¿Qué dice La Casa de los Gemelos sobre nosotros como audiencia?
Arranco este texto creyendo que tiene sentido lo que voy a escribir, pero no me cuesta ni cinco minutos perder el criterio y la seriedad para dejar el papel en blanco. Cuando esto se publique, el año nuevo ya tendrá vida, pero esta columna me pilla en vísperas de Nochevieja y con la necesidad de comentar uno de los fenómenos digitales más exitosos del año, La Casa de los Gemelos.
Hay algo hipnótico en La Casa de los Gemelos. No porque innove —no lo hace—, ni porque sea una propuesta especialmente ingeniosa, sino porque el formato es simple descaro: encerrar a un grupo de personajes en una casa, emitirlo todo en directo y dejar que el conflicto, la humillación y la violencia hagan el trabajo. El resto lo pone la audiencia. Y la audiencia responde.
El fenómeno es heredero directo del queridísimo Gran Hermano, de la televisión basura que aprendió pronto y ágil que el escándalo fideliza. Nada nuevo. Lo nuevo está en la ausencia absoluta de filtros y horarios, así como de una autoridad reguladora clara.
El espectador hace tiempo que dejó de ser testigo para convertirse en colaborador. Mirar no es gratis, votar tampoco y donar tiene recompensa. El premio final de La Casa de los Gemelos, 100.000 euros, actúa como horizonte simbólico. Sin embargo, el verdadero mecanismo de control está en las votaciones, cada voto cuesta 1,99 euros en la web oficial, mientras que en Telegram se organizan encuestas paralelas con miles de participantes.
Ya sabemos que no gana el más querido, sino el más circense, el que resulta más funcional al show. Pierden los que, como correctivo ejemplar, se enfrentan a los “intocables”. El caso de Labrador lo ilustra bastante bien: tras ser expulsado por su agresión a Cherilyn, la audiencia castigó a la propia con un 63 % de los más de 200.000 votos emitidos. El mensaje lo dictó el público: La Casa de los Gemelos no podía convertirse —en palabras de los mismos espectadores— en “La Casa PSOE”, “wokizada”, “travestida”. ¿Pero qué están diciendo?
El elenco de protagonistas que han pasado o pasan por el programa responde a una lógica reconocible: la panda de siempre viralizada en TikTok y, por tanto, elevados ya a famosos personajes. Ruth y el síndrome de Silver-Russell; el Toque y sus condiciones médicas; La Falete, mezcla de flamenco y artes marciales; Paco Porras, rescatado del tamarismo dosmilero; Karles Toràh, alias Míster Tartaria —no necesita presentación—; John Cobra, aquel participante de Eurovisión 2010; o Manolito Rojas, identificado en redes como influencer de “talla baja”. A ellos se suman nombres recurrentes del universo ZonaGemelos como la Marrash; Labrador, ex Gandía Shore; Modric Shaolin, El Patica, David Evil, La Maeb o Misha.
Algunos defienden que los participantes entran voluntariamente. Y es cierto. Pero el consentimiento en contextos de precariedad simbólica, económica o emocional es siempre resbaladizo. Punto que me ha llevado a abandonar esta reflexión, por temerosa a la delicadeza que percibo en estos asuntos salpicados.
La sensación de desigualdad aquí es un rasgo explotable, que provoca la circulación de una risa jerárquica y tranquilizadora; una risa que alivia, que reafirma pertenencias y que deja intacta nuestra entrañada normalidad. La risa no es inocente ni horizontal. Creemos pertenecer al lado correcto de la pantalla, amparados en la distancia que ofrece el directo y en la coartada de la elección personal. Quién nos pensamos que somos, en realidad.
Insultos, vejaciones, obscenidades y agresiones que resultarían impensables en la televisión convencional —como se han apresurado a señalar las cadenas tradicionales y la Asociación de Usuarios de la Comunicación en sus denuncias— son, paradójicamente, el motor del éxito, de la economía digital y de Internet. Las reacciones y críticas de las televisiones clásicas —denuncias, alarmas morales, preocupación por las marcas— llegan un poco tarde, aunque puedan tener razón.
Durante años se construyó un ecosistema donde el escándalo daba audiencia y la audiencia poderosa legitimaba el escándalo. Se fue abonando el terreno, la cosa es que ahora el negocio ya no pasa por los mismos canales. La crueldad se ha descentralizado y se ha vuelto interactiva.
Hay algo interesante en esta trama: la idea del “monstruo moderno”. El antropólogo José Mansilla lo apuntaba lúcido en la SER. Estos formatos nos atraen porque proyectan lo que no queremos ser, o lo que tememos ser. Miramos lo excesivo, lo torpe, lo vulnerable o lo ridiculizado desde el sofá. Confirmamos nuestros límites observando cómo otros los cruzan por nosotros. Hay autoconsuelo en esa comparación.
Nada de esto es nuevo, no lo que ocurre dentro, tampoco lo de fuera. Pero la marca ZonaGemelos ha personificado la máxima expresión de lo que ya se conocía y asumía. Y, de repente, es excesivo. Pero no deja de ser un síntoma más del diagnóstico colectivo. Es el reflejo de la pura —por no decir otra cosa— realidad. No son un grupo de gente payasa performando sobre sus habilidades singulares o presentando artes circenses. Nos creemos muy inteligentes.

