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De cruces y cartas

Estos días de Semana Santa propician la reflexión acerca de la espiritualidad y religiosidad de los jóvenes

La pregunta sobre las creencias de la juventud resuena con fuerza debido a la irrupción de fenómenos virales como el álbum de Rosalía, el éxito de Los Domingos o el llamado «Catolicismo-cool». Esta tendencia al alza —a priori— sugiere el auge de la religiosidad —en este caso católica— entre las nuevas generaciones. ¿Verdaderamente ser religioso está de moda? ¿No vivimos en una sociedad cada vez más secularizada?

Antes que nada, conviene diferenciar los términos religiosidad y espiritualidad. Ser religioso implica la aceptación de dogmas establecidos institucionalmente con un credo compartido en comunidad. La espiritualidad, por otro lado, apunta a la búsqueda privada e introspectiva de un significado y transcendencia. Una persona puede ser ambas, o una sí y otra no. Por ejemplo, Donald Trump se reconoce como protestante —o sea, religioso— pero no parece que precisamente busque mucha conexión interior más allá de lo institucional, luego no es muy espiritual.

La balanza se inclina hacia el lado de la espiritualidad, que avanza entre los más jóvenes en una sociedad donde no se les puede encasillar en las viejas etiquetas religiosas. El estudio de la Fundación Pluralismo y Convivencia muestra que un 29% de los jóvenes entre 18 y 24 años dice considerarse católico, el dato más bajo de entre todas las franjas de edad. Aun así, este grupo es el que más cree en la existencia del alma o en «energías vitales», con un 59% y 45% respectivamente.

Esta juventud más espiritual reacciona ante la incertidumbre y la vulnerabilidad por el actual panorama mundial. Cansados de esperar respuestas que consigan fructuosamente aplacar sus temores, los jóvenes buscan resolver aquello que la hiperracionalización no ha conseguido: dar un porqué a nuestras vidas.

Dios —nunca— ha muerto

Cierto es que Nietzsche y su célebre frase permitieron abrir el camino de una espiritualidad menos dogmática, más subjetiva. Yerra, sin embargo, al minusvalorar la importancia de valores transcendentes. Como diría el filósofo Viktor Frankl, «somos animales en busca de sentido», y desde siempre lo hemos sido: rituales prehistóricos, politeísmo grecolatino, el dios judeocristiano.

María Zambrano explicaba que los dioses podían haber sido inventados, pero no la matriz de donde surgieron. Es decir, lo verdadero es el sentimiento originario de angustia o asombro ante la inabarcable realidad. Esta es la base —ineludible y cruda— de la condición humana, que nos deja inermes frente a la inconmensurabilidad de la vida. No es algo que suceda de un día para otro; es consustancial a lo humano. La deificación es un intento del hombre por ponerle nombre a aquello que lo inquieta. Dios no ha muerto, solo que su rostro ya no nos resulta tan familiar.

El espectro espiritual está más diversificado que nunca. A las religiones tradicionales hay que sumar el tarot, la astrología, la cristaloterapia, el mindfulness. Además, impera un subjetivismo religioso donde es el propio individuo, y no una autoridad tradicional, quien define sus creencias. Cada vez es menos frecuente encontrar una fe homogeneizada, pues es la persona quien compone su credo como si de piezas de un rompecabezas se tratara. Ya avisaba Unamuno de esta tendencia a comienzos del siglo XX: «La fe es personal e intransferible, no es dominio de nadie». En sociología, este fenómeno se conoce como bricolaje espiritual o «religión a la carta».

Cara y cruz

En España, la secularización de la sociedad, más allá de relegar la religión a un segundo plano, ha conseguido establecer una relación más sana con el pueblo. Lejos de provocar la desaparición de la Iglesia, ha permitido su supervivencia en nuestros días de una forma más honesta.

Actualmente, vivir la fe es una opción libre y genuina. Gracias a la secularización, las instituciones religiosas han centrado sus esfuerzos en su misión evangélica. Prueba de ello es la incontestable acción de organizaciones como Cáritas o Manos Unidas. Al fin y al cabo, como decía Jesús: «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios».

Sin embargo, pese a esta evolución más íntima y alejada de fanatismos, no todo son luces en la dimensión espiritual del hombre. Precisamente por ser humana —y no divina—, tiene sus sombras.

La religiosidad es poderosa; también frágil e inocente. Deleznables son aquellos que la ensucian de un odio rancio que atenta contra el ser humano mismo. Repugnante es escuchar cánticos islamófobos como el reciente «musulmán el que no bote» durante el España-Egipto, utilizando las creencias como burla e insulto. Imperdonable es, a otra escala mayor, la violación sistemática de los derechos en distintas teocracias como Irán o Afganistán. ¡Qué vileza escudarse cobardemente en el paraguas de la religión con el fin de justificar barbaridades!

La faceta espiritual de la naturaleza humana es la sed que debemos saciar a través de interrogantes y creencias. Acucia en los momentos de inseguridad en los que la razón y la ciencia son incapaces de colmarnos. No es el opio, es el consuelo, alivio y resguardo ante la inmensidad de la existencia. Siempre estuvo y estará ahí, acompañándonos.

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