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En contra del consenso

Sobre la restitución del conflicto y la política en la cultura

Basta con encender la radio, la tele o tu dispositivo informativo de confianza para chocar de frente, como si se tratara de un muro infranqueable, con un debate acerca de los peligros de la polarización, casi siempre estructurado y repetitivo, casi siempre carente de posibilidades.

Cualquier tertulia política generalista habla acerca de los riesgos de la confrontación, de las emociones en la política en pos del respeto por el debate consensuado, la opinión ajena, la libertad de expresión, los modales. Todas esas formas pequeño burguesas de moverse y hablar: sin posicionarse, ni mover rápido las manos, ni alzar la voz porque en la lógica del consenso los dedos que señalan tienen que ser cortados, o al menos limados con mucho disimulo.

Y esto no lo digo yo, lo dice Jacques Rancière que, por supuesto, lo expresó mejor; o María Ayete Gil, que también recurrió a Rancière para arrojar una luz esperanzadora sobre ese fenómeno tan necesario que es la repolitización de la literatura en Ideología, poder y cuerpo (Bellaterra, 2023). 

Con régimen del consenso o lógica consensual se señala con los dedos muy estirados a este sistema tan propio nuestro caracterizado por la deslegitimación del conflicto, es decir, por la negación de la necesidad del cuestionamiento dando lugar a una cultura aproblemática y apolítica.

Existen muchos riesgos inherentes —y amenazas, y violencias— a la consolidación de esta lógica. Uno de ellos es, por supuesto, la imposibilidad de la praxis política pues, cuando se niega el conflicto se imposibilita el movimiento. Otro es —y este me aterra cada vez que lo presencio— el desplazamiento del debate hacia los topos de la extrema derecha.

Resituar la migración o la libertad sexual en el debate supone poner en duda su legitimidad. Y por ello, cuando se habla de polarización en el régimen consensual lo que se oculta es la radicalización de la extrema derecha. Al señalar como equivalentes los discursos tanto de derecha como de izquierda —ambos amenazantes, peligrosos y radicales— lo único que se logra es la invisibilización de un conflicto real que apunta a nuestros cuerpos y derechos, unos cuerpos cada vez más cansados y dolientes incapaces de encontrar sus dolores, cansancios y miedos en ningún símbolo.

Yo cada día estoy más enfadada, más dispuesta a usar mi dedo para señalar y, a la vez, más pérdida acerca de cómo hacerlo. Y en estas semanas de hostilidad y pavor, me he reencontrado con la esperanza en las salas de cine gracias a películas como Una batalla tras otra del cada año más brillante Paul Thomas Anderson o Eddington del cada día más irónico Ari Aster.

Romper, como estas películas hacen, con el régimen de visibilidad dominante permite resituar la política en la cultura, poblar de símbolos nuestra incapacidad. Es decir, destruir la idea de que no hay conflicto, solo normalidad, y encarnarlo en personajes de una enorme humanidad y, a su vez, de un gran sentido del humor, nos permiten confrontar lo que en la lógica del consenso resulta imposible: la necesidad del cambio, de alzar el puño como Leonardo DiCaprio, al que nunca imaginé diciendo “fascistas” o “imperialismo” y aún menos en la misma frase, y gritar “Viva la revolución”.

Marta Sanz a raíz de The Brutalist escribía en Babelia: “arte y literatura nos dejan marcas, nos escriben el cuerpo y, recíprocamente, nuestro cuerpo está en la fuerza que hacemos con el lápiz sobre los papelitos”. Escribamos en nuestros papelitos, con fuerza, y con dedos dispuestos a señalar y moverse.  

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