Montse Sánchez recompone su historia en El hielo de los suyos, explorando la resistencia, la maternidad y el instinto de supervivencia
Hace mucho frío cuando se siente a la muerte merodeando por las esquinas. En ocasiones, la muerte no siempre acecha dentro de una habitación, lo hace en el exterior, a plena luz del día, y es extraño porque todos pensamos en una muerte privada. Ada Blackjack estuvo luchando contra la muerte, y esta vestía de 50 tonos de blanco.
Ada Blackjack era una joven iñupiat de apenas metro y medio de estatura que, con solo 23 años, ya había sufrido más pérdidas de las que muchas personas enfrentan en toda una vida. Criada en un entorno de pobreza extrema y atravesada por el colonialismo, Ada había perdido a tres de sus hijos antes de tener a Bennett, su cuarto hijo. En 1921, empujada por la necesidad económica y con la esperanza de conseguir un tratamiento experimental para la tuberculosis que amenazaba la vida de su pequeño, aceptó unirse como costurera a una expedición al Ártico. A cambio, recibiría 50 dólares al mes, más de lo que había ganado nunca trabajando como sirvienta para los colonos blancos.
La expedición, mal planificada y abandonada a su suerte, acabó en tragedia para los exploradores, y en un infierno para Ada. Sin experiencia previa en supervivencia extrema, logró resistir durante meses en la isla de Wrangell, enfrentándose a temperaturas mortales, al hambre y a la soledad absoluta
Cómo empezó El hielo de los suyos
En el verano de 2022, Montse Sánchez Alonso estaba inmersa en una fase de investigación dentro del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores, que cursaba en ese momento. Entre el primer y el segundo año del programa, el alumnado debía presentar un trabajo de fin de máster, que podía ser una novela o un libro de cuentos. Montse tenía claro que quería escribir una novela, aunque no era la que finalmente acabaría desarrollando.
Durante ese proceso, buscaba material para enriquecer una trama que ya tenía en mente. Tras un largo y complicado camino para lograr quedarse embarazada, Montse había vivido aquella experiencia como una forma de supervivencia. Por eso, decidió investigar historias de mujeres que, en medio de la naturaleza adversa, hubieran logrado sobrevivir. Su idea era intercalar su propia voz narrativa con la de otra mujer enfrentándose a un entorno natural hostil, utilizando así la metáfora de la supervivencia como eje central de la obra.
En sus investigaciones, Montse encontró principalmente relatos de mujeres que habían sobrevivido a la violencia machista. No obstante, profundizando un poco más, llegó a un artículo que recogía semblanzas de mujeres que habían sobrevivido en situaciones extremas en la naturaleza, o que habían logrado salir adelante tras accidentes que las dejaron solas en entornos inhóspitos. La historia que más la atrapó fue la de Ada Blackjack, por dos razones fundamentales. Por un lado, porque Montse sentía desde siempre una gran fascinación por el Ártico y sus comunidades. Por otro, porque el motivo que llevó a Ada a embarcarse en aquella expedición —salvar la vida de su hijo— conectaba profundamente con su propia experiencia vital.
Montse había recorrido su propio periplo personal para convertirse en madre, y en esa conexión reconoció un punto de encuentro que salvaba todas las distancias culturales, temporales y espaciales entre ambas. Fascinada por la aventura y la historia de Ada, Montse entendió que aquella historia pedía una novela por sí misma. Decidió dejar de lado el proyecto inicial que había perfilado durante tanto tiempo y dio espacio a esta nueva historia que sentía como una llamada imposible de ignorar: El hielo de los suyos (Editorial Tránsito, 2025) había nacido en la mente de Montse.
Maternidad y resistencia
Aunque la historia de Ada Blackjack aborda también una cuestión de necesidad económica, Montse reconoce que durante el proceso de escritura se sintió especialmente atravesada por una dimensión más instintiva de la maternidad. Aunque admite que no maneja teorías académicas específicas sobre el tema, desde su experiencia como madre y como científica social, defiende que el llamado instinto materno es en gran parte un constructo cultural. Aun así, sostiene que existe algo profundamente primario en ese vínculo, algo que trasciende la razón y que, como ella misma ha vivido recientemente con una intervención médica complicada de su hija, escapa a cualquier explicación racional.
