La obra acoge esta noche su última función en la Sala Cuarta Pared de Madrid
Cuatro personas, dos sillas y una mesa. Eso es todo lo que Nuestros muertos necesita para enfrascarnos en un viaje emocional por una de las etapas más duras de la historia de España: la etapa de ETA. En ella, nos encontramos a Ascensión, una mujer mayor cuyo hijo ha sido asesinado por la banda terrorista y quien decide tener una entrevista con Antxon, el asesino de su hijo. Durante la hora y media que dura la obra, madre y asesino conversan acerca de esos años terribles que España vivió con los miles de asesinatos de ETA, tanto desde el punto de vista de una mujer octogenaria como el de un hombre que se encontraba perdido y encontró en dicha organización un cierto alivio para su dolor.
Conforme la obra va avanzando, la conversación se torna hacia otra etapa: la dictadura franquista y todas las represalias que este régimen supuso. Sobre todo para Ascensión, a quien el franquismo le arrebató a su padre siendo ella muy joven. Un auténtico viaje donde pasaremos en apenas minutos de la calma al llanto desconsolado, la rabia incontenible, la impotencia y, finalmente, el silencio absoluto. Un silencio que cobra todo su valor en esta obra y que, en muchas ocasiones, comunica mucho más que las palabras, dejando a los espectadores que imaginen por sí mismos.

Todas estas vivencias no solamente las experimentamos de la mano de Ascensión y Antxon, sino que sus jóvenes versiones aparecen en momentos concretos, brindándonos una visión muy cercana y en primera persona de los diferentes momentos que ambos han vivido. Este recurso nos hace sumergirnos aún más en los recuerdos de cada uno y nos permite imaginarnos con más nitidez cómo fueron esos momentos y qué sintieron los personajes.
Actuaciones
Sin duda, las interpretaciones son uno de los puntos más fuertes de la obra. Todos los actores hacen que el espectador se crea sus personajes desde el primer momento. María Álvarez, quién interpreta a Ascensión, es una de las que más destaca. Su capacidad de de transmitir todo tipo de colores y sensaciones solamente con su entonación probablemente la coronan como la mejor actriz de la obra. Antxon, interpretado por Carlos Jiménez-Alfaro, puede chocar un poco a su lado, siendo un personaje con mucha menos vida. Pero al ser un hombre que no tiene nada a lo que aferrarse ya, se entiende perfectamente esta diferencia entre los dos. Eso sí, la velocidad al hablar, en ocasiones demasiado excesiva, resta algunos puntos al personaje.
Sin duda, el joven Antxon representado por Javi Díaz es otro de los más llamativos de la obra. Es lógico deducir que un etarra joven está lleno de incertidumbre, miedo e ira y así lo interpreta él. Pero mantener ese nivel de emociones tan alto y encoger el corazón al público de esa manera es algo digno de valorar. Por último, la joven Ascensión, interpretada por Clara Cabrera, nos traslada con gran dulzura y tristeza a la realidad de una niña en esa época y a la dura pérdida de su padre.

Puesta en escena
Este es el aspecto que hace que la obra no tenga todo el potencial que podría tener: la forma de plasmar todo en escena. Sobre todo, teniendo en cuenta que se trata de dos temas densos y complicados de interpretar solo con el habla y durante tanto tiempo. La obra habría ganado mucho si, al igual que al final de la obra, vemos más acciones.
En ese momento, vemos a una Ascensión rememorando el momento de la muerte de su padre y que se abraza a su versión joven. Si la obra hubiese tenido más momentos como esos a lo largo de la hora y media, en los que el personaje revive en cuerpo y alma el momento que narra, no habría resultado tan denso y el espectador habría logrado centrar su atención en ello durante toda la obra.

En resumen, a pesar de que la puesta en escena provoca que la obra pierda parte de su valor, las actuaciones suplen esa carencia. Estas logran ofrecer una inmersión completa en la historia.

