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El vértigo de los treinta, la precariedad y un lápiz: así se dibuja ‘Una casa en la ciudad’ de Ilu Ros

La ilustradora Ilu Ros dibuja el regreso a una ciudad que ya no se siente igual: Una casa en al ciudad es un relato íntimo sobre el desarraigo, la memoria y los refugios

Una casa en la ciudad (Lumen, 2025) no es solo un cómic autobiográfico. Es, sobre todo, un libro que habla de quedarse sin suelo bajo los pies y de lo que pasa cuando una vuelve a mirar hacia atrás. En él, Ilu Ros —ilustradora y autora de obras como Cosas nuestras— reconstruye en forma de memoria gráfica el regreso a La Ciudad, ese lugar que la vio convertirse en adulta y donde también se quebraron algunas de sus seguridades.

En conversación con El Generacional, Ilu comparte con honestidad el proceso que la llevó a crear Una casa en la ciudad, que, más que contarse, se vive como una conversación interna. Su mirada sobre la ciudad, la precariedad, el desarraigo y la identidad se entrelaza con la evolución personal y artística que ha vivido en la última década. Y lo hace con esa mezcla de ternura, ironía y lucidez que ya define su voz narrativa.

El dibujo como refugio (y tabla de salvación)

Si Una casa en la ciudad habla de desarraigo, también habla de refugios. Y para Ilu Ros, el dibujo es uno de ellos. Pero llegar hasta ese refugio no fue ni inmediato ni sencillo. Fue, más bien, un hallazgo inesperado. “Yo no sabía que eso era lo mío. Nunca pensé que iba a ser ilustradora. Me lo encontré por el camino”, cuenta en una entrevista íntima y sin filtros. Durante mucho tiempo dibujó sin saber que ese podía ser su lugar en el mundo. Había estudiado Bellas Artes, sí, y después Comunicación Audiovisual, pero su camino no era aún claro. “Es un problema cuando tú buscas de lo tuyo, pero no sabes qué es lo tuyo. Yo buscaba, pero no sabía lo que era”.

El contexto tampoco ayudaba. La crisis económica del 2008 la empujó, como a tantos otros jóvenes de su generación, a emigrar. En 2011 se fue a Londres, sin demasiadas certezas, pero con una necesidad urgente de hacer algo que tuviera sentido. Allí empezó a dibujar de nuevo, casi por impulso, casi por necesidad: “Me obligaba a hacerlo, porque si no, la vida se me pasaba sin hacer lo que quería”, confiesa Ilu Ros. Dibujar se convirtió entonces en una forma de sostenerse, de encontrar constancia en un momento de incertidumbre vital. Era una manera de agarrarse a algo.

Hoy, el dibujo forma parte de su día a día. “Ya no es un hobby, es mi trabajo”, afirma. Aunque ese tránsito no fue inmediato ni fácil. “Me costó mucho verme como ilustradora. Incluso cuando me pagaban por mis encargos, me costaba verlo como un trabajo de verdad”. No fue hasta que ilustró su primer libro que algo hizo clic: “Para mí, que los libros han sido importantes toda mi vida, ese momento fue clave. Pensé: igual sí que soy ilustradora”. No fue un encargo especialmente grande ni económicamente deslumbrante. Fue, simplemente, significativo. Porque conectaba con su historia, con su memoria, con ese espacio de infancia donde los libros eran casa.

Dibujar como se vive: con errores, con intuición, con ritmo propio

El estilo gráfico de Ilu Ros se aleja de lo pulido, lo perfeccionista o lo académico. Prefiere hablar de intuición, de emoción, de trazos con vida. “A mí me gusta que el dibujo esté vivo, que no sea perfecto. Me enseñaron a dibujar de forma muy académica, y eso me sirvió para luego salirme”, dice. Para ella, la técnica es una base desde la que despegar, pero no una jaula: “Lo importante es que tenga una impronta, una emoción. Que veas un dibujo y digas: tiene un algo. A lo mejor no es un personaje guapo, ni una ilustración académicamente perfecta, pero transmite”.

Su trazo combina una línea con carácter y color contenido, y huye deliberadamente del encorsetamiento visual. Lo mismo ocurre con la estructura del propio cómic: Una casa en la ciudad no sigue una línea narrativa convencional, sino que se construye a partir de fragmentos, escenas, pensamientos, recuerdos. “Primero hice una escaleta, recogí muchas notas, y luego empecé a encajar piezas. Lo más difícil fue descartar”, concreta Ilu Ros, y es que descartar también es una forma de contar. “Había partes que quería que estuvieran sí o sí, pero al final tuve que decidir qué historia quería contar. Si no, acababa contando otra historia que ya no cabía en este libro”.

El resultado es una obra con múltiples capas. Las escenas del presente están en color; las del pasado, en blanco y negro; y hay además personajes mentales o simbólicos que aparecen en fragmentos ilustrados más irónicos, más ácidos. “Cada parte gráfica tenía su propio saco”, explica. “Era importante que visualmente también se notara esa fragmentación”. Como si cada bloque emocional tuviera su propio lenguaje visual.

El vértigo de los treinta (y el mito de saber quién eres)

Uno de los ejes del libro es el paso de los veinte a los treinta, esa década muchas veces romantizada y otras tantas ignorada en su complejidad. Una etapa donde se supone que todo debe encajar, pero casi nada lo hace. “Ahí está la crisis”, dice sin rodeos. “Te confrontas con tus expectativas y ves que no se están cumpliendo. Y además te comparas con los demás, pero solo con los que crees que están mejor”. Un mecanismo cruel y cotidiano que ella retrata con sinceridad. “Nunca te comparas con los que están peor. Y eso lo hacemos todos”.

Ilu Ros habla también de las amistades que se transforman, de cómo uno empieza a diferenciarse de los demás sin que eso implique necesariamente conflicto: “En la adolescencia todas nos vestíamos igual, llevábamos el mismo peinado. Pero llega un momento en que te das cuenta de que ya no eres igual. Y no es que no las quieras, pero dejas de caminar al mismo ritmo”.

En ese contexto, el trabajo aparece como otro gran dilema. “Buscaba trabajar de lo mío, como decía todo el mundo. Pero no sabía qué era lo mío”, recuerda. Durante años, como muchas personas de su generación, tuvo trabajos que no la definían, pero que necesitaba para sobrevivir. Camarera, dependienta, empleos que forman parte del tránsito, del crecimiento, aunque no figuren en los currículums brillantes. La idea de una vocación clara se desmonta en su discurso. “A veces idealizamos una carrera, pero luego cuando la haces no te gusta. Hay que probar cosas, equivocarse, cambiar. Y no pasa nada”. Ese “no pasa nada” es una forma de resistencia, de legitimación del ensayo y el error.

Constancia, no talento (o no solo)

Si algo queda claro en su manera de entender el trabajo creativo es que el talento no es suficiente. “He visto gente muy talentosa que no ha hecho nada porque no ha sido constante. En cambio, hay personas que a base de trabajar, de ser profesionales, han construido una carrera”. Ella misma reconoce que la constancia no fue siempre su fuerte, pero que ha aprendido a cultivarla: “Es parte del oficio. Y si eres freelance, más todavía”.

El estilo, en su caso, también fue fruto de esa constancia. “Esto me lo preguntan muchas veces: ¿cómo encontrar tu estilo? Y yo siempre digo lo mismo: hay que trabajar, dibujar mucho. Equivocarte, descartar, decidir por dónde no quieres ir. El estilo no se encuentra en un día, se construye”. Hay una ética del trabajo detrás de su discurso, alejada del mito del genio espontáneo o la inspiración fulminante. “Hay que dibujar muchísimo. Ser tenaz. Dibujar con miedo, con errores, pero seguir”.

Ciudad, velocidad y redes sociales

El cómic, como su autora, habita la ciudad con una mezcla de amor y hartazgo. Ilu Ros vive en Madrid y, aunque le gusta la ciudad, reconoce que algo se ha roto en su manera de habitarla. “Creo que estamos convirtiendo Madrid en un lugar muy poco habitable. Todo tiene que ser un negocio, todo tiene que ser rentable. Las ciudades se están transformando en parques temáticos”. Y eso afecta, inevitablemente, a la vida cotidiana, a las relaciones, al sentido de comunidad. “Parece que ya no vivimos con nuestros vecinos, sino en decorados”.

Esa misma lógica de consumo ha permeado también las redes sociales, que han sido al mismo tiempo una herramienta útil y una fuente de frustración. “Las redes fueron útiles al principio, como escaparate, pero ahora me agobian. No creo contenido para redes. No quiero vivir en ese escaparate constante”. La crítica no es superficial, sino profunda. “En el momento en que muestras tu intimidad, ya no es intimidad. Además, en redes mostramos lo que queremos que los demás piensen de nosotros. Es una construcción”.

Esta necesidad de construir una imagen, de sostener una versión idealizada de uno mismo, genera una insatisfacción permanente. “Parece que todos tenemos que vivir como si estuviésemos siempre de vacaciones. Y eso es absurdo”. La vida moderna, con sus ritmos frenéticos y su ansiedad constante, no deja mucho espacio para el silencio ni para la intuición. “Yo creo que estamos viviendo en una deformación de la realidad. Todo va tan rápido que creemos que si no lo haces ahora, ya no lo vas a poder hacer nunca. Y eso es una trampa”.

Cuando se le pregunta qué significa el éxito, su respuesta es clara: “No es aparecer más en Instagram”. El éxito, para Ilu Ros, no tiene que ver con la visibilidad ni con los números, sino con la serenidad. “Es estar contenta con lo que haces, sentirte bien en el sitio donde estás. Para mí, el éxito es estar tranquila. Estar en casa”. Esa “casa” puede ser un espacio físico, pero también una forma de estar en el mundo, un equilibrio interior, una certeza propia.

Una certeza que no siempre es fácil de alcanzar, especialmente en un mundo que impone constantemente modelos de éxito ajenos: “El éxito, al final, también tiene que ver con la oportunidad. Necesitas un golpecito de suerte. Pero cuando llega esa oportunidad, tienes que estar preparada, haber hecho tu parte”, reflexiona Ilu Ros. Sin trabajo previo, la suerte se evapora. “Nadie te va a ver si tú no tienes tu trabajo ya hecho”.

Un cómic como mapa (sin promesas de destino)

Una casa en la ciudad no ofrece respuestas cerradas. Es más bien un mapa de preguntas, de incertidumbres, de afectos que cambian, de pertenencias múltiples. “Creo que este libro es una vuelta. Una manera de hablar del desarraigo, de cuando te vas y te pierdes y no sabes realmente a dónde perteneces”. En ese viaje, el dibujo no es solamente una herramienta, sino una brújula. Un modo de situarse, de recordar, de reconstruir el sentido.

Y quizás por eso, más que una autobiografía, el cómic se convierte en un espejo. No solo cuenta la historia de una mujer que intenta entender quién es y qué quiere, sino que también nos permite vernos en ese proceso. Porque, como dice Ilu Ros, “dibujar es una forma de entenderse”. Y al verla dibujar(se), también nosotros nos entendemos un poco más.

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