Desde su maternidad, Montse confiesa no poder dejar de pensar en cómo había podido Ada sobrevivir dos años separada de su hijo durante su estancia en la isla de Wrangell sin morir de pena. “Te cuentan algo así y puede parecer una exageración, pero cuando estás dentro de ese vínculo entiendes que es algo salvaje”, explica Montse. Celebra, además, que hoy en día existan cada vez más referentes que sostienen la decisión de no ser madre, algo que, en su opinión, hace no tanto tiempo generaba vergüenza y culpa.

A la pregunta de si esa conexión con la maternidad la acercó a la historia de Ada, Montse no dudaba: no solo se reflejó en ella, sino que escribió la novela atravesada por su propia experiencia materna. Durante el proceso, su hija apenas tenía 18 meses y reclamaba unas quince tomas de pecho al día, a lo que se sumaban las exigencias del máster de narrativa que estaba cursando y un ritmo autoimpuesto de 900 palabras diarias para cumplir el plazo de entrega. “Escribí la novela en nueve meses, como un embarazo”, cuenta. El agotamiento físico y emocional, la privación de sueño y la sensación de estar en una supervivencia diaria, aunque muy distinta a la de Ada, la conectaban con la resiliencia salvaje que retrataba en su protagonista. Ada, afirma, le sirvió de modelo, de espejo en el que mirar a una mujer fuerte cuando ella misma atravesaba una experiencia vital inédita.
La soledad extrema y la lucha por seguir viva
Aunque Ada logró mantenerse con vida en condiciones extremas, para Montse el principal precio fue la soledad: «Ninguna de nosotras puede imaginar el espanto que debió suponer quedarse sola en el Ártico rodeada de osos polares», dice. Un aislamiento radical, sin apenas conocimientos previos para sobrevivir: Ada tuvo que aprender a cazar, a procurarse alimento, a enfrentarse al miedo y a pasar tiempo consigo misma en una isla bautizada, irónicamente, por su altísima densidad de osos. Todo ello, sostenía Montse, dejó en ella una marca imborrable: “En Ada Blackjack hubo un antes de Wrangell y un después de Wrangell”, concluye Montse
Es, de hecho, la supervivencia uno de los temas objetivos de El hielo de los suyos. Bajo el juicio de Montse, no es cuestión únicamente de instinto o de elección, sino una combinación de ambos factores. “La vida se abre paso de las maneras más insospechadas”, explica, y añade que los estudios historiográficos sobre supervivientes de situaciones extremas —como los campos de concentración— apuntan a que tener un anhelo o un objetivo más allá de la mera existencia favorecía la capacidad de resistir. Proyectos vitales, familiares o creativos —como un hijo, una ópera sinfónica por terminar o una fórmula matemática por resolver— se convertían en anclajes para no rendirse. Montse recuerda también la experiencia de Viktor Frankl, quien desarrolló la logoterapia tras sobrevivir a Auschwitz: para Frankl, cuando un prisionero fumaba de golpe todos sus cigarros, era una señal de que había decidido abandonar la lucha por vivir. “La supervivencia es instinto, es elección, pero también suerte”, resume.
Una ‘heroína’ silenciada
Además, Montse señala cómo, tras sobrevivir, Ada Blackjack pasó de ser percibida como víctima de la naturaleza a convertirse en heroína, aunque ese tránsito no estuvo exento de obstáculos. En su opinión, existe una profunda romantización de las historias de supervivencia. Alude a cómo, a lo largo de la historia y también en la literatura, se ha idealizado la idea de “regresar a la naturaleza”, de despojarse de todo para encontrarse a uno mismo, como sucede en Walden (Henry David Thoreau). “Pero la naturaleza no es armónica. La naturaleza es amenaza, y el Ártico es el entorno más hostil de la Tierra”, advierte Montse. Por eso sobrevivir allí se ha interpretado a menudo como una epopeya casi mítica. Aun así, recuerda que la narrativa heroica es una construcción: “Cuando Ada volvió, la prensa se le echó encima. No podían creer que una mujer hubiera logrado sobrevivir mientras que cuatro hombres no”. Para Montse, la literatura y la cultura popular han colaborado en esa idealización de la figura del superviviente y de la relación romántica con la naturaleza salvaje.
