22.2 C
Madrid
sábado, 4 abril, 2026
22.2 C
Madrid
sábado, 4 abril, 2026

Guillermo Saccomanno: «En la literatura hay que tener malas intenciones»

«Ganar el premio Alfaguara es una conmoción», dice Guillermo Saccomano, y tras quedarse pensando unos instantes, añade: «Un masaje al ego considerable»

Los Esterházy llegan a un pueblo de la costa argentina y comienzan a regentar un antiguo hotel. Mamá, papá, niño y niña producen el efecto de una partícula enfermiza que se introduce en las grietas de una sociedad y arrasa con la dinámica cotidiana que se permite tener lo diminuto. La pareja actúa como amplificador de lo oculto y la violencia larvada dentro de la consciencia de muchos habitantes del pueblo. «Es una recompensa a todos los tropiezos, traspiés, y dificultades que tiene este oficio. Te da un respiro y te permite pensar en el mañana con menos sobresaltos», continúa diciendo Guillermo sobre de su victoria, recostándose en el sillón.

Arderá el viento (Alfaguara, 2025) es un relato sobre el desmoronamiento. Una lenta erosión que, capa a capa, va revelando las miserias ocultas de la comunidad. Bajo la presencia inquietante de los Esterházy, la pequeña villa costera empieza a mostrar las sombras que se agitan en su interior, como si la llegada de estos forasteros fuera un catalizador perverso que desnudara la verdadera esencia de quienes la habitan. «Sentís que sos… Júpiter, Zeus. Una cosa por el estilo», explica Saccomanno.

Con un estilo sobrio y de una intensidad poco común, la novela edifica meticulosamente un proceso de descomposición que, aunque arraigado en un lugar concreto, termina por convertirse en un reflejo distorsionado de la esencia de nuestra época. Arderá el viento desentraña la maldad humana, exponiendo, por encima de todo, aquello que se pretende esconder.

Bienvenidos a la Villa

«No hay nada más difícil que conocer», dice Saccomanno. «¿Cómo vas a pretender conocer a otro cuando nadie se conoce a sí mismo?» En un pueblo, en una comunidad cerrada, todos están atrapados en el mismo pantano. Se pretende conocer al vecino, pero en realidad se le inventa una vida. «Uno pasa a ser la ficción que otros arman de sí mismo. Uno no es uno, sino el que los otros quieren que uno sea».

Esa idea de la identidad como una construcción ajena se entrelaza con otra noción más profunda: la transitoriedad de la existencia. En Arderá el viento, Saccomanno aturde con una gran verdad existencialista y dice, sin rodeos, que el ser humano estaría más tranquilo si concibiese su vida como pasajera.

«Uno no puede pensarse como eterno. No debe», afirma. «Cuando te ves frente al mar, especialmente en invierno, cuando no hay nadie y estás solo en la playa, te sentís tan ínfimo, tan mínimo. Tomás conciencia de tu reducida dimensión humana, y tus aspiraciones resultan tan chicas«. Pero el problema es que nos creemos más importantes de lo que somos. Hay una falta de humildad y de modestia frente a la inmensidad. «Somos muy vanidosos, muy presuntuosos… Lo digo desde el lugar vanidoso de la escritura, porque creo que no hay nada más vanidoso que un escritor que pretende ser humilde».

De algún modo, la literatura es la única fidelidad que ha podido mantener. «Siempre. Es lo que me ha impuesto una fidelidad que no he podido mantener en otras cosas, ni en las lecturas». Es un trabajo a tiempo completo, una conyugalidad, una devoción que se impone sobre todo lo demás. Y, en ese sentido, también es una renuncia a ciertas ilusiones que alguna vez tuvo:

«No creo en la noche. Es tramposa. Cuando uno es joven, tiene esas ilusiones de que la noche es el territorio de la escritura, de los fantasmas, la hora misteriosa donde la inspiración anda por ahí, ayudada por el alcohol o las sustancias. Pero no hay nada como trabajar con la cabeza despejada. Un porro no te va a ayudar a escribir mejor». Pero no solo es la identidad lo que se desdibuja en Arderá el viento, sino también la percepción del entorno. La comunidad cerrada, ese microcosmos en el que cada uno se cree conocedor de la vida ajena, es en realidad una trampa.

«En una comunidad pequeña, las reglas del juego parecen más transparentes. Pero es un engaño», dice Saccomanno con la certeza de quien ha visto demasiado. «En los pueblos, la cercanía no significa conocimiento, significa vigilancia. Todos creen saberlo todo de los demás, pero lo único que hacen es inventarse historias». Si algo deja claro la novela es que la corrupción no es una anomalía. No es un fallo en el sistema ni un monstruo externo que devora a las buenas personas. Es un ecosistema en sí mismo, una forma de vida que se filtra en lo cotidiano hasta hacerlo indistinguible de la normalidad.

«Yo creo que existe la honradez, la honestidad, las buenas intenciones», dice Saccomanno. «Pero con las buenas intenciones no se escribe buena literatura. Hay que tener malas intenciones. Esta novela la escribí con todas las malas intenciones. Porque la corrupción no es algo externo, está en todos nosotros. Y en un pueblo, donde todo parece más pequeño, más íntimo, esa podredumbre se vuelve aún más visible». Y en ese contexto, el forastero se convierte en una amenaza. Porque la llegada de alguien nuevo altera el equilibrio del rumor, desajusta la ficción colectiva que han construido sobre sí mismos. «El forastero siempre se percibe como una amenaza. Y al mismo tiempo, el forastero se siente amenazado porque sabe que está siendo observado», explica. «Yo ahora ya soy del pueblo, pero te lleva años pagar derecho de piso. Hasta que te tienen radiografiado, hasta que creen conocerte. Pero en realidad, nunca te conocen. Solo arman otra ficción sobre vos».

