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El texto podría no ser mío

Chat GPT crea cromos repetidos y a nosotros nos sirven para coleccionarlos

Hasta ahora no me había planteado escribir sobre la IA y sus derivaciones, aburridas e inabarcables. Y si así empezase el texto de alguna compañera, me tendría que esforzar en seguir leyendo. Me resultaba poco atractivo hasta que una publicación en Substack me ha encendido la bombilla que hay dentro del cerebro -esta ilustración me hace gracia y de pequeña me caló más de lo que pensaba-.

Descubrí esta plataforma recientemente, y es una aplicación a la que entro decididamente y emocionada. No recuerdo la última vez que me pasó eso con Instagram o Tik Tok. Hay quien escribe por escribir, otros que publican trabajos en forma de blogs y newsletters, o hay quien crea contenido para monetizarlo a través de suscripciones de pago. Y hay elegidos que lo hacen todo a la vez.

ChatGPT entró al chat -valga la redundancia- cuando todos ya habíamos adoptado estas o aquellas estrategias para diferenciarnos dentro de la masa creativa que somos. Ahora parece que reconocer un proyecto, obra o trabajo de cualquier índole por la singularidad de su artífice, plasmadas sus propias características -aportadas intencionada o desinteresadamente- ya no tiene el mismo sentido. Importan no otras, sino más cosas a parte de la diferenciación, innovación o exclusividad de un producto. En este caso, el producto es un texto. Corto, largo, profesional, mediocre, excelente. Da igual.

El discurso de la IA como herramienta está verdaderamente bien articulado. Y tiene como respaldo las geniales cualidades de trabajo que tiene como la ayuda, la rapidez y la eficiencia. En suma, la productividad.

Fuera de ahí, se cuestionan los usos, entra la ética y desaparece la férrea convicción. Pero como con toda novedad que parece inmortal, el peso del argumento nunca va a descansar de verdad en las pegas y los contras porque, entonces, el avance se vería perjudicado y habría que ir demasiado despacio, velocidad imposible de concebir.

Por eso, me resulta tonto cuestionarme la IA más allá de una simple imposición aterrizada. Luchar contra ella sería rechazar el mundo en el que vivo y eso está fuera de mis planes de tranquilidad y rendición. Saldría todos los días alterada de la universidad y entraría en una crisis de funcionalidad y ejecución cada dos por tres.

Sin embargo, en la plataforma de Substack, se me cae un poco la careta. Imagínate si lo he debatido y pensado, que aquí estoy contándolo. De repente, dejo de idealizar la escritura personal como espacio de identidades y exposiciones y asumo que la cantidad exagerada de publicaciones que leo son precisamente tantas por su facilidad de creación y publicación.

De repente, la mayoría de los estilos narrativos se parecen y hay adjetivos que son tendencia. “Me empieza a gustar el error y lo mal escrito. El draft no limpio. La gente que salta comas y no usa el guion ese que la IA tanto ama. Me parece funny y entretenida la escritura no pretenciosa”, protestaba la usuaria en esta red social.

Me faltaba leer algo así para afianzar mi sensación, pero a la vez: la idiotez humana. Este auto boicot de ponernos como propósito huir de lo propio, inherentemente imperfecto, para internarnos en lo impersonal, genérico, vago. Y parte del veloz cumplimiento de este propósito está en tener medios y herramientas para conseguirlo, entre ellas, Chat -o Charly, para los amigos-.

Algo tan personal y apasionante como es la idea, la invención y la producción quedan resguardadas otra vez, volcadas en la multitud ingeniosa. Construir algo con lo que sentirse identificado, verse a uno mismo detrás de las expresiones empleadas, dedicarse un momento para ordenar la imaginación y la reflexión, darle realidad a tu propio discurso interno te refuerza y valida, te mantiene conectado con la lealtad más difícil de sostener, la propia.

No poner a la venta la autenticidad seria un acierto por nuestra parte. Apoderarnos de las herramientas y hacerlas nuestras no implica revolcarnos en lo colectivo desde la necesidad, sino desde la satisfacción de sentirse inspirado por otro, admirar al otro, servirnos de proveedores de la belleza, gustar del error que ni pidiéndolo se nos da tan bien.

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