Respecto a la propia Ada Blackjack, Montse tiene claro que su historia no ha recibido el reconocimiento merecido por motivos de raza, género y clase: “Si Ada hubiera sido un hombre blanco occidental, su historia se habría contado mucho antes”, asegura. No solo su origen iñupiaq la situaba al margen de los relatos hegemónicos, sino que además era mujer y madre sola: había sido abandonada con su hijo Bennet en la península de Seward y había caminado 60 kilómetros por la tundra repleta de osos antes de embarcarse en la expedición de Granger. “Ada acumulaba todas las condiciones para ser silenciada: mujer, indígena, madre sola”, puntualiza Montse.
Incluso su rescate estuvo rodeado de sospechas y cuestionamientos agresivos. La autora explica que uno de los rescatadores llegó a arrancar páginas del diario de Knight —el último de los expedicionarios en morir— donde se testimoniaba cómo Ada lo había cuidado hasta el final. “No interesaba contar la historia de una mujer fuerte. Interesaba construir un relato de culpabilidad”, señala Montse. Además, el capitán que la rescató comentó con su tripulación que encontró a Ada completamente adaptada al entorno, en condiciones de sobrevivir al menos un año más. “No vieron a una mujer al borde de la muerte, vieron a una superviviente fuerte. Y creo que eso les dio mucho coraje”, expresa la autora.
«Voy a vivir, he de vivir»
Acerca de la supervivencia de Ada Blackjack, Montse comenta que las personas que viven en ciudades son más hábiles distinguiendo matices en las líneas verticales debido a la arquitectura urbana, mientras que quienes habitan entornos rurales discriminan mejor las diferencias en el horizonte. En el Ártico, explica, la necesidad de supervivencia obliga a distinguir infinidad de tonos de blanco: entre el pelaje de un oso, el de un zorro, la nieve nueva o el hielo quebradizo. Esta adaptación, dice, acaba dejando incluso una impronta genética en la forma de ver el mundo.

Sobre el retrato de las comunidades iñupiat en la novela, Montse subraya que no quiso caer en una representación edulcorada o mitificada del «buen salvaje». Aclara que, al igual que en otras sociedades, en las comunidades iñupiat también existe el patriarcado, con sus propios tabúes y roles impuestos. En el personaje de Ada se cruzan tanto las exigencias de su cultura originaria como la violencia estructural del patriarcado colonial.
La autora recuerda que Ada dejó un diario durante su estancia en el Ártico —hoy conservado en la Universidad de Toronto— donde recogía cada día qué había cazado, en qué había rezado o las fotografías que se había hecho a sí misma. Entre las anotaciones cotidianas, destaca una frase que conmovió profundamente a Montse: “Voy a vivir, he de vivir”. Una afirmación que interpreta como un mantra, una decisión firme de resistir, incluso cuando todo alrededor apuntaba a la muerte. La escritora asegura que, para Ada, la esperanza nunca fue un autoengaño; solo se quebró cuando temió que su hijo Bennett pudiera no seguir con vida.
Redefinir la supervivencia
El propósito de Montse era ofrecer una visión alternativa de la relación con el territorio, construyendo una figura femenina fuerte que no dependiera de los modelos masculinos tradicionales. En lugar de retratar a Ada como una heroína con características masculinas, Montse buscaba una representación más acorde con el ecofeminismo, donde la conexión con la naturaleza se basa en la simbiosis y no en la explotación. Aunque la peripecia es fundamental en las historias de aventura, lo que realmente importa en esta novela es la transformación del personaje.
El hielo de los suyos no solo reinterpreta una historia olvidada de supervivencia, sino que también ofrece una reflexión profunda sobre el vínculo entre las mujeres y la naturaleza. Montse Sánchez Alonso ha logrado construir una narración que va más allá de los límites de la aventura para adentrarse en la complejidad de la maternidad, la resiliencia y la lucha por la dignidad. A través de Ada Blackjack, Montse Sánchez Alonso nos invita a repensar no solo el pasado, sino también las narrativas que seguimos construyendo sobre lo que significa ser mujer, sobrevivir y resistir, en un mundo que aún necesita redescubrir el valor de las voces silenciadas.


