Una novela sobre el laberinto urbano como reflejo de nuestras ansiedades modernas: entre el absurdo arquitectónico y la lucidez existencial
¿Puede un edificio volverse infinito sin crecer? ¿Puede doblar las leyes del espacio-tiempo sin cambiar de forma? ¿Puede una vivienda provocar inteligencia, juventud o fantasmas topológicos? En Sitges, Jaime Rubio Hancock responde a estas preguntas con una novela audaz, imaginativa y profundamente humana, donde la ciencia ficción suave se funde con el costumbrismo barcelonés, y donde el misterio arquitectónico se convierte en motor narrativo, emocional y filosófico. Publicada en 2025 por Altamarea, esta obra confirma a una de las voces más originales del panorama narrativo actual.
Aunque las comparaciones con La vida instrucciones de uso de Georges Perec surgen de forma inevitable —por el recurso compartido del edificio como universo cerrado—, Sitges propone una experiencia radicalmente distinta: más fluida, más irónica, más contemporánea en su abordaje del espacio y del tiempo. En lugar del catálogo totalizador de Perec, Rubio Hancock opta por lo íntimo, lo imposible cotidiano, lo absurdo que se nos cuela en la rutina.
Una entrada errónea, un encierro metafísico
Todo comienza con un equívoco aparentemente trivial, casi cómico en su cotidianidad. Jorge, distraído con su teléfono móvil —ese apéndice contemporáneo del cuerpo humano— se equivoca de portal y entra en un edificio que no le pertenece. El error, sin embargo, no es menor: lejos de poder corregirse con una rápida salida o una disculpa al vecino equivocado, este gesto inaugura un encierro que trastoca no solo la lógica del espacio, sino la propia noción de causalidad. Las escaleras lo devuelven una y otra vez al mismo rellano, como si el edificio estuviera programado para frustrar el movimiento ascendente y descendente. El ascensor, por su parte, lo conduce invariablemente a un entresuelo que parece una estación sin destino. El mundo que Jorge conocía —con sus distancias medibles, sus puertas funcionales, sus plantas numeradas— ha desaparecido.
Este arranque, que podríamos calificar como kafkiano, en el sentido en que lo entendía Deleuze (como el ingreso en una lógica de lo infraordinario que desarma nuestras categorías de comprensión), sitúa al lector en un terreno movedizo. Jorge no comprende del todo qué ha sucedido, pero sabe que algo esencial se ha quebrado. Y esa grieta no es solo espacial, sino ontológica.
El edificio, según nos explica más adelante la doctora Mireia Rojo —física teórica e hija de un antiguo inquilino que ya intentó descifrar el enigma de la construcción—, se alza sobre una anomalía del universo, una especie de nudo gravitacional donde las leyes de la física han dejado de regir con normalidad. Aquí el espacio se pliega, el tiempo se distiende, y la identidad se torna porosa. Rojo, que en otra novela sería la voz de la razón científica, en Sitges actúa como mediadora entre el asombro y el conocimiento, entre la extrañeza metafísica y la necesidad de hacer habitable lo ininteligible. Su papel recuerda, en cierto modo, al del bibliotecario en Borges: alguien que intuye que el universo tiene una arquitectura, pero que también sabe que esta arquitectura puede ser infinitamente caótica.
La anomalía como nueva forma de vida
Uno de los elementos más notables de Sitges es su tratamiento del espacio como un reflejo de las luchas cotidianas que enfrentan sus habitantes. En el caso de Jorge, el edificio se convierte en un microcosmos de la frustración existencial, del deseo de escapar de una rutina que se vuelve cada vez más opresiva. La repetición de los pasillos vacíos y los encuentros con personas que parecen no sorprenderse de la situación de Jorge subraya la desconexión emocional y la incapacidad de entender lo que está ocurriendo. Esta repetición absurda, este desajuste entre los movimientos físicos y la expectativa lógica de la salida, es paralelo a los temas que también explora Perec, pero en Sitges, el espacio se convierte más bien en una metáfora de lo que ocurre sin ser completamente comprendido.
El hecho de que los vecinos, como Berta, no se asombren ante las anomalías del edificio es una muestra de la resignación que domina su existencia. Esta falta de sorpresa, esta aceptación pasiva de lo que el espacio les impone, remite a un concepto de vida donde el individuo se somete al entorno sin cuestionarlo profundamente. En Perec, los personajes buscan entender su entorno y a sí mismos a través de un proceso intelectual, un esfuerzo de comprensión que se refleja en la arquitectura misma. En Sitges, la arquitectura no se comprende, se sobrevive a ella. La estructura del edificio es intrínsecamente absurda, como lo son las vidas de sus habitantes, pero también proporciona un marco donde las vidas se continúan sin resolverse, como un bucle existencial.
La física como herramienta narrativa
Sitges propone un enfoque que subraya la relación del individuo con el entorno físico de una manera mucho más sensorial y emocional. La diferencia radica en la naturaleza misma del espacio: mientras que Perec construye un edificio ordenado, casi matemático en su estructura, Rubio Hancock opta por la distorsión y el caos como motores narrativos. Sin embargo, Rubio no solo juega con las leyes de la física, sino que también reflexiona sobre las tensiones sociales propias de las grandes ciudades. El edificio de la novela se convierte en una metáfora de las dificultades que enfrentan los habitantes de zonas urbanas con altos alquileres, gentrificación y precariedad laboral.
La trampa del alquiler y la movilidad urbana
La sensación de estar perdido en un ciclo sin fin refleja la frustración de aquellos que, debido a los altos precios de la vivienda, terminan viviendo en lugares que no pueden permitirse. Este encierro físico es también un encierro económico, similar al que viven muchos jóvenes que se ven obligados a compartir espacios con personas desconocidas por la falta de alternativas. La repetición de los pasillos y las escaleras recuerda la inestabilidad del mercado de alquiler, donde las oportunidades de salir de una situación precaria parecen inalcanzables.
Gentrificación: la transformación de los barrios y la pérdida de identidad
El edificio de Sitges también refleja los efectos de la gentrificación, un fenómeno que en muchas ciudades ha desplazado a las clases trabajadoras hacia las periferias. A lo largo de la novela, personajes como Josep María muestran el miedo a la pérdida de identidad de los barrios. La aparición de nuevos vecinos y la especulación inmobiliaria son representadas como fuerzas que alteran la vida en el edificio. El espacio ya no es solo un lugar de residencia, sino un campo de batalla por la propiedad y el control, una preocupación que resuena con fuerza en las ciudades contemporáneas, donde la gentrificación ha elevado los costos de vida y reducido la diversidad social.
La precariedad laboral: la temporalidad como norma
El tiempo en Sitges es también una categoría económica. Jorge, atrapado en un bucle espacial, vive una metáfora de las vidas laborales precarias que no avanzan, que se repiten sin ofrecer una salida clara. La novela plantea que, al igual que en el edificio, muchos jóvenes no encuentran un camino fijo hacia el futuro: se ven atrapados en una rutina de contratos temporales y trabajos mal remunerados, una situación reflejada en la falta de salida del espacio que habitan.
Sitges instrucciones de uso
Jaime Rubio Hancock nos entrega un artefacto narrativo de precisión y extrañeza, una caja de resonancia donde el tiempo se curva, el espacio se desordena y la identidad se vuelve permeable. A través de un edificio que no cesa de plegarse sobre sí mismo, el autor construye un espejo deformante —pero certero— de nuestras vidas urbanas, de nuestras ansiedades sociales, de nuestra precariedad convertida en arquitectura emocional. La novela se revela así como una alegoría multiestrato: del fracaso de la lógica en tiempos de incertidumbre, del bucle existencial de quienes habitan un presente que no conduce a ningún futuro, de la ciudad que se devora a sí misma mientras promete modernidad.
Con una prosa contenida pero incisiva, consigue entrelazar lo íntimo y lo estructural, lo doméstico y lo cósmico. No hay en Sitges ninguna promesa de salvación, pero sí un reconocimiento lúcido del desconcierto como forma contemporánea del habitar. Jorge no solo se pierde en los pasillos de un edificio imposible: se desorienta en las cartografías de una sociedad que ha reemplazado el proyecto vital por la supervivencia diaria, que ha hecho del hogar un bien de lujo y de la movilidad una ilusión de progreso. En este sentido, la novela se inscribe en la tradición de una ciencia ficción suave, o más bien una metaficción arquitectónica, que convierte lo cotidiano en umbral de lo extraño.
A diferencia de otros relatos donde lo fantástico irrumpe como ruptura explícita con la realidad, en Sitges lo fantástico es una prolongación natural de lo real, una consecuencia lógica de sus absurdos estructurales. El edificio no se impone como escenario ajeno, sino como un personaje más —mutable, inescrutable, implacable— que condensa las tensiones de la vida urbana: el miedo al estancamiento, la angustia de lo provisional, la nostalgia de una comunidad que ya no existe. Incluso los elementos científicos, lejos de explicarlo todo, actúan como una metáfora del límite: del conocimiento, de la comprensión, de la propia subjetividad enfrentada a un mundo que ya no responde a nuestras categorías heredadas.
Sitges es una novela sobre la pérdida de sentido en un mundo que sigue exigiendo funcionalidad, sobre la paradoja de buscar salida en un sistema diseñado para retenernos. Pero también es una novela sobre la extraña belleza de lo inexplicable, sobre la posibilidad de encontrar sentido —o al menos consuelo— en el reconocimiento mutuo entre extraviados. Porque incluso en un edificio infinito, incluso en un bucle sin salida, la literatura puede ser todavía esa rendija por donde entra una luz oblicua, reveladora y profundamente humana. Rubio firma una novela destacada del panorama narrativo actual que nos recuerda —con ironía, inteligencia y un pulso narrativo excepcional— que hay momentos en que contar la vida no basta. A veces, hay que habitarla como un misterio. Como un error. Como un edificio del que no se puede salir.


