Olalla Castro desafía los límites de la palabra con Mañana, su debut narrativo
«Cuando mi hija desapareció, esa casa que antes era el habla se vino abajo listón a listón». Así comienza a enunciar Virginia, una de las protagonistas de Mañana, el debut narrativo de Olalla Castro, su renuncia a la palabra. Una renuncia que la lleva a China donde las palabras que tanto amó son solo un murmullo indescifrable. Pero el lenguaje se cuela también a través de los cuerpos, como el de Suyin, de los gestos, de las manos. Solo en la caricia logra, entonces, materializarse el consuelo.
Con Mañana, Olalla Castro nos recuerda la corporalidad inherente al lenguaje a través del encuentro entre dos mujeres, Virginia y Suyin, que en su amor por la palabra descubren cómo el dolor se diluye cuando puedes compartirlo ya sea mediante la escritura, la conversación o el tacto.
Mañana se construye en tres partes en las que las reflexiones sobre el acto de comunicar y pensarse hacen de hilo conductor central. Para Virginia, la muerte de su hija Moira supone un acontecimiento del que emerge una verdad hasta entonces no contemplada: el hueco que supone el lenguaje a la hora de narrar ciertos dolores. Esta pérdida la lleva a un estado de mutismo voluntario. Un estado al que se contrapone la necesidad de dar testimonio a través de la escritura. Mientras que para Suyin, la escritura y la caligrafía han sido su gran pérdida. Su incapacidad para imponerse a los deseos de sus padres, la han relegado a un matrimonio marcado por la violencia. Un matrimonio cercado por el silencio del que se refugia practicando su caligrafía sobre la orilla del lago.
El encuentro entre estas dos mujeres que trabajan en los mismos arrozales no se materializa a través del habla pues no conocen el idioma la una de la otra. Es el tacto, la vista y el oído los que las acercan. Son sus cuerpos los que se conocen previamente al lenguaje y es esa corporalidad las que les permite protegerse de ese estado de silencio en el que se han visto relegadas ante el peso de los roles que deben performar las mujeres: madres eternamente sufrientes, esposas permanentemente anegadas.
Un dolor previo al lenguaje
Pese al consuelo que le ha aportado siempre la literatura de las otras -aquellas narraciones sobre sus dolores- Virginia deja de encontrar un refugio en aquellas palabras. La muerte de Moira la lleva a experimentar una clase de dolor fuera del orden simbólico. Como señala Asun Pié en Políticas del sufrimiento y la vulnerabilidad:
«En el dolor extremo, desbordado, en el horror o el mal absoluto, el carácter del sufrimiento excesivo hace evidente la imposibilidad de cualquier intento de culturización. Es entonces cuando el sufrimiento se hace frontera. Solo existe dolor y desaparece la palabra»
La institucionalización del dolor y el malestar establece una narrativa oficial sobre cómo debe expresarse el malestar y de qué manera debe gestionarse. En consecuencia, aquel dolor que se sobrepone a esta narrativa y que no encuentra consuelo en sus formas de gestión se convierte en algo problemático a domesticar y el sujeto sufriente deviene en una molestia al que se le impone una narración normativa de su propia experiencia dejando fuera la dimensión subjetiva de su dolor y arrebatándole todas las palabras y gestos que le puedan servir como refugio.
Frente a la narrativa institucionalizada del dolor, Olalla Castro plasma en los cuerpos de Virginia y Suyin nuevas semánticas alternativas. Fórmulas que no se encuentran en la lengua sino en el tacto de dos cuerpos cargados de símbolos -todo aquello que se supone que significa ser mujer-, dos cuerpos que se reconocen y colectivizan su dolor fundiéndose en uno:
«Vamos buscándonos sobre el colchón, desplazándonos lentamente, milímetro a milímetro, hasta llegar al abrazo. Somos una divisoria que apenas ya se ve. Nos borramos como la tiza sobre la tierra, hasta que no hay confín. Nos volvemos un nuevo territorio amplio, atravesado por la luz»
Nuevas genealogías de la lengua
Mediante el encuentro entre Suyin y Virginia, Olalla Castro explora nuevas formas de narrarse a una misma poniendo en el centro la corporalidad inherente al acto de comunicar. Pero, también, propone nuevas genealogías que se salen ya no solo de la narrativa institucional del dolor, sino de las semánticas hegemónicas a través de potentes imágenes inherentes a su condición de poeta.
A través del amor por la caligrafía de Suyin, Castro nos permite entender el poder emancipador que puede tener el lenguaje, como ocurre con el estilo de caligrafía nü shu. Este estilo surgió como forma de comunicación entre las mujeres que, privadas del estudio de la caligrafía, buscaron nuevas formas de acompañarse una vez eran separadas de sus redes afectivas cuando contraían matrimonio. El nü shu permitió a las mujeres crear “una lengua común, un escondite, un lugar desde el que resistir juntas”, como expone Castro a través de Suyin:
«El nü shu fue seguro un alfabeto para el dolor, pero también un idioma de hermandad, de gratitud: un lenguaje para el abrazo, para el consuelo, para el odio que siempre se necesita si se quiere huir»
Por otra parte, el hecho de que entre Virginia y Suyin establezcan una relación sexoafectiva ya supone un desafío a las formas de la lengua hegemónica que reflejan un imaginario heteronormativo y patriarcal. Olalla Castro recoge este desafío a la norma a través de diversas reflexiones:
«Somos las mujeres que en el cuerpo gemelo de la otra están viendo a la vez a una hermana, a una amante, a una igual. […] La lengua lleva consigo todo aquello que estamos destruyendo (los ojos redondos de Occidente, la norma que nos gira la cabeza hacia los hombres) en este preciso instante, en este preciso momento»
Mañana se posiciona, por tanto, como un desafío a un lenguaje que se ha constituido desde lo masculino. La semántica hegemónica coloca al sujeto masculinizado como sujeto universal del conocimiento y, en consecuencia, impide a las mujeres constituirse como sujetos de conocimiento legítimos. Olalla Castro en Mañana desafía esta imposición y plantea la necesidad de crear nuevas formas de comunicación, de acercarse a la lengua y de explorar el dolor.

