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Mi año de descanso y relajación: que alguien piense por un nazi

Sobre pensar, no pensar y lo que pasa en medio

Aunque se desarrollen en contextos históricos y estéticos radicalmente diferentes, el concepto arendtiano de «la banalidad del mal» y la novela Mi año de descanso y relajación (2018) de Moshfegh convergen en un eje común: la condición humana como espacio donde el pensamiento puede suspenderse y, al hacerlo, abrir la puerta a formas diversas de deshumanización.

Hace un tiempo leí el texto de Ottessa Moshfegh. Me encantó, pero ahí quedó. Alguna entrevista de la autora y pocas vueltas más. Además de ser una obra reveladora y realmente buena, me resultó también un bloque de hormigón agradable y abrumador. Por eso no alargué demasiado el proceso de fisgoneo.

Sin embargo y, desde entonces, la hondura del personaje me viene a la cabeza planteándome incógnitas inéditas. Lejos de resolverlas, me resuenan cuando, ruda y viscosa, paro a mirarme los adentros. Similar me sucedió hace relativamente poco al salir de clase de sociología política. En las aulas, a veces, sí trascienden las palabras y el tiempo es nutritivo, como diría mi amiga Ana.

Hablamos de Hannah Arendt y del concepto de «banalidad del mal«. Esta intención de comparar el mal burocrático descrito por Arendt y la apatía existencial de la protagonista de Moshfegh radica en observar dos manifestaciones de la renuncia arraigada a la indiferencia, el gris, la pasividad y la complicidad.

Hannah Arendt desarrolla el concepto de «banalidad del mal» tras cubrir para The New Yorker el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, donde descubrió a un acusado que desmentía todas las expectativas sobre la figura del verdugo. Eichmann no era el monstruo que cabría imaginar en quien había organizado la deportación masiva de judíos. Era un hombre mediocre, funcional, preocupado por la eficacia administrativa y convencido de que cumplir órdenes lo eximía de responsabilidad.

Su defensa revela lo que Arendt encontraba verdaderamente revelador: que el mal puede ejercerse sin odio, sin fanatismo ni fervor ideológico, sin un propósito diabólico, sino desde la obediencia y la incapacidad de pensar. De ahí su célebre advertencia: “El mayor mal no es radical, no tiene raíces, y por eso no tiene límites; puede llegar a lo impensable y conquistar el mundo entero”.

Arendt no confundía conocimiento y pensamiento. Eichmann no carecía de información, sino de esa vigilancia interior que nunca detiene la auto interrogación. De ahí su tesis más audaz: el crimen no exige necesariamente una intención malévola. Basta con sujetos que, pudiendo decidir, permiten que otros decidan por ellos. Como señala Tzvetan Todorov en Frente al límite, deshumanizar al culpable es una salida cómoda, pues nos permite dejar de preguntarnos cómo llegó a serlo. Y, sin embargo, comprender no equivale a absolver, sino a impedir que el mecanismo se repita.

En la misma línea, Primo Levi insistía en buscar, incluso en las zonas más oscuras, el rastro de lo humano, porque solo entendiendo ese proceso —la transformación gradual que convierte a una persona corriente en agente del mal— podemos reconocer y evitar su repetición.

Este marco me permite incluir descaradamente a Ottessa Moshfegh y el universo íntimo que describe en Mi año de descanso y relajación. La protagonista, una joven expuesta ante el mundo pomposo y burbujeante neoyorquino del año 2000, y habiendo recibido una herencia suculenta tras la muerte de sus dos padres, decide aparcar su vida y planificar un año de cura de sueño.

Está hasta las narices del trámite que supone vivir. Apagón. Elimina durante un tiempo cualquier vínculo, obligación, emoción o pensamiento. Somete su organismo a una especie de reset que implicará la renuncia a su carrera profesional, amistades, parejas… sin ánimo de morir, suspende su circulación vital mediante un régimen extremo de sedación. La psiquiatra que la acompaña, la doctora Tuttle, le firma las recetas y le administra los fármacos y somníferos. Pensamiento mortecino, vacío moral y un absoluto malestar. Condenada a abandonar temporalmente los imperativos culturales propios del capitalismo tardío.

El paralelo con Arendt no reside en la magnitud del daño, evidentemente incomparable, sino en su conducta interna como forma contemporánea de deshumanización y desactivación. La protagonista responde a su propio escenario con la misma pasividad con la que Eichmann respondía, autómata, a las órdenes del régimen. Supresión de la conciencia.

Este gesto, en el caso de la protagonista de Moshfegh, está sustentado por el privilegio económico y por una sociedad que medicaliza cualquier molestia, revelando una forma de obediencia distinta: a la vida neoliberal, la apatía y desconexión, al consumo y la imagen, a la indiferencia hacia uno mismo. Se anestesia. Su vida se vuelve un experimento pasivo donde la agencia desaparece. Ambos ceden su capacidad de juicio a estructuras que los superan.

La pasividad es la que permite que horrores históricos -volviendo a Eichmann- se conviertan en rutina. Zygmunt Bauman prolongará esta idea al subrayar que el Holocausto no fue una aberración premoderna, sino un producto de la modernidad. El exterminio fue posible gracias a la racionalidad instrumental que convierte la eficiencia en virtud y la obediencia en mérito: la eficacia administrativa, la división técnica del trabajo y la burocracia puestas al servicio del exterminio.

Las ideologías totalitarias se alimentaron de la pasividad y la complicidad de las personas comunes, eliminando cualquier forma de individualidad. Y lo inquietante aquí es que lo que justifica la actitud de Eichmann no fue la maldad ni la locura, sino su desempeño dentro de un sistema establecido basado en el exterminio.

En este sentido, Mi año de descanso y relajación puede dialogar con la tesis de Arendt, pues su protagonista se despoja de su condición de sujeto activo, y la entiendo. Se entrega a otras inercias más llevaderas en las que puede huir de la condena constante al mundo que nos rodea. Deslizarse hacia la inexistencia ética y afectiva. Estructuralmente, se facilita la desconexión, se trivializa el dolor, se generan individuos alienados a su humanidad, desmoronando las comunidades y fragmentando toto tipo de red. Aquí es donde la banalidad del mal puede actualizarse como una “banalidad del ser”.

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