Júpiter, Zeus. Una cosa por el estilo

La escritura de Saccomanno no solo es una cuestión técnica, sino también una búsqueda constante de identidad y de provocación. Para él, la literatura es una disciplina rigurosa, una lucha contra la tentación de la inmediatez y la satisfacción fácil. «La literatura tiene que inquietar, tiene que provocar», afirma, «tiene que incendiar, tiene que hacerte preguntarte quién eres». Este compromiso con la escritura lo lleva a una reflexión más profunda sobre lo que significa escribir: «La literatura no puede ser condescendiente». En su opinión, el verdadero escritor no busca consolar al lector ni darle respuestas cómodas, sino que se enfrenta a las sombras de la humanidad y las expone sin adornos. «Vinimos a este mundo a molestar y vamos a joder hasta no dar más». Esta declaración revela un enfoque radical de la literatura, entendida no como un medio para hacer sentir al lector bien, sino como una herramienta de cuestionamiento, una forma de resistir la complacencia.

La escritura no es solo un arte para Saccomanno; es una práctica vital que lo ha acompañado a lo largo de su vida, un compromiso de tiempo completo que lo ha llevado a abandonar otras comodidades, incluso en la parte más tangible de su vida profesional. «El periodismo no es como la literatura», comenta. «El periodismo se acaba cuando entregas la nota. La literatura nunca termina, siempre estás pensando en lo que escribirás después». Esta reflexión no solo define el tiempo invertido en la escritura, sino también la intensidad que requiere. La literatura, entonces, se convierte en una fidelidad inquebrantable, una relación conyugal en la que el escritor no puede permitirse desviar su atención hacia otras distracciones.

En este sentido, el escritor y su obra están vinculados de manera irrompible, casi como un pacto. «Si no me impongo reglas estrictas, no escribiría», señala, explicando cómo ha aprendido a imponer disciplina en su vida para que la escritura no quede relegada a un segundo plano. Lo que Saccomanno expresa es un rechazo de las tentaciones de la vida cotidiana: el «todo es más interesante que escribir». A pesar de ello, se dedica a este trabajo porque le ha encontrado un sentido profundo, una fe que lo sostiene. La literatura se convierte en un campo en el que lucha para «no abandonar el relato», para «terminar lo que empezó», lo que le otorga una autoridad sobre su propio fracaso.

El tono de la novela, marcado por la degradación y la corrupción, tiene su paralelo con la compleja relación de los personajes con el entorno. Saccomanno confiesa que, aunque las comunidades pequeñas parecen transparentes, «es un engañifa». La hipocresía está presente en cada rincón de este microcosmos, donde las reglas del juego se distorsionan y la vigilancia mutua sustituye a la auténtica relación. En este contexto, «se inventan historias» sobre los demás, creando una red de ficciones que, al final, es lo que define a la comunidad.

Esta exposición de la condición humana no es solo una crítica social, sino una reflexión existencial que va más allá de los límites del pueblo costero que retrata en su novela. La corrupción no es un fenómeno aislado o una rareza del sistema, sino algo que permea cada capa de la sociedad. «La corrupción está en todos nosotros», subraya, refiriéndose al modo en que las mentiras, los rumores y las ficciones son estructuras fundamentales sobre las cuales se construyen las relaciones humanas.

Arderá el viento es un retrato inquietante de la fragilidad de las identidades y de la incapacidad de conocer al otro o a uno mismo en un mundo plagado de mentiras, corrupciones y ficciones. En la estructura narrativa, la experimentación con el lenguaje se convierte en un vehículo para reflejar esta disolución de la realidad y la creciente opresión interna de los personajes. «La literatura no puede respetar normas, tiene que cuestionarlas», dice el escritor, reafirmando su enfoque radical en la escritura y en el poder del lenguaje como instrumento de ruptura y diseminación de la verdad oculta.

Actualidad y Noticias

+ Noticias de tu interés

Hay que restaurar el Honmoon

Cómo el racismo cultural, el clasismo artístico y el monopolio del pop occidental ocultan al verdadero caballo ganador... o un disparo anticapitalista a Taylor Swift Durante todo el verano ha habido un debate estúpido entre miles de críticos y fanáticos...

‘El camino del padre’: el cierre de la saga que nos hizo preguntarnos qué haríamos con la eternidad

Eva García Sáenz de Urturi culmina con esta novela la saga de Los Longevos, una historia que nos ha hecho reflexionar durante más de una década sobre lo que realmente significa vivir mucho... o vivir bien Doce años después de...

‘Humus’, de Gaspard Koenig: filosofía del colapso, política del subsuelo

Humus (Seix Barral, 2025) la novela del filósofo y escritor francés Gaspard Koenig, es una inmersión radical en la tierra —literal y simbólicamente— a través de las vidas paralelas de Arthur y Kevin, dos hombres que emprenden caminos diametralmente...

Descubre más desde El Generacional

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo