Víctor Mora nos invita a preguntarnos: ¿Quién teme a lo queer?
Dice Víctor Mora en su libro, ¿Quién teme a lo queer?: «Nada me gustaría más ahora mismo que meterte la mano en el pecho y cogerte la herida, sacarla, ponerla delante de ti y sostenerla entre los dos, para que veas que así pesa menos. Pero no puedo». Y es que los mejores ensayos y artículos, por mucha calidad y objetividad teórica que tengan, deben salir de las heridas, brotar de las entrañas y, desde ahí, desde ese punto corporal que palpita como el testimonio de un dolor, deben expandir sus subjetividades hasta dar con una idea pulida que sirva para todo el que la lea.
Eso es ¿Quién teme a lo queer?, un ensayo con todas las de la ley que nace del centro mismo del «problema» para señalar con decisión un futuro o solución posible. Víctor Mora, escritor, activista y docente universitario, comprende lo queer como una utopía. Pero quizás lo haga con la fórmula que nos regaló Eduardo Galeano: «La utopía está en el horizonte. Yo sé muy bien que nunca la alcanzaré, que, si yo camino diez pasos hacia ella, se alejará diez pasos, y cuanto más la busque menos la encontraré: se va alejando a medida que yo me acerco. ¿Para qué sirve la utopía? Pues la utopía sirve para eso, para caminar, para seguir avanzando».
El horizonte hacia el que caminar
La definición que nos ofrece el profesor Mora es la siguiente: «Lo queer es la tentación desorientada de leernos, en última instancia, como cuerpos vivos. Una afirmación utópica de redistribución, una apuesta por la horizontalidad radical y una tentativa de reapropiación del texto». Parecemos ser cada día más conscientes de los problemas que conllevan el binarismo y los roles de género que socialmente aceptamos y perpetuamos. Nuestros conceptos del género, en sentido de expresión de la masculinidad o la feminidad, marcan una distancia y una exclusión de todos aquellos cuerpos que no cumplen con sus requerimientos. Y allí, se quedan «sin techo», a la intemperie y desprotegidos en la sombra de una sociedad que les da la espalda.
Para eso, lo queer se presenta como «Un horizonte hacia el que caminar, lejos de los binarismos sexo-genéricos, donde el amplio espectro de diferentes cuerpos, identidades y expresiones de género, sexualidades, etc. puedan desarrollarse y vivir libremente». Quizás sin los ajustados corsés que la sociedad siempre ha colocado sobre los cuerpos, podría generarse un espacio en el que cada persona sea, al fin, libre y con suerte feliz. «Somos cuerpos ahí, cuerpos en el espacio político que preexiste, que nos etiqueta, nos diagnostica y nos marca» y, de esa manera, se va estableciendo esa jerarquía, esa verticalidad de ordenamiento social y de acceso a los derechos que lo queer plantea tornar en horizontalidad.

Nos llaman antinatura
«El cuerpo es, por determinación contradictoria, lo que fluye, lo que cambia, lo que no permanece» y es entonces profundamente ilógica la obstinación -fruto de una cultura desfasada y obsoleta- de trazar límites y categorías que sirvan para estandarizarnos. Lo queer es lo más natural, puesto que pelea contra ese discurso totalizador y estanco que nos obliga a señalarnos los unos a los otros para desterrar a aquellos cuerpos que no siguen la norma. Esa obstinación, ese reduccionismo de la expresión, resulta -ahora sí- antinatura, porque atenta contra su naturaleza pues, «aun sometido a la voluntad de la categoría que se pretende inmutable, el cuerpo muta, y quiebra las palabras que intentan sujetarlo a una definición correcta. El cuerpo fuerza el texto, lo desborda».
Nuestras relaciones en el espacio político que ocupamos no pueden dejar de ser lingüísticas. La realidad no deja de ser la que es, pero, por el simple hecho de articularla en palabras, discursos e ideas, la vamos transformando y encapsulando en un mundo ficcional plagado de normas que nada tiene que ver con lo que se es de verdad. La dirección a la que apunta lo queer, como nos dice Víctor Mora, es ese margen, ese fuera de plano, ese lugar de los cuerpos proscritos que quedan desterrados porque los discursos claman contra su propia naturaleza.
«Lo queer nos dice que ese mundo normativo ya no existe, es falso o al menos, está lleno de fallos y no podemos seguir narrándolo, como si existiese».
Una reflexión indispensable
El simple hecho de tratar de resumir el contenido de este ensayo sería una falta de respeto para su autor y para el mensaje que pretende enviar. Quien, seducido por su temática, se interne en las páginas de ¿Quién teme a lo queer? podrá disfrutar de reflexiones sobre el lugar que ocupan los cuerpos y su expresión en nuestra sociedad, la ineludible máscara que nos imponemos para sobrevivir y encajar o lo imprescindible que es, en una época social de renegociación, no contentarnos con migajas que pretenden representar la verdadera libertad.
El ensayo de Víctor Mora procede de un camino, como ya reconocíamos en un inicio, plagado de espinas, nace del germen de la dominación y el dolor, pero, aun así, se permite la osadía de atreverse a soñar, a trazar un futuro en el que las limitaciones culturales no terminen por castrar la libre expresión de los cuerpos. Tras transitar por sus propias vivencias, las de personas semejantes y el profundo estudio al que ha consagrado muchos años de su vida, Víctor Mora llega a darse cuenta de que «Lo queer es el tránsito y la prueba de que es posible el cambio (lingüístico, físico, afectivo, político y social)».

