en la forma en la que caminaba y a compararme con el resto. Puede que caminase más rápido de lo normal. ¿Por qué? Nunca he sido de las más rápidas, ni mucho menos, pero hubo un punto en mi vida en el que empecé a caminar con prisa. Notaba la diferencia en Tenerife y me sentía como si hubiese bebido diez litros de la peor cafeína del mundo. ¿Iba yo acelerada o estaba dejando el mundo atrás?

Cuando volví a Madrid noté cómo La Odisea se empezaba a mimetizar en mi piel. No es que yo fuese Odiseo ni estuviese pasando por unas desventuras increíbles para poder volver a mi barrio… es que seguía caminando deprisa, y lo peor es que me había dado cuenta de que todos en Madrid caminaban a mi velocidad.

¿Y eso qué significaba?

Nunca lo había pensado hasta ese momento en el que pude tener (por una temporada) los pies fuera de Madrid… pero la mente en la capital. El contraste fue tal que empecé a plantearme por qué Madrid era mi modelo de ciudad y por qué todos caminaban en la velocidad a la que yo iba. ¿Por qué andábamos tan deprisa? ¿Teníamos miedo de dejar algo atrás… o de que la ciudad nos expulsase?

Tener un piso en el interior de la M30 es solo posible para altas rentas, inversores o aquellos que por herencia poseen un apartamento que ni en mil vidas siguientes podrían permitirse. “El centro” cada vez es más difuso, aunque para los que no somos del centro, los límites están bastante claros. De puertas hacia afuera, Madrid tan solo parece ser “el centro”, pero no lo es. La gente de ese centro existe, y por desgracia, aquellos a los que nos duele el corazón cada vez que vemos Manolito Gafotas porque nos sentimos terriblemente identificados con su situación, tenemos que competir con aquellos por avanzar a su misma velocidad en una ciudad que desea escupirte a toda costa. A veces parece que los 21 distritos de Madrid no son para todos.  

Y esto lleva a un grado de diferenciación total. Soy de Madrid, pero no soy de “ese” Madrid. Sin embargo, los que estamos fuera de aquel rango, caminamos y corremos como “ese” Madrid y nunca podremos tener su misma velocidad. Es injusto. Más injusto es que hayamos tenido que coger ese ritmo como si fuese nuestro.

Los madrileños (y aquellos que viven en Madrid) parecemos atrapados en un lucha continua por la eficiencia y el rendimiento a cambio de una recompensa inexistente, ni siquiera para aquellos que se dejan la piel en jornadas interminables y semanas laborales infinitas. Puede que este ciclo de esfuerzo perenne sea lo que recuerde a La Odisea, donde cada paso hacia el regreso a casa parecía más un castigo que estar más cerca de la dulce recompensa de descansar en un hogar. Pero nos encontramos ante una Odisea moderna: la meta no es regresar a casa, sino la conquista de un ideal de éxito que parece siempre esquivo.

Hay un viaje para conseguir esto en el que la prisa y el constante movimiento se convierten en el ritmo de la vida cotidiana. En Madrid existe una burbuja en la que es muy fácil meterse y muy difícil salir si te sientes demasiado cómodo (o experimentas la falsa comodidad que conlleva acercarte al éxito) dentro de ella. La ambición desmedida hace que mi alrededor y yo misma estemos buscando oportunidades en la niebla y tengamos una sensación de gato de Schrödinger eterna… en la que estamos extrañamente cómodos. “Adáptate o te quedarás atrás”.

¿Y por qué me siento cómoda con esta presión? ¿A qué se debe esta especie de Síndrome de Estocolmo? Nos ponemos nerviosos cuando le quedan siete minutos al metro, pero cuando nos vamos de Madrid, entendemos que es normal que el tren pase cada quince minutos. ¿Por qué? ¿Por qué no se nos puede instaurar ese click cuando estamos en nuestro sitio? ¿Quién fue el primero que dijo que el tiempo aquí valía el triple?

Me gustaría no caminar tan deprisa y poder mirar la ciudad por encima del horizonte, no ir medio agachada para poder coger más velocidad e ignorar a los que tengo en frente. Dejar los cascos de aislamiento de sonido y respirar de la misma manera que lo hago cuando consigo salir de esta comunidad. “No se debe dormir en el mismo lugar en el que trabajas o estudias”.

Espero muchas cosas de mí, pero en realidad temo que sean tan circunstanciales que no pueda enfrentarlas. Temo que lo que tenga que cambiar para conseguir este ideal sea la ciudad, y no yo. Veo imposible salir del ciclón de productividad, y cada vez me conformo más con él. “No se está tan mal”… pero respiro hondo cuando salgo de Madrid. Experimento La Ilíada y cuando estoy en casa es La Odisea.

Quizás en esta Odisea moderna lo más importante no sea la velocidad a la que caminamos, sino la conciencia de nuestros pasos. Pero qué difícil es sacarla… sobre todo cuando tenemos tan poco tiempo para ello.

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